Wiki La Biblioteca del Viejo Mundo
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Cocinero Halfling

Gambo Hartstock agarró su cucharón de metal y removió intensamente el contenido del burbujeante caldero. Los dos cocineros asistentes Flabagon Dil y Frito Pieplano degustaban el olor de las deliciosas especias e intercambiaban gestos de aprobación.

- ¡Este va a ser un almuerzo para recordar!

De hecho esta iba a ser la primera comida caliente que los Halflings iban a probar desde hacía tres semanas, desde que dijeron adiós a La Asamblea y parientes cercanos y marcharon para unirse al ejército del Emperador.

Desde entonces las cosas habían ido muy mal para el pequeño regimiento Halfling. La mitad de sus suministros se había perdido mientras cruzaban el río, incluyendo toda la cerveza y el tabaco. Una lluvia continua había hecho imposible mantener un fuego encendido con el que poder cocinar. Todo el regimiento había reducido sus raciones de aprovisionamiento a tres míseras comidas al día, y esa fría lluvia que los empapaba, devorándolos en miserable silencio.

Ahora, mientras el regimiento acampaba durante la noche a la sombra de las Montañas del Fin del Mundo, Gambo Hartstock, el Jefe Cocinero, preparaba un festín que revitalizaría los espíritus de los famélicos Halflings. Aquella mañana había comprado un barril entero de pimienta "Pólvora de Cañón" a un mercader humano. El barril permanecía tras el caldero. Una buena parte de su concentrado contenido había desaparecido en el interior del caldero junto con unas hojas de menta, guindillas y otros ingredientes que Gambo había recogido muy pronto aquella mañana; un buen cocinero tiene sus secretos, y Gambo tenía más que la mayoría.

- Ah sí, mi colega -le explicaba Gambo a Flabagon-, el Emperador sabe reconocer una fina Olla Caliente cuando la huele... pero ésta de aquí -Gambo pegó un brinco y señaló su guiso– es demasiado suculenta para los humanos. ¡Incluso para un Emperador!

Flabagon sonrió débilmente mientras su maestro hacía aspavientos sobre su guiso. El delicioso olor hacía que su sencilla mente se retorciese intentando contener arrebatos de hambre furiosa. ¿Qué estaba tramando? Tenía hambre. Estaban todos hambrientos. ¿Aún no era hora de comer?

- Así es Flabby -continuó Gambo de manera orgullosa-, si uno de esos soldados humanos le diese como mucho un buen olisqueo a mi olla caliente se desplomaría del gusto, y debería hacerlo, si por alguna negligencia imperdonable por nuestra parte pueden comer algo; bueno, por uno solo no me gustaría ser el responsable -Gambo añadió otra cucharada de pimienta al caldero y lanzó un par de chiles y más ajo para tener una buena medida.

De repente un agudo cuerno resonó por el aire, haciendo silbar en el aire una fina y estridente nota impregnada de urgencia. Gambo se quedó tan sorprendido que soltó su cucharón, haciendo que una nube de gotas del efervescente guiso saliera volando por todas partes.

- ¿Qué fue eso? -dijo casi sin aliento- No es la hora de comer, ¿no?

Pero ya era obvio que el cuerno provenía de cualquier otra parte, no del campamento halfling ni de cualquiera de los regimientos humanos del Imperio, sino de unos fieros Jinetez de Lobo Goblins que apuñalaban y mordían mientras los Halflings corrían presas de un pánico ciego.

Absolutamente absortos en el guiso, ninguno de los Halflings se había percatado de los Jinetes de Lobo que surgían de la ladera de la montaña, envolviendo el campamento con sumo cuidado y logrando apartarlos del resto del ejército del Emperador. Era una emboscada. Peor aún, era una emboscada antes de comer.

- Esa penosa escoria Goblin –gruñó Gambo mientras un Jinete de Lobo trotaba hacia él blandiendo una lanza y lanzando risitas anticipadas a una matanza fácil. Alzó su machete de carnicero y partió en dos a la verdosa criatura como si se tratase de una ramita seca. La sangre verdosa fue derramada salvajemente por el aire, la mayor parte aterrizando en el suelo, salvo una pequeña parte que salpicó en el interior de la olla que comenzó a burbujear y a crepitar como si fueran disparos.

- ¡Arruinada! –gritó Gambo de forma descontrolada- Mi olla caliente, toda la menta y el ajo, y la mitad de la pimienta, todo se ha perdido.

Tajó la cabeza de otro Goblin y rebuscó en su zurrón una botella de malta de la Asamblea. Estaba vacía. Gritó mientras el horror de la situación le sobrecogía. Entonces vio algo en el interior de la pequeña cocina. Sus ojos se iluminaron con un valor impropio de los de su raza, sus anchas manos aferraron aún más su cuchillo de carnicero.

– Flabagon... Frito -dijo-, es hora de hacer el último de los sacrificios... coged esa cuerda y traed el resto de la pimienta.

En breves momentos los enrabietados asistentes cocineros habían atado las cuerdas al caldero y lo suspendieron sobre un tronco con forma de tenedor. Parecía haber sido la escena de una carnicería que trajo lágrimas a los ojos de Frito mientras Goblins y lobos acechaban por el campamento y cazaban a los Halflings que huían como conejos. Pero tal vez fueran todas esas cebollas.

- Así es, mis muchachos -gritó Gambo ondeando su machete de forma amenazadora en dirección a otro jinete de lobo-. Ahora tirad de esa cuerda tan fuerte como podáis -Los Jinetes de Lobo, que habían comprendido que era mejor evitar el machete de Gambo, comenzaron a replegarse para preparar su asalto sobre el campamento imperial. Seguro de su victoria, el mismo Rey Goblin se apresuró a liderar la carga en su carro de batalla. Los pieles verdes estaban frescos y listos para el ataque, con la infantería blandiendo sus lanzas y arqueros entre ellos, y en la retaguardia dos enormes Trolls arrastrando sus pies lentamente hacia un mar de juguetones Snotlings.

Los asistentes de cocina tiraron de la cuerda y el pote se balanceó lentamente hacia atrás. El asa de madera comenzó a doblarse y a crujir mientras los Halflings gruñían y se esmeraban.

- Solo unos centímetros más –gimoteó Gambo mientras se apartaba ágilmente hacia un lado y alzó su cuchillo de carnicero preparado para cortar las maltratadas cuerdas. Partió la cuerda con un simple tajo. Flabagon y Frito cayeron hacia atrás el uno sobre el otro, y el caldero salió catapultado directamente hacia el Rey Goblin. Gambo comenzó a saltar arriba y abajo muy alterado mientras observaba la trayectoria del proyectil dirigirse hacia la masa de enemigos.

- ¡Yeeee-há! -gritó- ¡Ve a por él preciosa mía, así es! La mejor olla caliente de todas y espero que se te atragante.

El Rey Goblin, Grom el Panzudo de las Montañas Nubladas, antiguo e infame señor de la guerra, fue golpeado de repente y de forma inesperada por lo que podría haber sido una gran roca de no haber sido por la sustancia roja que explotó de ella, duchando a la horda verde. Los Goblins chillaban allá donde la sustancia hirviente los impregnó. Su piel se caía a tiras y se marchitaba mientras lágrimas de agonía brotaban de sus ojos rojos. Grom, habiéndose sobrepuesto a la sorpresa inicial, aulló de dolor y furia mientras los vapores lo envolvían. Los lobos aullaron descontrolados y lanzaron a sus jinetes al embrollo antes de salir huyendo hacia las colinas con el rabo entre las piernas.

Un Troll avanzaba sin darse cuenta hacia el humeante charco e inmediatamente comenzó a disolverse. En ese momento, el ejército del Imperio se dispuso a formar filas a toda prisa, se adentró en la batalla, y la horda restante fue barrida por los Caballeros de la Reiksguard. El Imperio había sido salvado.

El Emperador encontró a Gambo Hartstock sollozando desconsolado con la cara hundida en su delantal, una botella vacía de Malta de la Asamblea en una mano y un machete de carnicero ensangrentado colgando de la otra. Hizo apartar a sus capitanes y puso una mano sobre el hombro y lo movió gentilmente.

- ¡Maestro Cocinero -dijo-, no sé qué había en esa olla hirviente tuya, pero indudablemente ha salvado el día y muchas nobles vidas! Dinos la receta y haré que los Ingenieros imperiales diseñen un arma que destruirá a las hordas Goblins para siempre.

Gambo miró el vigoroso rostro de su soberano y de repente sus ojos se aclararon.

- ¡Señor, no puedo decírselo, sería una traición a los votos del libro de cocina!

El Emperador, para su crédito, no insistió en el tema, pero obsequió a Gambo con una bolsa de oro por su participación en la batalla y partió en silencio. Con el paso de los años Gambo se hizo muy famoso y se encontró a sí mismo arrastrado de batalla en batalla por sus ahora famosos lanzamientos de olla caliente halfling sobre las filas enemigas. Nunca tuvo el mismo efecto que produjo aquel día cuando Grom el Panzudo de las Montañas Nubladas tuvo que huir del campo de batalla, y, en verdad, Gambo no pudo recordar esa receta hasta el día de su muerte. No obstante, la olla caliente subió el prestigio de los regimientos Halflings y les enseñó a los Goblins una lección que les sería difícil de olvidar.

Fuente[]

Extraído y adaptado de La Biblioteca del Gran Nigromante.

  • Libro de Ejército: El Imperio (4ª Edición).
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