Wiki La Biblioteca del Viejo Mundo
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Portada libro de Ejército Demonios del Caos 7ª edición por Adrian Smith.jpg

Fue durante la era de los Ancestrales cuando los Demonios del Caos penetraron por primera vez en el reino mortal, contaminándolo con su maldición. Los misteriosos Ancestrales fueron una enigmática raza con poderes mágicos inimaginables, capaces de alterar el tejido del espacio y el tiempo a voluntad, e invocar grandes cantidades de energía para manipularla en forma de devastadores hechizos mágicos. Ellos fueron los creadores del mundo y de la mayoría de razas que allí habitan. Levantaron portales en amos polos del mundo que les permitía viajar por las estrellas en cuestión de segundos.

Por razones desconocidas, los Portales explosionaron, abriendo brechas en la realidad hacia la demoníaca dimensión que había más allá, permitiendo que las entidades del Caos brotaran desde ella. A este evento se le conoce como la primera Gran Incursión del Caos, que tuvo lugar entre el -5600 CI y el -4420 CI. Otros nombres que recibe este suceso son el Advenimiento del Caos o la Llegada del Caos. Los Hombres Lagarto lo conocen como la Gran Catástrofe.

Orígenes[]

Artículo principal: Historia de los Hombres Lagarto.

Mago sacerdote slann magia warhammer total war por Milek Jakubiec.png

Los Ancestrales eran seres prácticamente omnipotentes, pero se desconoce en qué momento concreto detectaron el desastre que se avecinaba, o si supieron calibrar su magnitud. Aun teniendo la capacidad de canalizar las energías que fluctuaban tras los portales al Reino del Caos, siempre les había costado mantener ese poder bajo control. Por tanto, no tardaron en verse obligados a combatir contra las fuerzas que llegaban desde aquella dimensión imposible. Al haber percibido algún portento del futuro, es probable que las razas creadas por los Ancestrales fuesen diseñadas para combatir contra las criaturas del Reino del Caos.

Tras los Hombres Lagarto, la primera de dichas razas nuevas fue la de los Elfos, a quienes sentaron en su regazo para enseñarles el saber de la magia. A ellos les siguieron los Enanos, cuyo conocimiento mágico era mucho más limitado, y estaba vinculado de manera intrínseca a su dominio de la artesanía. Cuando la tensión de la guerra cósmica contra el Caos se intensificó, los Ancestrales crearon a la prolífica y versátil raza de los Hombres. Finalmente, y quizás ya con cierta precipitación, crearon a los Halflings y a los Ogros, a partir de otras criaturas menores que poblaban el mundo.

La Llegada del Caos[]

Origen Hombres Bestia Portal por Karl Kopinski.jpg

El desastre llegó de manera súbita. Ya fuera debido a los ataques enemigos o a un fallo estructural, los portales polares se colapsaron. La maquinaria embrujada que los mantenía operativos fue destruida, y cayó sobre la tierra en una ardiente lluvia de metal estelar. De manera simultánea, los polos del planeta implosionaron, abriendo brechas a la fantasmagórica dimensión que había más allá, y permitiendo que el Caos brotara desde ella. Meteoros de magia coagulada, una sustancia conocida como "piedra bruja", empezaron a caer dejando tras de sí extrañas estelas que incendiaban los cielos.

El planeta tembló bajo los atronadores impactos de los aerolitos, algunos de los cuales abrieron túneles que se hundían en las entrañas de la tierra. Una capa de piedra bruja quedó flotando en el aire, provocando incontables atrocidades debido a sus propiedades mutantes. Los mares hirvieron y los bosques se estremecieron violentamente, experimentando un grotesco crecimiento. Allí donde una vez había estado el portal septentrional palpitaba ahora una segunda luna, un satélite verde hecho de pura piedra bruja: Morrslieb. Incontables criaturas retorcidas y deformes nacieron en un instante, elevando sus llantos de agonía hacia aquel enfermizo orbe.

Morrslieb.png

Donde antaño estaban los portales, ahora había heridas abiertas en el tejido de la realidad, puertas a través de las cuales observaban los temibles Dioses del Caos, manipulando las tierras de los mortales. En lugar de luchar contra estas esencias inmortales y omniscientes, los hombres que moraban a la sombra del portal del norte empezaron a adorarlas como sus deidades. De todas las razas del mundo, los humanos eran los más vulnerables a las tentaciones del Caos, los más ansiosos por seguir el camino de la condenación a cambio de un poder inimaginable. Aparecieron hordas demoníacas que camparon a sus anchas por el mundo y muchas tribus de hombres primitivos se aliaron con los impíos invasores. Así nacieron los primeros Guerreros del Caos, y civilizaciones enteras fueron humilladas ante su poderoso asalto.

Fue durante esta catástrofe cuando empezaron a aparecer las primeras criaturas del Caos: Hipogrifos, Quimeras, Mantícoras, Grifos y seres similares acechaban por todas partes, nacidos de criaturas normales deformadas por las energías mágicas que ahora envenenaban al mundo. Los Hombres Bestia también aparecieron: hombres depravados que habían revertido a su subconsciente bestial, y cuyos cuerpos se habían deformado para reflejar sus deseos animales, y bestias que habían mutado para caminar sobre sus patas traseras como si fueran hombres. En las ciénagas al norte de lo que se convertiría después en la nación de Tilea, criaturas roedoras e inteligentes empezaron a excavar y maquinar, penetrando en las profundidades del mundo en secreto, sin ser vistas ni oídas.

Príncipe Demonio por Timo Karhula.png

Con el colapso de sus portales, los Ancestrales desaparecieron, sin que se sepa qué les ocurrió, y el desastre podría haber sido completo si los Slann no lo hubiesen evitado sellando buena parte de la brecha en la realidad. Aun así, el desgaste producido por aquel esfuerzo fue tan grande que la mitad de los Slann murieron con sus cerebros fundidos por la incongruencia del Caos. Además, pese a tal sacrificio sólo fueron capaces de reducir la brecha, no de cerrarla ni de detener la marea de energía mágica que barría el planeta. Así fue como se esfumaron los Ancestrales, y tanto los Hombres Lagarto como las razas más jóvenes quedaron abandonadas para hacer frente por sí solas a un nuevo y diabólico enemigo.

El mundo bajo asedio[]

Demonios contra Hombres Lagarto.jpg

Envueltas por nubes de magia llegaron las legiones de Demonios, materializándose desde el Reino del Caos en número incontable. Cada Demonio era una faceta del poder de su amo, un ser antinatural que ardía por dentro con el ansia de destruir. Y de ese modo dio inicio la guerra por el reino mortal. Enfrentados a la posibilidad de la aniquilación, los Slann supervivientes se reorganizaron y reclutaron ejércitos de un tamaño como jamás se había visto antes. Los Demonios atacaron por todas partes, y los Hombres Lagarto sufrieron el grueso del asalto. Lo que siguió fueron una serie de choques militares titánicos que se extendieron por continentes enteros, duraron siglos y costaron un número incalculable de vidas.

Los Saurios hicieron frente a la horda demoníaca, y demostraron ser capaces de igualarla en ferocidad y letalidad. Pero el poder de los Hombres Lagarto no sólo dependía de sus ejércitos, pues los Slann, desde la cima de sus templos pirámide, canalizaban las energías mágicas rampantes para alimentar hechizos de una capacidad destructiva sin precedentes, en forma de tormentas de fuego, maremotos y terremotos que devastaban a los invasores. En los episodios iniciales de la guerra, los Slann resultaron ser más poderosos y determinantes que incluso el Demonio más dotado para la magia. Sin embargo, a medida que las energías del Caos y los refuerzos inacabables siguieron manando hacia el mundo, la balanza empezó a inclinarse hacia el otro lado.

Mago Sacerdote Slann por John Blanche.jpg

Las energías del Caos iban aumentando en la misma medida en que los Slann notaban cómo sus poderes flaqueaban, con lo cual sus hechizos se hacían cada vez más difíciles de controlar. Incluso un único y diminuto error a la hora de manipular las fuerzas arcanas podía resultar en un fallo catastrófico, y muchos Slann perecieron en explosiones incandescentes o vieron sus mentes aniquiladas por culpa de estos errores. Los Demonios, en cambio, se iban viendo paulatinamente vigorizados por los descontrolados Vientos de la Magia, pues como criaturas nacidas en la irrealidad, para ellos resultaba natural moldear y canalizar dichos vientos en su beneficio. Así, a medida que la supremacía mágica cambiaba, también cambió el signo de la guerra.

En los campos de batalla, titanes de pura energía chocaban contra las cohortes de Saurios anegando la tierra con sangre. Monstruos de plaga y bestias de bronce viviente se abalanzaban sobre colosos de sangre fría, mientras en los cielos los reptiles voladores se enfrentaban a monstruosidades de alas membranosas. Pese a seguir aniquilando a muchos enemigos, los Hombres Lagarto empezaron a verse superados. Los Slann forzaron aún más la canalización de magia de sus nexos, usando toda su pericia para tratar de mantener controladas esas inestables energías. Ya a la desesperada, encantaron la misma jungla, convirtiéndola en una trampa mortal llena de plantas carnívoras, arenas movedizas vivientes y enjambres de insectos cuyos aguijones podían atravesar las escamas de un Dragón. Los ríos fueron redirigidos y los volcanes brotaron del suelo y entraron en erupción en un intento de frenar a los Demonios. Sin embargo, las legiones infernales siguieron avanzando. Los Hombres Lagarto tuvieron que retirarse a sus ciudades templo, únicos bastiones del orden en medio de un mar de Caos.

Incineradores por John Blanche.jpg

Con todo y con eso, durante un tiempo los servidores de los Dioses Oscuros siguieron siendo puestos a prueba, sufriendo unos índices de bajas escalofriantes en cada enfrentamiento. Los Hombres Lagarto lanzaban al combate a bestias reptilianas gigantescas, que abrían senderos de destrucción antes de perderse de vista en la inacabable masa de Demonios. También ponían en marcha extraños aparatos dejados por los Ancestrales, artefactos de poder que desintegraban a los enemigos a millares. Pero siempre había más y más Demonios, que seguían golpeando las barreras mágicas conjuradas por los Slann como protección de cada ciudad templo.

Finalmente, los Demonios lograron sobrepasar esas protecciones, y Xahutec fue la primera ciudad en caer. Sus habitantes fueron masacrados y sus altas pirámides derruidas. Aquello inició una reacción en cadena que una por una fue debilitando las barreras mágicas de todas las demás ciudades templo. Huatl, Tlanxla y Xhotl fueron vencidas en rápida sucesión. En Xhotl, los Magos Sacerdote Slann lograron resistir lo suficiente como para hacer llegar la alarma a las ciudades que aún quedaban en pie, de modo que pudieran prepararse con contrahechizos. Durante cierto tiempo la avalancha demoníaca fue contenida, pero la situación no duró mucho, pues los Demonios idearon un plan malévolo para eliminar cada sistema defensivo: liberaron una plaga que exterminó Chaqua, arrasaron Quezotec con el ataque sónico de un billón de almas gritando de agonía, e invocaron oscuros tentáculos para hundir en el mar la gran ciudad templo triangular de Zarmuda, de modo que su bóveda protectora de energía se colapsase. Tras mil años de batalla, sólo un puñado de ciudades templo resistían aún, protegidas por los Slann más poderosos que aún permanecían vivos.

La Defensa de Itza[]

Asedio a los hombres lagarto warhammer total war por Milek Jakubiec.jpg

Finalmente, los Demonios tuvieron vía libre para asediar Itza, la Primera Ciudad y eje principal de las defensas arcanas de los Hombres Lagarto. Itza estaba bajo la protección del Cacique Kroak, el primer Slann que vino al mundo y el más poderoso de los magos, quien había desplegado sobre la urbe una crepitante bóveda de energía que convertía a los Demonios en polvo en cuanto la tocaban. Sin embargo, tras tantos años de presión por parte de los atacantes, ni siquiera Kroak podía sostener aquellas murallas místicas durante más tiempo, así que con un último esfuerzo las hizo explotar hacia fuera, arrasando la jungla circundante. Cien mil Demonios fueron fulminados en un instante... pero el resto de ellos se abalanzó sobre Itza.

En toda aquella larga guerra, ninguna batalla fue más feroz que la que se libró en las calles de Itza. Sólo la épica resistencia de la Guardia del Templo de Kroak impidió que los Demonios arrollaran la Gran Pirámide. Durante muchos días, los guerreros Saurios de élite se mantuvieron firmes en el alto Puente de las Estrellas. Mientras tanto, usando sus reservas mágicas, el Cacique Kroak preparaba sus encantamientos finales. Con la muerte del último Guardia del Templo, Kroak lanzó una serie de hechizos dignos de los dioses, haciendo caer de los cielos una lluvia torrencial de fuego con el que desintegrar al enemigo. El tiempo se detuvo y el tejido del universo mismo empezó a tensarse ante aquella descarga de energía pura.

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Sin embargo, incluso Kroak acabó por sucumbir. Una docena de Devoradores de Almas protegidos por el favor de su oscuro dios lograron abrirse paso a través de la tormenta de hechizos y alcanzaron la cúspide de la pirámide. Una vez allí, cayeron sobre el Cacique Kroak y lo despedazaron en apenas un parpadeo. Sin embargo, el Mago Sacerdote estaba tan sobrecargado de energía arcana que su espíritu siguió luchando, negándose a dejar que la muerte se lo llevara. Libre de su carcasa física, la radiante voluntad de Kroak se elevó por encima de las ruinas de la batalla y abrasó a los invasores con un haz de luz similar a la de un segundo sol. La Primera Ciudad se había salvado.

Pese a eso la guerra seguía rugiendo, pues por todo el globo las razas jóvenes hacían frente a legiones demoníacas. Los Enanos, pese a haberse retirado a sus fortalezas en las montañas, fueron diezmados. Los Elfos de Ulthuan también sufrieron pérdidas tremendas, aunque al final lograron poner en práctica el Gran Ritual, un hechizo que drenó buena parte de la magia que había inundado el mundo. Gracias a eso, los Demonios se vieron privados de su sustento de energía mágica y fueron expulsados de vuelta a su enfermiza dimensión. Pero el mundo quedó irrevocablemente dañado, transformado en un lugar saturado de magia y monstruos.

El Destino de Grimnir[]

Artículo principal: Historia de los Enanos.

Grimnir, Dios Ancestro de la Guerra.

Según el Gran Libro de los Agravios, el más antiguo libro del saber de los Enanos, la llegada del Caos rasgó el cielo y la tierra y partió las montañas. Vientos turbulentos de magia multicolor enturbiaron el aire. Los Enanos aseguran que Grungni advirtió a su gente que tal momento llegaría y que se refugiaran en lo más profundo de las montañas. Allí se cobijaron durante la erupción de los Vientos de la Magia que arrasó el mundo.

Cuando la tormenta hubo terminado, dejó tras de sí una capa de polvo que lo corrompía todo. Cuando los Enanos emergieron de sus moradas subterráneas encontraron el mundo irreconocible. Bestias mutantes y monstruosidades rabiosas plagaban las montañas. Pero había algo incluso peor. Durante la gran tormenta los Demonios habían irrumpido en el mundo desde el Reino del Caos y acechaban por doquier para matar todo lo que encontraran. No pasó mucho tiempo hasta que las fortalezas Enanas fueron atacadas.

Los Demonios descubrieron pronto que los Enanos no estaban precisamente indefensos. Las leyendas cuentan que Grungni enseñó a su pueblo a grabar runas mágicas en sus armas y armaduras, que les permitían resistir ante las criaturas del Caos que los asaltaban. Valaya usó su poder protector para ahuyentar la magia oscura de sus enemigos, debilitando sus terribles poderes. Y Grimnir en persona, empuñando dos poderosas hachas y vistiendo una armadura más dura que las mismas montañas, lideró el contraataque. Con su dios guerrero al frente, los Enanos se abrieron camino a lo largo de la cordillera, matando tantos enemigos que, por un tiempo, no quedaron Demonios en las Montañas del Fin del Mundo. La furia de Grimnir no remitió hasta que el último Demonio hubo probado el acero Enano por última vez.

Enanos contra Mastines de Khorne Jon Hodgson.jpg

Fue entonces cuando los Enanos contactaron por primera vez con los Elfos. Una flota de naves de guerra Élficas capitaneada por Caledor Domadragones había perdido el rumbo tras una batalla contra una flota del Caos. Caledor era un gran mago e inspeccionó las costas del Viejo Mundo en busca de indicios del origen del Caos que lo asolaba todo. En su lugar, Caledor topó con un ejército Enano dirigido por Grimnir en persona, que habían estado persiguiendo los remanentes de un ejército Demoníaco para liquidar hasta el último de ellos.

Fue un momento clave de la historia, en que uno de los mayores y más hábiles magos de los Altos Elfos de todos los tiempos conoció a la poderosa y brutal encarnación del dios guerrero de los Enanos. No ha quedado constancia de lo que pensó Grimnir del arrogante mago Alto Elfo, ni Caledor del señor de la guerra Enano cubierto de tatuajes. Ambos se reconocieron como potenciales aliados, asunto que quedó totalmente zanjado con el ataque repentino de una horda de Hombres Bestia. Tras establecer rápidamente los términos de su colaboración, el enemigo cayó bajo la fuerza combinada de las hachas de Grimnir y los hechizos de Caledor.

Por Caledor, los Enanos supieron del Rey Fénix Aenarion y su pugna por liberar la lejana isla de Ulthuan del azote del Caos. Por Grimnir, Caledor conoció la tormenta que se originó en el norte, precediendo a los Demonios. El sabio mago concluyó que, en el lejano norte, se había abierto una entrada al impensable Reino del Caos. Con esa información y una alianza recién forjada, Caledor partió, probablemente concibiendo ya el plan que llevaría a la creación de un potente vértice que absorbiera todo el poder del Caos desatado por el mundo. Antes de su marcha, Caledor recibió un amuleto rúnico que contenía un poder de protección superlativo de manos de Grimnir. A cambio, Caledor le regaló al Enano el Cristal de Fuego, un artefacto que se conserva en la Gran Bóveda de Karaz-a-Karak hasta el día de hoy.

Guerreros Enanos contra Desangradores de Khorne.jpg

El respiro ganado por Grimnir y sus ejércitos había costado caro, pero fue breve. Cuando Grimnir dirigía a sus tropas de vuelta a las montañas, los cielos se tiñeron de desdicha. Una vez más, la marea del Caos se cernía sobre la tierra y, con ella, las legiones de Demonios y sus inefables horrores lo destruían todo a su paso. Esta vez los Demonios eran tantos que el heroísmo de Grimnir no fue suficiente para contenerlos y los Enanos se vieron forzados a retroceder. Incapaces de mantener posiciones, llegó un punto en que los Enanos no tuvieron otra salida que la retirada al interior de sus fortalezas. Uno por uno, sus palacios de piedra fueron sitiados.

Aunque lucharon valientemente contra las hordas del Caos, varias fortalezas cayeron ante la arremetida blasfema. Con la teoría de Caledor sobre un portal del Caos en mente, Grimnir decidió pasar a la acción. Desoyendo todos los consejos, emprendió el viaje hacia el norte para cerrar él mismo el portal. Grungni le advirtió de una muerte segura, pero él le espetó que era un riesgo merecía la pena correr. El gran dios guerrero se afeitó ceremoniosamente la cabeza, dejando sólo una cresta desafiante. Entregó una de sus hachas a su hijo mayor, Morgrim, y partió hacia el norte, cantando su propia canción fúnebre. Una partida de Enanos liderada por Morgrim acompañó a Grimnir hasta el límite de los yermos norteños, arrostrando incontables peligros sólo para llegar hasta allí. Allí, al fin, dieron por terminado su viaje y se dispusieron a regresar, contemplando con asombro el avance de Grimnir mientras su silueta se diluía en la neblina iridiscente de aquel paraje ponzoñoso.

Esa fue la última vez que se vio a Grimnir y lo que después le aconteció al más valeroso de los Enanos nadie lo sabe. Quizás fue, a la postre, vencido por un ejército de monstruos. Hay relatos que afirman que llegó hasta el umbral del portal del Caos y contuvo a las tropas demoníacas mientras Caledor completaba su hechizo en Ulthuan. ¿Pudo sobrecogerlo un destino más terrible y extraño? Del sino de Grimnir, los Enanos no hablan. Tan sólo dicen que cayó en la oscuridad largo tiempo atrás.

Matademonios por Jarreau Wimberly.jpg

Al final, el hechizo de Caledor drenó la magia descontrolada y los Demonios que acechaban en los rincones más sombríos del mundo se desvanecieron. En un instante, los ejércitos de criaturas antinaturales que rodeaban las fortalezas de las montañas desaparecieron y los Enanos emergieron para contemplar el amanecer de una nueva era.

Los dioses Enanos se habían ido: Grimnir se había perdido para siempre en el oscuro norte y Grungni, Valaya y las deidades menores habían desaparecido. Los Enanos creen que sus Dioses Ancestros volvieron al corazón de la montaña de donde provenían y que, cuando su pueblo más los necesite, volverán. Los Enanos de las Montañas del Fin del Mundo prosperaron, pero no les llegó noticia alguna de sus hermanos de Norsca ni de las Montañas de los Lamentos.

Aenarion y el Gran Vórtice de Caledor[]

Artículo principal: Historia de los Altos Elfos.

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  Aenarion era un aventurero que había viajado a lo largo y ancho del mundo, pero que volvió raudo a la isla de Ulthuan en cuanto esta le necesitó. Al darse cuenta de que los Elfos no podrían aguantar mucho tiempo contra la furia del Caos desatada, Aenarion se abrió camino a sangre y fuego hasta el Templo de Asuryan. Allí se ofreció al fuego sagrado, e imploró a Asuryan que salvara a su gente. Asuryan no respondió, pero Aenarion se mantuvo fiel a su ofrenda y se lanzó a las llamas incandescentes. Lejos de morir aquel día, Aenarion emergió del fuego completamente indemne, y por la voluntad divina de Asuryan pasó de ser un Elfo mortal al primero y más poderoso de los Reyes Fénix.

Aenarion empezó su reinado con una victoria muy halagüeña: fuera de los muros del templo, hizo frente a una horda de Demonios aullantes cuyos negros corazones estaban decididos a destruir el lugar y extinguir para siempre sus fuegos sagrados. Con un único golpe de su lanza de caza, Aenarion mató al Señor de los Demonios que lideraba la carga y a continuación, sin apenas perder el paso, recogió el arma del propio Demonio y la usó para aniquilar al resto de aquella abominable hueste.

High Level Play Ryan Barger Altos Elfos Demonios del Caos.jpg

Las noticias de la victoria de Aenarion se extendieron rápidamente por Ulthuan. Todos los Elfos se alinearon con él, mientras los Demonios trataban de recuperarse de la derrota. Caledor Domadragones, el mayor hechicero de la época, juró lealtad a Aenarion, y juntos entrenaron a los Elfos en el arte de la batalla. Mientras Aenarion hacía que los sacerdotes de Vaul forjasen armas de acero e ithilmar templado, Caledor tomó el tutelaje de sus colegas magos, enseñándoles todo tipo de hechicerías para desterrar y destruir. Aquel proceso cambió la suerte de los Elfos, pues con Aenarion a la cabeza del ejército fueron los hijos de Ulthuan quienes atacaron a los Demonios, derrotando a muchos de sus campeones infernales y haciendo retroceder a sus hordas de vuelta al Reino del Caos.

Sin embargo, durante casi un siglo la guerra siguió sin descanso ni victoria definitiva para ningún bando, y los Elfos empezaron a desesperarse. Los instantes de paz eran pocos, y hasta esos breves respiros se veían manchados por el conocimiento de que los Demonios podían volver a aparecer en cualquier momento. Incluso Aenarion vio que sería imposible lograr la victoria final, de que sólo se conseguiría dar lugar a una lenta e inevitable derrota. Finalmente fue Caledor, el más sabio y anciano de los hechiceros, quien encontró una posibilidad de salvación: trazó un plan para crear un vórtice cósmico que drenase la magia del mundo, y con ella a los Demonios que se alimentaban de su furia.

Alto Elfo contra Demonio.png

Era una treta con pocas esperanzas de salir bien, pero Caledor y muchos otros como él creían que era preferible a la agónica muerte a la que se veía abocado el pueblo Elfo. Aenarion se opuso, pues aunque en su corazón sabía que era imposible ganar la guerra, estaba decidido a retrasar el inevitable final todo lo que pudiese, en vez de arriesgarse a que el plan de Caledor fallase y precipitase una derrota inmediata. Tal era el carisma y la capacidad de razonar del Rey Fénix, que sin duda habría logrado hacer cambiar de opinión a Caledor, pero entonces los Demonios arrollaron Avelorn. Astarielle, Reina Eterna de Ulthuan y esposa de Aenarion, murió durante aquel ataque, y sus hijos desaparecieron en medio de la matanza.

Al oír las noticias sobre el destino que había sufrido su familia, Aenarion se vio dominado por la ira. Juró matar a cada Demonio que hubiera sobre la faz del mundo, y a tal efecto declaró que viajaría a la Isla Marchita. El terror invadió a aquellos que escucharon sus palabras, pues sólo podían significar una cosa: Aenarion quería blandir la Hacedora de Viudas, un arma de terrible poder que había permanecido incrustada en el gran Altar de Khaine desde el principio de los tiempos. Tan antigua como el propio mundo, Hacedora de Viudas era el filo definitivo, la manifestación de la propia muerte, un fragmento de la letal arma forjada para el dios de la muerte Khaine, capaz de asesinar tanto a mortales como a dioses. Pero tal y como todos sabían, empuñar la espada de Khaine equivalía a invitar a la muerte, condenar la propia alma y maldecir a todo tu linaje para siempre.

Espada de Khaine por Josu Hernaiz.jpg

Al enterarse de las intenciones de su señor Aenarion, Caledor le suplicó que se echase atrás en su decisión, pero no pudo convencerlo. Ignorando todas las advertencias tanto de mortales como de inmortales, Aenarion montó a la grupa de Indraugnir, el mayor Dragón de todos, y partió volando hacia la Isla Marchita en busca del arma. El viaje fue largo y arduo, y puso a prueba incluso el poder de Indraugnir. Demonios alados asaltaron al Elfo mientras viajaba, tratando de que abandonase su gesta. Los dioses élficos le susurraron advertencias al oído, pero si Aenarion las oyó, desde luego no les hizo caso. Tras separarse de Indraugnir a unas pocas leguas del Altar de Khaine, el Elfo se dirigió caminando a encontrarse con su destino. Según se dice, incluso el fantasma de su difunta esposa se presentó ante él y le rogó que diera media vuelta. Pero Aenarion, ya frente al altar, endureció su corazón una vez más y liberó el arma cubierta de sangre, sellando su propio destino y el de su gente.

Cuando Aenarion volvió de su periplo, aquellos Elfos más resentidos y amargados por la guerra corrieron a unírsele, y con ellos creó un reino en las lúgubres tierras de Nagarythe. Allí, para sorpresa de todos, tomó una nueva esposa, la bella vidente Morathi. Al cabo de un tiempo, Morathi le dio un segundo hijo, al que llamaron Malekith. Poco después la corte de Aenarion empezó a ganarse una reputación siniestra, hasta el punto de que los Elfos de otras tierras se negaban a viajar allí. Por toda Ulthuan se extendieron historias sobre los actos de crueldad que se vivían en la corte de Aenarion. Incluso Caledor lo abandonó, marchándose con sus jinetes de Dragones hacia el sur, en busca de su propia tierra. Se dice que la partida de Caledor encolerizó a Aenarion, pero antes de que esa ira pudiese dar algún fruto, los Demonios volvieron a atacar. El tamaño y ferocidad del asalto fue tal, que enseguida se hizo evidente para todos salvo el mismo Aenarion que la guerra estaba perdida, y que el mundo se vería condenado a la oscuridad eterna.

Maestros de la Espada Altos Elfos contra Demonios del Caos.jpg

Caledor Domadragones, consciente de la locura que se apoderaba de Aenarion, decidió tomar la iniciativa y emplazó a los grandes magos Altos Elfos en la Isla de los Muertos para llevar a cabo el ritual de creación del vórtice cósmico. Al saber esto, Aenarion vio que no le quedaba más remedio que reunir a sus fuerzas e ir también a la Isla de los Muertos en defensa de los magos. En el centro de Ulthuan, Elfos y Demonios chocaron. Los Dragones, tan numerosos que sus alas ensombrecían el cielo, descendieron sobre la hueste del Caos. Tanto los Elfos como los Demonios murieron a miles, y los espasmos agónicos de muchos monstruos de ambos bandos inundaron de espuma el océano. Al iniciarse la creación del vórtice, los mares se empezaron a agitar violentamente y un viento terrible se desató desde el norte. Los cielos se oscurecieron, y la magia pura desgarró la tierra. Aenarion, con la única ayuda de su fiel Indraugnir, hizo frente a cuatro Grandes Demonios que intentaban abrir brecha en las defensas mágicas de Caledor. Fue una lucha que ningún mortal podría haber ganado, pero la furia y determinación mostradas por Aenarion ese día lo situaron entre las filas de los dioses. Una tras otra, las cuatro terribles entidades del Caos cayeron bajo la Espada de Khaine, si bien el propio Aenarion fue a su vez mortalmente herido.

Mientras la batalla rugía, los hechiceros Altos Elfos entonaron los cánticos para hacer aparecer el vórtice. Relámpagos en cadena parpadearon en el cielo, y el suelo se estremeció. Por un momento todo quedó en silencio. A continuación las montañas empezaron a temblar, y terribles energías pulsaron entre la tierra y el cielo. Desde las cimas montañosas surgieron descargas de energía que convergieron sobre la Isla de los Muertos. Mientras Aenarion y su reducido ejército seguían luchando, los hechiceros se afanaron en completar el ritual. Uno por uno fueron muriendo a medida que la magia que trataban de controlar quemaba sus mentes. Por fin, casi al mismo tiempo que Aenarion derrotaba a los cuatro Demonios, el ritual fue consumado. O al menos en parte, pues si bien los hechiceros Altos Elfos tuvieron éxito a la hora de abrir un vórtice que drenara la rugiente magia, se vieron atrapados en su interior sin poder salir, manteniéndolo abierto por toda la eternidad y enzarzados para siempre en su batalla contra el Caos.

Aenarion el Defensor se enfrenta a los Demonios en Ulthuan.

Aenarion, con sus enemigos derrotados pero muy maltrecho, trepó a duras penas hasta la grupa de Indraugnir, también malherido, y una vez más puso rumbo a la Isla Marchita. Indraugnir apenas logró completar el viaje, chocando contra el suelo nada más llegar a la costa de la Isla. Temblando por la fatiga y las terribles heridas, el anciano Dragón soltó un último rugido desafiante y murió. Aenarion, completamente solo, se arrastró de vuelta hasta el Altar de Khaine. Sabía que si alguien se hacía con el arma de Khaine podría dominar el mundo, así que la incrustó de nuevo en la roca de la que la había sacado. A continuación se dejó caer junto al destrozado cadáver de su querida montura alada y abandonó aquella era del mundo.

Los efectos inmediatos del ritual de Caledor Domadragones fueron una serie de tormentas, terremotos y maremotos de naturaleza mágica que arrasaron la tierra durante tres días. Millares murieron mientras las costas de Ulthuan eran barridas por olas gigantescas que hundían barcos, y el cielo se partía por terribles relámpagos. Cuando las tormentas amainaron se pudo comprobar que los portales polares habían quedado sellados y las legiones demoníacas habían desaparecido. Ulthuan y el mundo estaban en ruinas, pero al menos tenían un futuro por delante.

El Gran Vórtice de Caledor.

Otras regiones y razas[]

Guardián de los Secretos by columbussage Demonios Caos.png

Se sabe poco de las batallas libradas en el resto del mundo antes de la creación del Gran Vórtice de Caledor Domadragones, ya que las únicas razas que conservan registros de aquellos tiempos estaban demasiado ocupadas defendiendo sus tierras natales como para tener presentes los sucesos ocurridos en otras regiones.

Aunque los Enanos colonizaron Norsca en la Era de los Ancestros, la comunicación se perdió totalmente durante las grandes tormentas del Caos. Aislados durante tantísimo tiempo, los Enanos Nórdicos desarrollaron su propio lenguaje y cultura, diferenciándose de sus parientes. Algunos clanes se aislaron por completo, mientras que otros forjaron lazos con las tribus humanas bárbaras de la región. Ha habido algunas grandes fortalezas que han logrado imponerse a los Gigantes, los Dragones de Hielo y los monstruos del Caos, como por ejemplo Kraka Drak, la Ciudadela del Dragón, y su mayor rival, Khazid Ravik. No se reencontrarían con el resto de su raza hasta la Gran Guerra contra el Caos, cuando Thorgrim Custodio de Agravios forjó alianzas con los clanes venidos del norte para combatir al enemigo común y trajo a sus representantes a Karaz-a-Karak.

En cuanto a los Enanos supuestamente perdidos que se habían asentado al noreste de las Montañas del Fin del Mundo en Zorn Uzkul, hacia el -3900 CI se vieron asediados por grandes hordas del Caos y, creyendo que sus parientes y sus dioses los habían abandonado y olvidado, se convirtieron al culto de Hashut, el Padre de la Oscuridad. De este modo, se convirtieron en los retorcidos y resentidos Enanos del Caos de Zharr-Naggrund. Desde su descubrimiento por sus antiguos parientes, su sola mención convierte rápidamente en un silencio cabizbajo incluso las alegres charlas inducidas por la cerveza.

Los Elfos Silvanos saben por las enseñanzas de Durthu que, durante la Estación Olvidada anterior a que ellos se establecieran en Athel Loren, este gran bosque no resultó mejor parado que el de Avelorn en Ulthuan durante la invasión del Caos. El gran bosque verde que antaño había cubierto el mundo ahora tenía una fracción de su antiguo tamaño. La tierra donde se asentaba mostraba las cicatrices del fuego y la magia salvaje, y sus fronteras se veían asaltadas por incontables Demonios. Pero las apariencias engañaban: conforme la batalla por la supervivencia del gran bosque se había vuelto más desesperada, la naturaleza de algunos de sus espíritus había cambiado. Muchos eran ahora más salvajes y agresivos, incluso crueles, y sus formas ágiles y esbeltas habían adoptado otras más adecuadas para la batalla. Asimismo, gran parte del bosque que había sido destruido se había perdido hacía muchos años: el reducto que quedaba, enclavado entre las dos grandes cordilleras de las Montañas Grises y las Cuevas, había resistido durante más de una década y estaba expandiéndose de nuevo.

Demonologista y demonios por Anthony Ackland.jpg

De acuerdo con los mitos y leyendas de los humanos de Nehekhara, en las eras anteriores al hombre los dioses caminaban por el mundo como mortales. Los antiguos nehekharianos creían que cuando los Dioses del Desierto llegaron por primera vez al Valle Fértil, se enfrentaron contra los viles Demonios y espíritus malignos que allí habitaban en grandes batallas que llegaron a durar varios siglos. En las tumbas y monumentos de las antiguas ciudades se pueden encontrar numerosas descripciones donde se dice que Ptra, el Dios Sol y rey del panteón de Nehekhara, lideró en persona a sus tropas en la batalla final contra los poderes oscuros. Montado en un resplandeciente carro dorado, Ptra hizo retroceder a la oscuridad, pues hasta el más poderoso de los Demonios se apartaba del toque de su divina luz. Ptra y los Dioses del Desierto salieron victoriosos, y los siervos del mal se vieron obligados a retirarse hacia el norte para escapar a la destrucción. Dicen las leyendas que a continuación los Dioses del Desierto transformaron las tierras en un vergel, y que reinaron en él durante miles de años, hasta el nacimiento de la raza de los hombres.

Durante cientos de años, la Humanidad había continuado evolucionando y extendiéndose por el mundo, desde las lejanas Catai e Ind, hasta las estepas y Desiertos del Caos del lejano norte y las tierras entre el Gran Océano y las Montañas del Fin del Mundo, a las que acabarían por llamar el Viejo Mundo.

Fuentes[]

  • Warhammer: Reglamento (7ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Demonios del Caos (8ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Hombres Lagarto (8ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Enanos (8ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Elfos Silvanos (8ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Reyes Funerarios (8ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Reinos Ogros (8ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: El Imperio (8ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Guerreros del Caos (8ª Edición).
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