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Tor Annan era una pequeña, y provincial ciudad en el valle bajo el Monte Antorec en Yvresse, gobernada por Lord Eanith. El asentamiento Asur fue arrasado hasta los cimientos por el Guardián de los Secretos N'Kari en el XI 10, después de que el demonio conjurara una tormenta para destruir el ya ruinoso Monolito Fronterizo sobre Antorec, desvinculandolo de esta forma del Gran Vórtice. Buscando venganza contra la Sangre de Aenarion, el sirviente de Slaanesh puso el asentamiento bajo sitio. Una aullante, horda demoniaca corrió hacia las paredes acompañados de cultistas, algunos de estos cayendo por los puntas de flecha de los elfos, aunque los demonios eran inmunes a todas las flechas que no hubieran sido encantadas por los magos Asur.

Junto con la guardia de su casa, Eanith formó un muro de lanzas contra el embite de los demonios, solo para que las lanzas se astillasen contra la piel de los demonios. Rompiendo la espada de Eanith bajo las pinzas de una de sus masivas garras, N'Kari empujó su puño en el pecho del elfo. Cerrando sus dedos en torno al corazón de Eanith, el demonio arrancó el órgano todavía latiendo del cuerpo del noble. N'Kari blandió el corazón brevemente ante los ojos moribundos del elfo, bramando por su triunfo y tragándoselo entero. Lanzando el cuerpo tambaleante a un lado, el Guardián de los Secretos regresó a las ruinas de Tor Annan y buscó a su próxima víctima.

Seres alados batieron las alas desde el cielo y atacaron primero a las máquinas de asedio, y depués a los arqueros. La muerte estaba demasiado cerca del Príncipe Sardriane durante los momentos iniciales de la batalla. Las furias aladas habían derribado a los elfos a ambos lados del Príncipe. Los demonios habían derribado las puertas y escalado hasta los muros, matando a todos los que se encontraban. Uno enorme se había cernido sobre el Príncipe, apunto de golpearle cuando en el último segundo, ante las órdenes bramadas por N'Kari, derribó a Alfrik en su lugar. Cultistas locos entraron como un emjambre a través de las puertas de entrada, aullando y salmodiando estasiadamente mientras mataban.

Al principio los Asur de Tor Annan lucharon con bravura. Los arqueros morían en sus puestos, todavía disparando sus flechas contra objetivos que les ignoraban. Los guerreros habían tratado de detener a los demonios monstruosos de piel roja. Pero mientras la lucha transcurría, se hizo evidente que no podrían superar a sus enemigos. Algunos huyeron, otros trataron de rendirse, y algunos, viendo al líder demoniaco de sus enemigos, sucumbieron a una extraña locura y empezaron a arrojarse a sus pies, postrándose en comunión extática.

El Príncipe Sardriane estaba estaba entre aquellos que huyeron, corriendo a través de las calles a la casa ancestral que compartía con su madre, y unos pocos siervos envejecidos. Les dijo que atrancara la puerta y se prepararan para soportar un asedio. Algunos de ellos, pensando que la muerte era preferible a caer en manos de sus enemigos, se habían quitado la vida usando venenos que preservaban para tal propósito. El Príncipe instó a su madre a hacer los mismo, temiendo lo que podría pasar si caía en las afiladas garras de los sitiadores. Ella se negó, diciendo que mientras el viviera, ella también. Ambos tenían el mismo orgullo. Después de todo, la misma "Sangre" corría por sus venas.

Por un momento, se acurrucaron en sus aposentos mientras la ciudad ardía a su alrededor y los gritos resonaban en las calles. Para ellos, sonaba como si un horrible carnaval de tortura y maldad estuviese teniendo lugar fuera. Sardriane rogó para que si esperaban lo suficiente pudiesen irse desapercibidos por sus enemigos y escapar con sus vidas. El Príncipe se odiaba a su mismo por su cobardía, se odiaba por huir, sintiendo todo esto indigno de su orgullosa ascedencia. La única defensa que podía ofrecer era que todavía era joven y no quería morir. Cuando al fin los alaridos cesaron, y se atrevió a espiar a través de la rendija que había entre los postigos cerrados de la ventanas, vio filas sobre filas de rostros silenciosos mirando el edificio. Algunos eran descarados demonios de piel carmesí y cuernos de bronce. Otros eran cultistas. Mientras otros eran personas que antaño habían sido sus vecinos y que ahora observaban su casa con rasgos aturdidos y adormecidos y sutilmente alterados.

Como si contemplarlos rompiera algún hechizo malvado, todos gritaron y se lanzaron hacia delante, atravesando las puertas, y disfrutando y destrozando maliciosamente a través, de las salas de la casa de Sardriane, destrozando antiguo mobiliario, quemando los tapices de antaño, mutilando y matando a los siervos, aullando con una sed de sangre insaciables, y algo más, un primitivo y profundo placer que era incluso más desagradable que su deseo de hacer daño.

La horda redujo a madre y a hijo, llevándolos fuera hasta N'Kari, cuyo contorno rielaba y cambiaba constantemente, algunas veces pareciendose a una cosa demoniaca descomunal con garras de cangrejo, otras la más hermosa mujer que Sardriane hubiera imaginado jamás, y algunas otras el más noble rey. Cuando Sardriane se arrojó contra el monstruo, tratando de atacarle con una daga que tomó de la vaina de uno de sus torturadores, el príncipe quedó inconsciente tras recibir un golpe en la cabeza.

Después del saqueo, se descubrió que al menos un mago Asur había sobrevivido, lanzando un "Mensaje Mágico", para advertir de la caída de Tor Annan. Junto con el informe del explorador Takalen, esto probaría la veracidad de las afirmaciones de que Ulthuan estaba sufriendo una invasión demoníaca.

Fuentes

  • La Sangre de Aenarion, por William King.
  • Codex Demonios del Caos 8ª Edición.
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