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La princesa de plata
En el año 2.293 del calendario imperial, el Imperio seguía bastante desorganizado. Tres Condes Electores aspiraban al trono imperial, y los barones luchaban entre sí por el poder y la tierra. Las Guerras de los Vampiros habían acabado y las familias nobles en disputa, habían olvidado su unidad contra la amenaza terrible de los vampiros, creyendo que ya estaban destruidos.

Ese mismo año, un visitante extraño llegó a la corte de Stirland. Los heraldos la anunciaron como la Princesa Layla de Copher, una de las ciudades árabes del sur. Su figura delgada estaba recubierta con una túnica de seda negra, que se balanceaba y bailaba como si tuviera vida propia. Una máscara de plata que representaba una expresión bella, ocultaba su rostro bajo un pañuelo de lana carmesí. Unos criados con la piel color aceituna la acompañaban, lanzando agua de rosas sobre su cuerpo y al aire. Los soldados ataviados con una cota de malla negra y una placa esmaltada, cubrían sus cabezas con cascos con pinchos y placas faciales en blanco, marchaban rígidamente tras la princesa mientras ésta se abría paso hacia la Cámara del Conde Ewald.

El Conde quedó atemorizado por la aparición grácil que tenía ante él y sin mediar pregunta o vacilación, Ewald invitó a la princesa a quedarse en el castillo. Los dos cenaron juntos, mientras los hombres del conde permanecían observando en silencio a sus guardas que no entraron en las barracones, sino que abandonaron el castillo y se instalaron en los campos de tiro los arqueros en unas tiendas de color negro. No encendieron ninguna hoguera en su campamento y los centinelas curiosos de las almenas, no pudieron oír una sola voz. El único movimiento que se escuchaba era el de los soldados que patrullaban sin descanso.

A la mañana siguiente, Ewald anunció sus esponsales con la Princesa Layla, para forjar una alianza con los árabes. Con estos nuevos aliados, prometió, podría ascender al trono imperial de Stirland. Muchos se animaron al conocer la buena noticia, ya que el conde necesitaba un heredero, y las fortunas de Stirland menguaban en su lucha por la dominación. Sin embargo, había unos cuantos a los que no les gustó este giro en los acontecimientos. El jefe de ellos era Gerhardt, el Consejero del Tesoro del Conde. Había oído acerca de las dotes exorbitantes que solicitaban los señores árabes para los casamientos de sus hijas, y además sospechaba que Layla no era siquiera una princesa. Así que envió a sus agentes para que espiasen a la princesa y su entorno.

Pasaron semanas y Gerhardt no tenía noticias de sus espías. Apenas veían a Layla, aunque el conde pasaba casi todo el tiempo con ella. Gerhardt temía que sus agentes habían sido asesinados y decidió investigarlo él mismo. Esa noche ordenó que cinco de sus mejores guerreros permanecieran en el exterior del cuartel y siguiesen a Layla. Entonces, él entraría por una ruta oculta que sólo conocían unos cuantos sirvientes y cortesanos, y descubriría lo que ocultaba allí. Lo que encontró allí fue algo mucho más temible que una mujer hambrienta de oro.

La máscara de plata de Layla estaba sobre la cama y se había quitado el pañuelo. A la pálida luz de la vela, Gerhardt comprobó que su piel era pálida y que era calva. La princesa se inclinaba sobre algo y cuando se balanceó hacia un lado, el consejero vio que se trataba de uno de sus agentes. La sangre le manaba de una gran brecha en el cuello mientras la "princesa" soltaba su cadáver en el suelo. El consejero no pudo evitar que se le escapara un grito sofocado y Layla, con la rapidez de un rayo, se giró y lo vio. En su boca sobresalían unos colmillos tan largos como los dedos de un hombre, y su rostro bestial estaba surcado de cortes y cicatrices. Como no había agua de rosas para ocultarlo, el aire desprendía el hedor espeso de la putrefacción.

Gerhardt gritó pidiendo ayuda a sus guardias y huyó por el pasadizo oculto. La vampiresa había invocado a sus propios guerreros. Sus rostros sin carne se hicieron visibles a la luz de la luna; los soldados no muertos se habían concentrado en las puertas, mientras Layla acechaba en los corredores del interior. El conde fue puesto a salvo, mientras se iniciaba una batalla en los muros y en el patio del castillo. Durante varias horas, los hombres valientes de Stirland lucharon contra los soldados esqueleto.

Cuando los primeros rayos de luz empezaron a salir, la vampiresa reunió a sus guerreros, después de haber saciado su sed de sangre con docenas de soldados y sirvientes. Entonces, el ejército no muerto se retiró en dirección al este, desapareciendo con los primeros destellos de luz en dirección a las montañas y nunca se le volvió a ver de nuevo.

FuenteEditar

  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (7ª Edición).
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