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Ciudad altos elfos warhammer total war

Imagen ilustrativa

Tor Anroc es la capital de Tiranoc, un reino de los Altos Elfos famoso por sus aurigas. Durante el reinado de Bel Shanar,Tor Anroc disfrutó de la condición de ser la capital de Ulthuan, llegando a ser la ciudad más impresionante y bella de todos los reinos. Sin embargo, durante la Secesión, gran parte del reino de Tiranoc fue arrasado por una ola gigante causada por las energía mágicas desatadas durante la guerra. Tor Anroc acabó sumergida por las aguas, y aunque ha podido reconstruirse parcialmente, solo es una sombra de su antigua gloria.

Descripción Editar

Ciudad asur warhammer total war por Vilius Petrauskas

A pesar de que no se trataba de una de las grandes fortalezas de Ulthuan (como sí lo eran Anlec, Tor Achare o Tor Caled), Tor Anroc fue en su época una ciudad imponente. La capital de Tiranoc se había construido tanto alrededor como en las entrañas de una solitaria montaña de piedra blanca que emergía de la planicie de Tiranoc, rodeada por escabrosos barrancos. A los pies del monte, rodeándolo, se extendían una serie de construcciones con las paredes encaladas y los tejados rojos, enclavadas entre campos de cosechas, y desde las chimeneas de las granjas nubes vaporosas de humo blanco trepaban al cielo. Dos amplias carreteras torcían a derecha e izquierda y ascendían en espiral hasta la cima de la colina.

La ciudad había sido erigida y reformada en tiempos de paz, por lo que tenía de calles enrevesadas y espacios abiertos. En ella se encontraban las mansiones de los príncipes y nobles, y las espaciosas embajadas que albergaban a los señores y las damas de los demás reinos de Ulthuan. Gracias a su condición como residencia del Rey Fenix Bel-Shannar, la ciudad puso disfrutar de una enorme prosperidad que permitieron embellecerla con hermosas estatuas, brillantes tejados y jardines primorosamente cuidados.

Torres y ciudadelas excavadas en la roca blanca asomaban por encima del contorno curvo de las almenas de la cortina de la muralla, pero esos mismos edificios quedaban empequeñecidos por dos torres cilíndricas blancas que perforaban el cielo matinal como agujas refulgentes, rematando con unos tejados cónicos dorados, coronados a su vez por unos braseros, en los que una vez ardieron un fuego azul mágico: la señal de que se trataba de la residencia del Rey Fenix.

Desde el este, la ciudad tenía un aspecto más impresionante. Una carretera de desgastadas losas hexagonales de color rojo descendía de las montañas por el este y atravesaba en línea recta el paisaje hasta la puerta cerrada de la blanca muralla. A lo largo de la carretera se extendían huertos cercados por setos salpicados de flores tiernas y palisandros, en cuyo interior se extendían hileras de manzanos y cerezos. Múltiples pastos para el ganado se extendían al pie de la colina, adonde los pastores y los cabreros llevaban sus rebaños desde lugares de mayor altitud, para posteriormente llevarlos a los mercados de las ciudades aledañas y finalmente a la capital. A medida que uno se acercaba a la ciudad se apreciaban cambios en el paisaje; las granjas se guarnecían detrás de muros blancos con puertas de oro y plata, mientras, más atrás, lejos del camino principal, y conectadas a este por medio de senderos serpenteantes que atravesaban los campos, se levantaban mansiones de gran altura con numerosas estancias techadas y torres esbeltas. Allí pasaban los veranos los nobles de Tiranoc, lejos de la urbe, hasta que llegaba el invierno y los príncipes y nobles regresaban a las casas de la ciudad, al calor de las hogueras, la emoción de los bailes de invierno, y las intrigas de la vida cortesana de Tor Anroc.

Una casa del guarda bloquea el acercamiento a la ciudad; un bastión con un muro que duplicaba la altura de un elfo, que se extendía formando un arco hacia atrás y se incrustaba en la misma colina; toda la estructura excavada en la misma roca. Flanqueando la carretera se levantaban dos pálidas torres blancas más pequeñas desprovistas de aberturas salvo por las alargadas aspilleras que dominaban el camino de entrada desde todos los ángulos. En la azotea de cada una de estas torres menores había una catapulta de flechas, dotada de una serie de barras y cuerdas que permitían orientarla sin esfuerzo hacia todas direcciones. La puerta de Tor Anroc era de una anchura que permitía el paso simultáneo de cinco carros, y estaba cubierta con planchas de oro que resplandecían al ser alcanzadas por los rayos de sol.

Al otro lado de la puerta, la carretera se bifurcaba y continuaba zigzagueando de este a oeste hacia la ciudad propiamente dicha. El camino de la derecha ascendía por el sur de la colina. A medida que se asciende por la ladera, las llanuras y los prados se expanden a su alrededor, extendiéndose desde las montañas hacia la costa propiamente dicha. Muy pronto unas construcciones bajas ciñen la carretera, indicando que los viajeros se están adentrando en el extrarradio de la ciudad. El ruido de las ollas y el olor de la comida en el fuego envuelve el ambiente al atardecer.

Al atravesar una segunda puerta de entrada, que forma parte de la cortina de murallas, se accede a la ciudad propiamente dicha. En el interior de la ciudad la carretera continua ascendiendo en zigzag, y a medida que la cumbre está más cercana los edificios son más altos y las curvas más cerradas, hasta que el viajero se encuentra con un largo pasaje que transcurre bajo la montaña iluminado por las antorchas titilantes.

La ciudad había sido excavada en el monte; cada sala, ventana, y puerta, creada por los manposteros en las entrañas de la colina. Los muros subterráneos están salpicados de ventanas largas y estrechas y angostas puertas. Frescos de vivos colores rompen la monotomia de las paredes blancas, mostrando escenas de cosecha, carreras de carros, cacerías de venado, y plazas de mercado. Varios callejones y pasajes evitan que el túnel sea completamente hermético, aunque ninguno permite ver el sol. En poco tiempo de viaje bajo la montaña se accede a la vasta explanada que rodea el palacio del Rey Fénix.

La plaza central está pavimentada con las mismas losetas rojas de la carretera, medía trescientos pasos de longitud, y estaba tomada por los tenderetes y la muchedumbre. Los gritos de los vendedores pregonando sus productos, se mezclaban con el alboroto de las negociaciones y las conversaciones de todo tipo. Los ciudadanos de Tor Anroc ataviados con largas y holgadas togas blancas, y cubiertos con capuchas, pañuelos y capas teñidos de los mismos colores vivos que los frescos del túnel, se deslizaban ociosamente entre los puestos, cruzando las trayectorias ajenas en una compleja y parsimoniosa danza de mercado. En el centro de la plaza se alzaba las torres del palacio del Rey Fénix, cuyas estrechas ventanas arrojaban una luz trémula. El aquel tiempo la ciudadela del Rey Fénix era un inmenso palacio con un centenar de cámaras y cincuenta torres que se erigían en espiral.

Las altas puerta de madera del palacio se abren dejando a la vista un vestíbulo con el techo abovedado, iluminado por la luz dorada de los faroles. En el lado opuesto a la entrada empezaba una escalinata de mármol que ascendía en espiral hasta más haya de donde alcanzaba la vista. Una alfombra de color rojo oscuro cruza el vestíbulo y continua por la escalinata. Mientras se asciende por la escalinata pueden apreciarse varios descansillos, donde unos arcos dan paso a los pasillos y galerías que conducen hasta las cámaras más amplias del palacio. En el cuarto piso puede tomarse un desvío y atravesarse un arco que conduce a un vasto anfiteatro interior cuyo suelo está hecho de madera lacada y mármol. Los bancos de madera rodean una tarima circular en el centro del espacio. Las filas de asientos están dispuestos en forma de herradura, y terminan en el otro extremo de la sala, donde se alza el Trono del Rey Fénix esculpido de oro y con respaldo alto. La Sala del Trono, no obstante, se haya en otro lugar, al que se accede atravesando largos pasillos y galerías abovedadas hasta llegar al corazón del palacio. El suelo estába recubierto de baldosas de oro blanco y de las paredes colgaban seiscientos tapices que representaban los paisajes del vasto imperio elfo. La sala del trono estaba iluminada por el brillo perlado de los faroles mágicos de los enanos. Unas estancias aparte constituyen el dormitorio y los aposentos del Rey Fénix. A través de un pasillo se llega a las cámaras de Bel-Shanar. Sobre un suelo de listones blancos está el escritorio del Rey, cercana a una chimenea que mantiene caliente la estancia.

En el centro del complejo del palacio se ubicaban unos majestuosos jardines. Los altos árboles cubren una explanada cubierta de verde y lozana hierba, con el murmullo constante de cincuenta fuentes. Los cerezos en flor crecen en las avenidas y ocasionales bancos de madera permiten sentarse y disfrutar del paisaje.

Tras la liberación de Nagarythe por los ejércitos de Ulthuan dirigidos por Malekith. Morathi fue derrotada y capturada por Malekith, quién la condujo hasta Tor Anroc para someterla a la justicia de los Príncipes y el Rey Fénix. Gracias a la intervención de Malekith Morathi no fue ejecutada y se la mantuvo prisionera hasta La Secesión en un ala del palacio de Tor Anroc. Aunque estaba bajo estricta supervisión del Rey Fénix, quién autorizaba todas sus visitas y amenazó con ejecutarla si se interponía en su camino o minaba su autoridad, Morathi se las apañaba para seguir ejerciendo su influencia. Las salas donde residía estaban profusamente amuebladas, con piezas de una factura extraordinaria y tapices esplendidos, colgados de las paredes. Morathi se resistía a perder un ápice de su buen gusto pese a ser una prisionera, y a lo largo de los años había acumulado una notable colección de objetos artísticos y decorativos. No obstante, la elegancia de las estancias se veía ensombrecida en cierta manera por las runas plateadas talladas en las paredes: salvaguardas místicas que mantenían bajo control los vientos de la magia e inhibian los poderes de brujería de Morathi. Se accede a las estancias por una sala de recepciones que a continuación lleva al comedor con una pequeña mesa.

La mayor parte de la población de Tiranoc residía en otras ciudades alrededor de la capital; muchos acudían cada día en carreta o a caballo y la abandonaban para regresar a sus hogares al caer la noche. Sólo los muy cercanos al Rey Fénix podían permitirse vivir en la ciudad.

Por desgracia, al estallar la guerra civil en Ulthuan, los ejércitos de Nagarythe invadieron la ciudad convirtiéndola en una base de operaciones para sus planes de conquistas. Se impuso un gobierno títere para mantener a sus habitantes subordinados al gobierno de los Nagarothi y se construyeron numerosas defensas y maquinas de guerra para hacer frente a cualquier intento de reconquista.

Los crueles nagarothi despojaron a Tor Anroc de toda belleza que pudiera haber lucido. Cualquier objeto de valor fue saqueado por lo invasores. Por encima de las elevadas murallas, se pudieron ver las banderas negras y púrpura de Nagarythe ondeando prendidas de las astas, y aunque la población de Tiranoc no sufrió tanto las crueles atenciones de los Elfos Oscuros como en otras regiones invadidas, sobre las defensas se pudieron apreciar numerosos ornamentos macabros: cabezas de elfos que colgaban de cadenas o empaladas en lanzas, y esqueletos y cadáveres en estado de putrefacción que pendían de sogas, mecidos por la brisa.

Muchas edificaciones quedaron desatendidas a las inclemencias del tiempos o intencionadamente desmoronadas por los Druchii. Incluso desde fuera de la ciudad, se podía distinguir ventanas rotas, tejados combados y balcones desmoronados, igualmente el palacio en el que una vez había residido Bel Shanaar tampoco pudo escapar al deterioro progresivo y la devastación intencionada. Aunque nunca había sentido gran afecto por Bel Shanaar, el Rey Caledor I el Conquistador acabó tremendamente consternado al ver la ciudad que su predecesor había construido en un estado tan lamentable, lo que avivó aún más la llamas de su ira hacia los Elfos Oscuros y sus despiadados regentes.

Caledor pudo recuperar la ciudad para los Altos Elfos de nuevo, aunque no tuvo tiempo para iniciar la reconstrucción de la misma debido a que Ulthuan todavía estaba en estado de Guerra civil. El golpe definitivo de la ciudad llegaría cuando Malekith y su Morathi trataron infructuosamente de destruir el Gran Vórtice que mantenía confinado al Reino del Caos en los polos. Las terribles energías desatadas provocaron una serie de terribles desastres naturales, y la ciudad de Tor Anroc, así como una buena parte del reino de Tiranoc, fue arrasada por una ola gigante y matando a millares de elfos.

En la actualidad, las ruinas de la antigua ciudad todavía se encuentran sumergidas bajo el agua. Los supervivientes refundaron la ciudad de Tor Anroc pero nunca recuperará la gloria que disfrutó en el pasado.

Actualidad Editar

Lo que en el pasado había sido de una solidez gloriosa, la ciudad actual de Tor Anroc es poco más que un esqueleto, sus altas torres destrozadas y hundidas durante la Guerra Civil de los Elfos. Solo las bases rotas de torres perdidas prevalecen, sobresaliendo de las aguas azotadas por la tormenta como los dedos de una víctima ahogada. Con cada año que pasa, más sucumben a la erosión, colapsando bajo las olas. El Señor de Tor Anroc y sus hijos han sido olvidados por la historia. Nadie habla de ellos ahora por miedo a que sus pensamientos sucumban a la muerte y la tristeza

Vientos fantasmales soplan sobre la torre de vigilancia de Tor Anroc; una elevada aguja de roca oscura que se eleva de las ruinas de la ciudad. Desde su cúspide no es raro ver una neblina brumosa y brillante sobre el océano. Desde el pico más alto de esta torre de vigilancia, en una desolada y olvidada isla, los Asur siguen vigilando el horizonte, guardianes de un faro mágico usado para alertar a Ulthuan de fuerzas hostiles en aproximación. Dicho faro yace dentro de una cámara bajo la almena cónica de la cima de la torre, la escaleras se abren en el suelo conduciendo hasta un rellano iluminado por candelabros. Una puerta reforzada y sellada mágicamente hecha de tablones de madera blancos bloque el paso al llegar al rellano, siendo necesario una contraseña para abrirla. Más adelante, el brillante orbe azul de la baliza late, a la espera de ser activado.

Además de los soldados ciudadanos, en ocasiones Sombríos de Nagarythe se suman a la guarnición de la torre de vigilancia, para la consternación de los anteriores.

Fuentes Editar

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