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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Morathi batalla final

Morathi

Morathi quedó en silencio mientras su amado moría, con la negación y la incredulidad mezclándose en su rostro y en sus pensamientos. Antes de que pudiera reaccionar, la cuerda del arco cantó una vez más, y una segunda flecha acertó a Malekith en la espalda. El Rey Fénix se derrumbó encima de el cuerpo de su enemigo, con sus extremidades dando espasmos.

Al caer Malekith, Morathi soltó un grito de la más pura angustia. Era un terrible sonido animal, debido en gran parte a la ira, la frustración y el dolor, mientras que al mismo tiempo tocaba algo más oscuro y más primario. Las manos de la Hechicera Bruja se convirtieron en garras, y un rayo violeta hizo añicos el grupo de monolitos fronterizos de cuyas sombras habían llegado los disparos. Una y otra vez golpeó la piedra, sin prestar atención al hecho de que Alith Anar, con su trabajo terminado, ya había partido.

Teclis sintió estremecerse el vórtice mientras Morathi se alimentaba con avidez de sus magias. Su plan había sido anclar cada viento de la magia en un recipiente mortal. De esta manera, ocho campeones elegidos por Teclis contarían con todo el poder de la magia del mundo, convirtiéndose en imanes en los que se habría extraído toda materia prima de la hechicería. Ahora todo estaba fuera de control, y Teclis sabía que tendría que elegir cuál de los vientos podría salvar, y cuales buscarían sus propios imanes como el Viento de las Bestias había hecho. Atrapado por la indecisión, la elección fue hecha sin él.

El cielo brillaba de un rojo furioso mientras Aqshy, el Viento de Fuego - el cual Teclis había tenido la intención de atar a Malekith - espetó libre de su prisión y se arremolinó hacia las nubes. Chamon, el viento de metal, fue rápido tras sus talones. Tres vientos estaban ahora perdidos, uno tomado por Nagash, y cuatro aún por salvar. Con un esfuerzo, Teclis inclinó su voluntad sobre Azyr, el Viento de los Cielos. Este también se liberó de los hechizos de anclaje, y tomó tierra en algún lugar en el Imperio del Hombre. Sin embargo, su pérdida no consternó a Teclis como los otros. En ese contacto, su mente había percibido una inteligencia trabajando dentro de la esencia de Azyr. La presencia era familiar, aunque ajena, y por un momento Teclis quedó muy asombrado.

Fue en ese momento cuando Morathi atacó, golpeando a Teclis con un rayo violeta. A medida que el señor del conocimiento convulsionaba y caía hacia delante, ensangrentado y magullado, Morathi sintió los temblores mientras la Isla de los Muertos comenzaba a romperse. Nada de esto hizo aliviar su locura. Un enemigo había muerto, pero miles más esperaban en las laderas de debajo, y a través de los diez reinos de Ulthuan. Todos pagarían por su humillación, y la muerte de los que había amado. ¿Pero como lograr tal hazaña? El cielo se sacudió mientras los últimos tres vientos luchaban por escapar, y al fin Morathi supo lo que debía hacer. Espoleando a Sulephet hacia adelante, Morathi se lanzó de cabeza a través de los retorcidos vientos, al corazón del Gran Vórtice.

El pegaso oscuro pereció en el momento en que tocó la pared de viento, envejecido a polvo por las hechicerías en acción. No así Morathi, cuya forma se había hecho inmortal hacía mucho tiempo. Los magos de Caledor Domadragones no tenían ninguna posibilidad contra ella, ya que el conjunto de su atención estaba en detener el torbellino antes de que destrozase Ulthuan. Con rayos y fuego, la Hechicera Bruja los mató a todos, aprovechando la magia pura de los restantes vientos sin pensar o restringirse. Sólo Caledor sobrevivió, protegido por contraconjuros que había pasado tejiendo toda la vida. Fue él quien primero sintió una terrible presencia acercándose, fue el que vislumbró el brillante ojo de Slaanesh cuando apareció en el centro del vórtice, en el precipicio en el que el mundo mortal se derramaba en el sobrenatural Reino del Caos.

Morathi vio el ojo también, pero en su locura no le importaba. De hecho, atrajo su mirada, invocando magias cada vez más salvajes para tentarlo a acercarse. Ya no temía el olvido en la garganta de Slaanesh, no si exhortaba al sediento dios a traer el fin a Ulthuan. Esta sería su venganza, tal vez incluso su apoteosis, ¿por que no podía cortejar el favor de Slaanesh? Una y otra vez, Morathi golpeó los encantamientos del vórtice, y la grieta en su corazón se ensanchó. Caledor le pidió que se detuviera, pero sus súplicas cayeron en oídos sordos. Poco a poco, la grieta se hizo más amplia. Una mano gigante con garras, con su piel formada de caras chillando de agonía y éxtasis, se abrió camino, y buscó a tientas una presa suculenta. El aire era dulce con el hedor de un millar de terribles tentaciones, y los vientos sonaban con una voz de promesas y terror.

Fuera de la columna de los vientos, Teclis al fin volvió en sí, y vio el desastre en juego en torno a él. Con su piel quemada por el fuego ardiendo de dolor con cada movimiento, el señor del conocimiento se arrastró hasta el vórtice una vez más. Las energías que Morathi estaba desatando eran como un faro para Slaanesh. Si la grieta crecía mucho más amplia, el Príncipe Oscuro se abriría camino a través del mundo de los mortales, y no habría ningún poder que pudiera detenerlo. El resto de los vientos tenían que ser dispersados a la vez, sin importar el coste. Extendiendo sus manos hacia adelante, una vez más, Teclis trajo la fatalidad a Ulthuan con el fin de salvarla de la condenación.

Incluso entonces, casi falló. Los vientos restantes se resistían y luchaban ante todas sus órdenes, y si Caledor no hubiera abandonado sus intentos de razonar con Morathi con el fin de ayudarlo, entonces todo habría sido en vano. Así, Ghyran, el Viento de la Vida, escapó del vórtice, instigando una serie de terremotos desde Lothern a Tor Achare. La placa continental que apoyaba gran parte del sur de Caledor se rompió a lo largo de su columna central. Decenas de miles perecieron a medida que sus ciudades se hundían en el mar. Volcanes largo tiempo inactivos irrumpieron a la vida furiosamente a través de las Montañas Annulii , y la lava se derramó hacia fuera en las llanuras de Yvresse. El Ghyran voló en breve libertad a través de la vertiente norte antes de que los hechizos de anclaje de Teclis lo atraparan con firmeza y ataran el viento a Alarielle.

El Viento de la Vida fluyó por el cuerpo de la Reina Eterna, infundiéndose de sí mismo a través de la carne, hueso y espíritu, dejándola cambiada para siempre. No hubo dolor, sólo una sensación de calidez y cumplimiento, y de un increíble poder. El torrente creciente de magia de la vida dentro de ella llegó a un punto y no disminuyó. Sus ojos, de un brillante color azul hasta ese momento, llamearon verdes, y una ola de brillante fuerza mágica se derramó de sus manos extendidas. Donde tocaba, los vivos sintieron una fuerza renovada, y los moribundos sintieron como el dolor desaparecía mientras las heridas mortales de repente se curaban.

Antes de que los temblores se desvanecieran, Teclis arrancó a Ulgu, el Viento de la Sombra, libre del vórtice, y el estruendo comenzó de nuevo. Los maremotos destruyeron todo el Mar Interior, y Ellyrion al completo desapareció bajo la inundación; Tor Elyr desapareció bajo las aguas aún cuando sus ciudadanos buscaban un terreno más alto. Ulgu ondulaba como humo a los pies de Teclis. A la orden del señor del conocimiento, hirvió y se retorció a través del polvo hacia el cuerpo tendido de Malekith.

A pesar de lo que había creído Morathi, Malekith no estaba muerto, su vida había hecho de todo menos abandonarlo. Jirones de aceitosas sombras ondularon y florecieron en torno al rey caído, moviéndose al son de un viento invisible. Hubo un destello oscuro que dejó una oscura imagen residual en cada ojo en la Isla de los Muertos. Cuando se despejó, las nubes fluyeron hacia la carne quemada de Malekith, abriéndose paso a través de la boca, nariz y ojos, filtrándose por todos los poros. Mientras la última madeja de sombra se desvanecía, el Rey Fénix dio un penetrante grito. Su cuerpo se arqueó de dolor, apoyado sólo en la cabeza y los talones. El grito se desvaneció, y Malekith se derrumbó, con zarcillos de sombra parpadeando de su boca con cada respiración.

Sólo uno de los ocho vientos quedaba ahora: Hysh, el Viento de la Luz. Por sí solo no podría sostener el Gran Vórtice, y los vientos aullantes comenzaron a derrumbarse. A medida que el vórtice se encogía sobre sí mismo, también lo hizo la grieta en su centro, y un gran aullido ululante hendió el aire mientras Slaanesh se daba cuenta de que había sido engañado con su festín. La gran mano con garras buscó frenéticamente mientras la brecha se contraía, desesperado por hacerse con algún vibrante bocado. Morathi, por fin dándose cuenta de su locura, retrocedió. No vio a Caledor acercarse.

El mago agarró a Morathi rápidamente mientras la mano gigante se acercaba. La hechicera chilló, y arañó a Caledor con uñas y dientes. La sangre corría como un río por la cara del mago, pero aún seguía aferrado, llevándola con el último abrazo que cualquiera de los dos conocería. "Tu carrera está acabada, niña", dijo. "Conoce tu fin con la dignidad de tu herencia". Algo en esas palabras, por fin atravesó la locura de Morathi, y cayó inerte en los brazos de Caledor. Mientras las garras se cerraban en torno a los dos, gritó por última vez y luego se hizo el silencio.

Cuando Teclis al fin derrumbó por completo el vórtice y llevó el poder del Hysh en su cayado, la grieta se había cerrado. De Caledor y Morathi, no había ninguna señal.

El vórtice al fin se desvaneció, pero los temblores no lo hicieron. Los monolitos fronterizos retumbaban, y grandes losas de piedra de alabastro caían de sus flancos. En los bordes de la isla, los mares se encresparon, y las olas se levantaron altas antes de romper contra las desoladas costas.

Esto, al final, fue demasiado para el ejército de Tyrion. La locura de los elfos había comenzado a desvanecerse cuando su príncipe había muerto, y ahora huían. Algunos, dándose cuenta de los terribles actos que habían cometido en nombre de Tyrion, rogaban piedad, y obtuvieron muertes rápidas, mientras que los que huían se reunieron sólo con el frío abrazo de los mares cargados de tormentas. En cuanto a aquellos que habían luchado por Malekith, la mayoría se agrupaban bajo sus estandartes mientras la isla se derrumbaba, y oraban por su salvación.

Alarielle se abrió paso a través de las piedras que caían y se apresuró hacia el lugar donde Tyrion y Malekith yacían. Su cara era fría e ilegible, sus pensamientos - tal vez su propia esencia - estaban lejos. Araloth fue con ella, aunque sabía que la Reina Eterna ya no necesitaba su lanza para su protección. Mientras caminaba, Araloth sentía energía renovada en sus miembros cansados, y vio cerrarse sus heridas como si nunca hubieran existido. Los ojos de los elfos que habían estado al borde de la muerte se abrieron a medida que pasaba la Reina Eterna, con sus huesos rotos reuniéndose y su agonía retrocediendo.

Alarielle se inclinó brevemente al lado de Malekith. Araloth observó mientras sus dedos rozaban el eje de la flecha que sobresalía de la espalda del Rey Fénix, y se asustó con sorpresa cuando la madera se convirtió en una fina nube de semillas. Colgaron en el aire por un momento, finas contra la luz. Entonces el viento las esparció por el suelo rocoso. Las semillas germinaron con una velocidad imposible dondequiera que aterrizaran, con raíces buscadoras brotando de las vainas para excavar en las grietas. La presencia de Alarielle era todo el alimento que las semillas requerían. Décadas de crecimiento se produjeron en cuestión de segundos, y pronto un fino pero glorioso claro de robles se situó en el centro de la isla.

Los puños de Malekith se abrían y cerraban mientras el extraño bosque se desplegaba ante él, pero por otra parte no se movió. Alarielle no le prestó mayor atención. Sin decir una palabra, se arrodilló en el polvo junto a Tyrion. Araloth observó como una sola lágrima se derramaba desde la mejilla de la Reina Eterna, salpicando la frente del príncipe. En la muerte, toda la malicia y la crueldad habían desaparecido de la cara del príncipe, y su aspecto era de nuevo el que había llevado la esperanza a su pueblo. Araloth se demoró un momento, pero entonces vio a Teclis de pie en silencio entre las rocas, y dejó a la Reina Eterna con su dolor personal.

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El suelo retumbó una vez más, con más fuerza que antes. A corta distancia de donde se arrodillaba Alarielle, un monolito se derrumbó, llenando el suelo de polvo y fragmentos de piedra. La roca en la que el vórtice se había alzado desapareció, reemplazada por un caldero hirviente de agua blanca.

Malekith, por fin despertó y se puso en pie. Nadie se movió para ayudar. No todas las heridas del Rey Fénix estaban curando. El ástil de la flecha había sido transmutado por el tacto de Alarielle, pero la punta se mantenía, alojada cerca de su corazón. Cada movimiento era una agonía, pero Malekith no era ajeno al dolor. Se estiró para coger la Hacedora de Viudas, que yacía donde había caído de las manos de Tyrion. La forma de Malekith era borrosa a medida que avanzaba, cada movimiento dejando una imagen remanente de sombra a su paso.

Fue Alarielle la que primero se dio cuenta de lo que pretendía Malekith. Lanzó un grito de alarma y se movió para bloquear su camino. Araloth escuchó la advertencia, y empezó a avanzar. Ambos llegaron demasiado tarde. Los dedos sombríos de la mano derecha de Malekith se cerraron alrededor de la empuñadura de la Hacedora de Viudas, y el Rey Fénix dio un resoplido de triunfo.

Durante un largo momento, Malekith se perfiló contra la espuma del mar ondulante, con la Hacedora de Viudas extendida. A continuación, el Rey Fénix se volvió y arrojó la espada a las aguas espumosas. Por un instante, la Hacedora de Viudas brilló oscuramente. Luego desapareció en las profundidades del océano. Con la muerte de su amo, la legendaria espada de Khaine no era más que acero; no podía controlar a Malekith, ni ofrecerle nada que una docena de otras espadas no pudieran proporcionar.

Mientras la Hacedora de Viudas se desvanecía, otro gran temblor golpeó la Isla de los Muertos. Irregulares espolones de roca brotaron de la tierra, y los monolitos fronterizos se hundieron en las arremolinadas aguas. Piedra a piedra, pulgada a pulgada, la isla comenzó a hundirse en el mar. Lo mismo ocurría en todo Ulthuan. Durante miles de años, sólo la magia del Gran Vórtice había mantenido el continente por encima de las olas. Ahora, con la magia dispersada, el hambriento océano reclamaba un premio denegado durante mucho tiempo.

Pero este momento había sido previsto. En todo Ulthuan, los cantores de los árboles de Alarielle comenzaron el omnipotente trabajo de evacuar a los elfos. A lo largo de los Diez Reinos, las Raíces del Mundo fueron llamadas a la vida, y grandes columnas de Asur y Druchii comenzaron el largo viaje hacia el único lugar que se mantenía seguro: Athel Loren.

Miles fueron salvados, pero muchos miles más perecieron ahogados mientras los maremotos inundaban las llanuras de Saphery o asfixiados por el humo y el fuego mientras los volcanes de las Annulii estallaban en terrible cólera.

En Cracia, grupos de leones rugían como uno mientras las colinas cubiertas de bosques se separaban y se deslizaban bajo las olas. En Cothique, las salas subterráneas se colapsaban mientras el agua de mar fluía a través de ellos, condenando a cientos a una muerte lenta a medida que se hundían en el fondo del océano.

No todos los elfos partieron fácilmente. Muchos de los Asur - orgullosos hasta el final - eligieron perecer con sus queridos hogares. Había patriarcas que ordenaron sellar las puertas de sus mansiones, eligiendo morir con sus familias a su lado, sin importar cuánto sus hijos e hijas imploraran escapar. Otros no confiaban en los elfos silvanos, y escogieron la muerte ante la posibilidad de traición. Algunos incluso creían que los tiempos no eran tan catastróficos como habían dicho, y permanecieron en sus residencias aún cuando sus tierras se ahogaban bajo fuego o agua.

Invisibles a los ojos de todos excepto de unos pocos, los espíritus de los muertos salieron en espiral fuera de Ulthuan. Slaanesh, habiendo rabiado de su destierro del mundo mortal, ahora se regocijaba en el banquete que se extendía ante él. Sin embargo, tan vasta era la oleada de almas que barrían a través de su reino, que incluso el sediento apetito del Dios fue brevemente superado. En ese parpadeo, bandadas de rephallim dejaron la mesa del Príncipe Oscuro desnuda. Aullando de placer, arrastraron las almas robadas de nuevo a las catacumbas del mundo de los mortales, y se las presentaron a su señora Eldyra.

Durante las largas semanas de tutela de Lileath, el poder de Eldyra había florecido. Ya no era verdaderamente mortal, pero aún no completamente divina. Reprimiendo sus últimos jirones de compasión, Eldyra devoró los espíritus de los muertos, dejando que el poder fluyera a través de ella. Pero no mantenía ese poder para sí misma. En cambio, le dio forma y canalizó, llegando más allá de los límites del mundo mortal. El poder divino de Lileath ya estaba acabado, gastado para ayudar a un Imperio devastado. Lo que quedaba lo dio con gusto a la obra de Eldyra, maravillada mientras la Reina de los Muertos lograba una hazaña mucho más allá de sus propios dones, y creaba un reino oscuro más allá de la vista de los Dioses del Caos - por un tiempo, al menos. Decenas de miles de almas se habían destruido para sentar las bases del refugio, pero la preocupación de Lileath yacía en la supervivencia de los vivos, no los muertos.

Para aquellos que habían luchado en la Isla de los Muertos, la salvación llegó a manos de Alarielle. Las semillas que había sembrado en toda la isla no sólo habían creado un bosque, sino que habían unido la isla largo tiempo separada a las Raíces del Mundo una vez más. De este modo partieron los vivos mientras la Isla de los Muertos se derrumbaba a su alrededor. Malekith, aún frenado por las heridas que deberían haberle visto morir, por fin accedió a recibir ayuda, y fue sacado de la isla por su guardia real.

En poco tiempo, solamente quedaban Imrik, Alarielle y Teclis. La isla era poco más que un promontorio barrido por el viento y azotado por las olas entre los mares en ebullición, con unos pocos árboles maltratados para mantener sus lazos con las raíces del mundo. Teclis se había sentado con cansancio junto al cuerpo de Tyrion. El señor del conocimiento se negaba a irse, y no cambiaría de parecer, no importaba cuanto argumentaran Alarielle y Imrik. Al fin, la Reina Eterna no podía mantener más las Raíces del Mundo y, con una última mirada al cadáver de Tyrion, partió. Imrik se demoró un poco más. El príncipe de Caledor sabía que Minaithnir lo llevaría a salvo, y ofreció a Teclis la misma salvación, sólo para ser rechazado como lo había sido Alarielle. "Déjame", le dijo Teclis. "Déjame superar este amargo trago solo".

Por fin, las aguas subieron tan altas que incluso el poderoso Minaithnir no podía permanecer más, y Imrik partió. Mientras su dragón subía por encima de las olas que rompían, Imrik miró hacia atrás y vio a Teclis al fin ponerse en pie. Demostrando una fuerza que Imrik no había sabido que poseía, el señor del conocimiento cogió a Tyrion en sus brazos. Luego, las aguas del océano sumergieron la Isla de los Muertos por última vez, y Teclis se perdió de la vista de Imrik.

Con cansancio en su corazón, Imrik instó a Minaithnir a viajar hacia el este. No vieron tierra otra vez hasta que llegaron a la costa de Bretonia.

Ulthuan ya no existía, pero Athel Loren florecía. El Ghyran había sido extraído del Gran Vórtice, y lanzado fuera del Reino del Caos y ahora fluía por Alarielle. Ella era todavía mortal, pero se había hecho una con el Ghyran. Imbuida por una de las magias primordiales, la Reina Eterna se convirtió en un foco de vida. Mientras Alarielle viajaba a través de Athel Loren, la plaga que había acosado los claros pronto retrocedió, y la nueva vida brotaba siempre que sus pies tocaban la rica tierra del bosque. El regreso de Alarielle a Athel Loren trajo una felicidad que jamás podría haber esperado. Por primera vez, estaba cansada de la batalla; ahora anhelaba ser sanadora y protectora.

Sin embargo, Athel Loren era también un reino de sombras. Malekith, cuya envoltura mortal fue atada al Ulgu, caminaba siempre en la oscuridad, incluso bajo el sol brillante. La forma del Rey Fénix parecía hincharse y cambiar cuando su concentración estaba en otro lugar, y todos sabían cuando sus melancólicos ojos estaban sobre ellos. Asuryath había sido reforjada, aunque la espada ya no era lo que había sido. Ahora era un arma o una sombra viviente, atada a la voluntad de su amo.

Alarielle había atendido las heridas de Malekith, pero ningún artificio podría retirar el fragmento de flecha de Alith Anar. Se encontraba cerca del corazón de Malekith, con su dolor en cada momento, pero el Rey Fénix lo soportaba sin quejarse - si no exento de mal humor.

Tres razas elficas altos elfos silvanos oscuros

Las tres razas Élficas unidas

Donde Malekith había gobernado una vez una raza de elfos, ahora los tres pueblos lo miraban en busca de orientación. Ninguno de ellos lo amaba, pero el Rey Fénix estaba bien acostumbrado a eso, y no le preocupaba. Era la destrucción de Ulthuan lo que preocupaba a Malekith más. Durante seis mil años, su dominio había sido su único objetivo. ¿Qué iba a hacer ahora? Por primera vez en su larga vida, Malekith no tenía propósito.

Nota: Leer antes de continuar - Amenaza Velada

Para los altos elfos, fue un momento de desesperación. La tierra de su nacimiento - los dominios ancestrales que incontables generaciones habían luchado y muerto para proteger - se había perdido, y el fracaso les perseguía. Lo que era peor, con la destrucción de Ulthuan, miles de monolitos fronterizos habían sido destrozados, condenando a incontables miles de millones de almas a la garganta de Slaanesh. En un solo golpe afortunado, los altos elfos habían perdido a su reino y su pasado. Muchos se quitaron la vida, incapaces de vivir con el dolor y la vergüenza. La mayor parte de los Ulthuani consideraba el fallo como propio, y con el tiempo esto podría fraguarse en una nueva determinación. Por el momento, solo el ejemplo del estoico Imrik, y el amor que todos sentían por su Reina Eterna, mantuvo alejados a los altos elfos de la desesperación absoluta.

Los elfos oscuros no sentían ningún remordimiento por sus primos. Para ellos, Ulthuan había sido siempre un enemigo a vencer y conquistar, y muchos de los Naggarothi creían que habían hecho exactamente eso. Ahora, veían que Malekith los había llevado a un nuevo reino en el que sus caprichos podían ser fácilmente consentidos, y estaban satisfechos. Prohibido por Malekith hacer presa en los que vivían dentro de Athel Loren, los elfos oscuros asaltaron profundamente los restos destrozados de Bretonia, apagando sus crueles pasiones en sangre humana.

Los elfos silvanos habían perdido poca cosa en la guerra de Tyrion, y el regreso de Alarielle prometía restaurar el bosque a una grandeza que no se había visto en toda una vida. Había algunos entre los señores y damas que se resentían de compartir su tierra natal con sus desplazados primos. Sin embargo, la mayoría de los elfos silvanos juzgaron que la reunificación de la raza élfica en Athel Loren era la prueba de que siempre habían seguido el camino verdadero del que los otros se habían desviado. En este asunto, los espíritus del bosque permanecieron en silencio, a pesar de que comenzaban los rumores de que un gran ejército de dríades se estaba reuniendo en la Arboleda Salvaje, con intenciones desconocidas.

Las predicciones de Alarielle no sólo habían sido la salvación de los elfos, sino también de otras criaturas. Rescatadas de la muerte de Ulthuan través de la casualidad o intencionadamente, muchas bestias salvajes buscaban nuevos hogares por debajo de los aleros de Athel Loren. El bosque absorbía a los recién llegados tan fácilmente como lo había hecho con los elfos, y los unía a la perfección en el tejido. Grupos de leones blancos rondaban los claros, las arpías anidaban entre los riscos y monstruosas hidras se sumergían en lagos escondidos. Los dragones de Caledor buscaron refugio entre las cuevas de Wydrioth, y los fénix en los fuegos del Yunque de Vaul.

Así que sólo sufrió realmente una facción el cambio de fortuna de los elfos. Los hombres bestia, siempre una maldición sobre Athel Loren, encontraron el bosque defendido como nunca antes. Los altos elfos y elfos oscuros - los primeros buscando una distracción de su culpabilidad, y los segundos una distracción de su hastío - con mucho gusto se lanzaron al exterminio de los hombres bestia. Los Hijos del Caos fueron masacrados a miles, y conducidos a las profundidades más oscuras del bosque. Pero la amenaza de los hombres bestia no había terminado. El poder del Caos seguía creciendo, y los rebaños seguían multiplicándose.

En la primera luna llena después del hundimiento de Ulthuan, Alarielle al fin se entregó en matrimonio a Malekith. En los días anteriores, Malhandir había llevado a la Reina Eterna en una procesión a todas las residencias de Athel Loren. Fue un viaje de pompa y ceremonia, que rivalizaba con los días más grandes de la antigüedad Ulthuan. Una guardia de honor de miles acompañaba a su reina, y los estandartes de los tres reinos se inclinaban en señal de fidelidad donde Malhandir la llevara. Fue un evento solemne y, para muchos, uno incómodo.

Esta sensación de aprensión se agudizó cuando Alarielle al fin llegó al Claro del Rey iluminado por el fuego. En toda su larga vida, Malekith nunca se había arrodillado ante nadie, salvo su padre, pero se arrodilló en lo que respecta a la Reina Eterna mientras recorría el camino de pétalos esparcidos a su lado. La ceremonia de unión debía haber sido llevada a cabo por Naieth la Vidente. Sin embargo, otra había ocupado su lugar, con su oscuro vestido de medianoche contra las sombras, y las estrellas de su pelo a la altura de las que relucían por encima. La unión fue forjada no con palabras mortales, sino por la bendición de la propia Lileath, la última superviviente del panteón élfico.

Largo tiempo había estado lejos Lileath de los hijos que amaba como suyos. Ahora la diosa había vuelto, y su presencia al fin provocó celebraciones. Eldyra no regresó con ella. La Reina de los Muertos ahora gobernaba el reino que había creado, al igual que Ereth Khial una vez había gobernado el bajo mundo del mito. La tristeza nunca estuvo lejos de los pensamientos de Lileath, aunque la ocultaba bien de los demás. Sólo Araloth, que conocía a la diosa mejor que cualquiera, se dio cuenta del cansancio que perseguía sus pasos, y temía su significado.

Por lo tanto, al fin, las tres razas de elfos estaban unidas una vez más, pero no bajo el reinado de un Rey Fénix. Lileath decretó que el momento de la creación de Asuryan se había ido para siempre, y recoronó a Malekith como Rey Eterno, para gobernar junto a su Reina Eterna en todos los cambios del mundo aún por llegar. Por fin, las multitudes vitorearon, y la fiesta que siguió se prolongó durante todo el día siguiente, y hasta bien entrada la noche.

Ninguno oyó las palabras que Lileath compartió con Malekith y Alarielle en privado, y era mejor que no lo hicieran, ya que cualquier celebración habría muerto antes de empezar. El poder del Caos seguía creciendo, les dijo la diosa, y narró la historia de un mundo al borde de la destrucción, y de los horrores por llegar. Así, mientras que sus súbditos reían y bebían, el Rey Eterno y la Reina Eterna miraron hacia el futuro y sólo vieron cenizas y muerte.

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Batalla Final
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Fuente Editar

  • The End Times III - Khaine
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