FANDOM


Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Lobos Espectrales

Lobos Espectrales

Cuando Arkhan y Mannfred regresaron al Castillo Sternieste, ambos deberían haber sentido una tranquila satisfacción por lo que habían conseguido. Alakanash y la Espada Cruel estaban ahora en su poder, y tan sólo Morikhane, la Armadura Negra de Nagash, restaba por ser recuperada de las entrañas del Fortín de Heldenhame. Sin embargo, tal y como se habían desarrollado los acontecimientos, ni el liche ni el vampiro tenían muchas ganas de celebraciones - si es que aún conocían lo que significaba aquella palabra.

Arkhan el Negro meditaba sobre la traición de Kemmler, y lo que aquello presagiaba. Durante las largas décadas de su asociación, el Señor de los Nigromantes siempre había sido un aliado vano e inconstante, pero Arkhan nunca había sospechado que las auténticas lealtades de Kemmler pertenecieran al Caos. De hecho, por largo tiempo había pensado que el Señor de los Nigromantes estaba siendo guiado - o al menos manipulado - por el espíritu de Nagash. Arkhan había estado tanto tiempo al servicio de Nagash que ya ni sabía ni le importaba si su deseo de llevar a cabo el retorno del Gran Nigromante era su propio objetivo, o si él también estaba siendo manipulado. Simplemente, Arkhan reconocía que su propósito era conseguir el regreso de Nagash. Aquella resolución lo había impulsado durante siglos; no de la manera frenética en la que los vivos entusiastas defendían las causas de su elección, sino con una determinación fría y calculadora. Si Arkhan sentía incluso el más mínimo resquicio de emoción ante la consecución de aquel ancestral objetivo, no se daba cuenta de ello.

Las últimas palabras del Señor de los Nigromantes ocupaban a menudo los pensamientos de Arkhan. Kemmler había afirmado llevar a cabo sus traicioneras acciones a instancias de los Dioses del Caos. En su momento, Arkhan había desechado aquellas palabras como los alardes de un fanfarrón victorioso. No había creído que los Dioses Oscuros desearan intervenir de forma tan directa para evitar el retorno de Nagash. Pero habían intervenido, y no sólo a través de Kemmler. El tramo final del viaje de regreso de Arkhan al Castillo Sternieste lo había llevado a través del Gran Bosque, y le había parecido que todas y cada una de las bestias tocadas por el Caos se habían visto atraídas a su camino. Un individuo menor que Arkhan se habría equivocado pensando que las criaturas simplemente habían sido atraídas por el poder de Alakanash, pero el liche no se había engañado. Una inteligencia siniestra había guiado a los Hombres Bestia a la hora de seguir su rastro. Arkhan había visto a la criatura, sólo una vez, durante una batalla salpicada por la lluvia en la Carretera de Lieske. Mientras los Hombres Bestia huían una vez más de forma desordenada, el liche había vislumbrado a un chamán alado muy al fondo del rebaño, rugiendo en un lenguaje tosco a medida que intentaba frenar la retirada.

En vista de aquello, Arkhan consideró algunos de los infortunios que habían seguido sus pasos, y los de sus aliados, en décadas recientes. El liche se había pasado largos años puliendo a Mallobaude para convertirlo en un peón digno con el que doblegar Bretonia a su voluntad. Arkhan había otorgado poder y riquezas al príncipe bastardo, e incluso había dispuesto que recibiese el beso de sangre de los vampiros. Mas cuando la rebelión estaba a punto de comenzar, el baluarte de Mallobaude en Mousillon había sido asediado por demonios. Aunque los sirvientes de los Dioses del Caos habían terminado arrasando buena parte de Bretonia, la devastación de Mousillon había retrasado los planes de Mallobaude - y por lo tanto los de Arkhan - casi un año.

Igualmente, Arkhan se preguntaba cómo habría adquirido Balthasar Gelt el conocimiento para forjar su muro de fe. El liche reconocía que el Patriarca Supremo poseía una mente brillante - al menos, para los estándares menores de los mortales - pero Sylvania había sido durante mucho tiempo una piedra en el zapato del Imperio, y contenerla de aquella forma justo ahora suponía una temporización demasiado conveniente. ¿Era Gelt también un agente del Caos? Arkhan deshechó la ocurrencia por absurda - ningún sirviente de los Dioses Oscuros podría haber dominado el poder de Sigmar como él había hecho - pero aquello no significaba que no fuera un peón inconsciente. ¿Y qué decir del Pináculo de Plata, lugar de residencia de la tercera y última sirvienta de Nagash que había sobrevivido al paso de los siglos? Aquella también había sido asaltada por demonios - quizás incluso había caído ante ellos, por lo que Arkhan sabía. De hecho, si Krell había sido destruido por los elfos de Athel Loren - una eventualidad que el liche consideraba posible - entonces Arkhan el Negro sería entonces el último de los Nueve Señores Oscuros que todavía caminaba por el mundo mortal.

¿Tanto temían a Nagash los Dioses del Caos que estaban actuando para impedir su retorno? La idea resultaba poco probable, pero si algo no era Arkhan, era una criatura de imaginación extravagante y fantasiosa. Considerando los sucesos recientes, algo así no era sólo posible, sino probable. De todas formas, el liche decidió no contar nada de esto a Mannfred von Carstein. En el mejor de los casos, el vampiro asumiría que Arkhan había sido consumido por la paranoia; en el peor, el Señor de Sylvania se tragaría el cuento de manera tan absoluta que abandonaría su estrategia actual y buscaría otras formas de obtener poder. Después de todo, los vampiros eran depredadores, y no reaccionaban nada bien cuando se convertían en la presa de seres más poderosos que ellos.

Por su parte, Mannfred ya se sentía disgustado con su aliado, y con buenos motivos; el encantamiento apostático estaba fallando. Las garantías de Arkhan sobre el hecho de que perder a uno de los Nueve tendría un efecto insignificante habían resultado falsas. Cada día que pasaba, el hechizo se debilitaba, sus oscuras energías mágicas se disipaban, y nada podía hacer Mannfred para revertirlo. Pasarían días, quizás semanas, antes de que el encantamiento se desmoronase por completo pero, cuando lo hiciera, la Iglesia de Sigmar estaría preparada. Cazadores de brujas, lunáticos entusiastas y sacerdotes armados con antorchas merodearían por Sylvania una vez más. Mientras tanto, el muro de fe de Gelt se mantenía tan impenetrable como siempre, sin mostrar señal alguna de estarse debilitando.

Cuando Mannfred había interrogado al liche, este había negado conocimiento alguno sobre el fracaso del encantamiento, y había proclamado que el retorno de Nagash haría que tales cosas fueran innecesarias. Mannfred sabía la verdad. Arkhan siempre había sabido que aquello sucedería, y no había hecho nada para impedirlo. Sin duda, el liche pensaba que forzaría al vampiro a adoptar un compromiso firme respecto de la misión que tenían entre manos y, por mucho que el Señor de Sylvania odiara admitirlo, las suposiciones de Arkhan resultaban bastante acertadas. Había contemplado los presagios, y en la ruina de los Reinos Fronterizos había presenciado las primeras consecuencias. El mundo estaba cambiando, eso estaba claro, y si Mannfred deseaba garantizar que Sylvania continuara siendo importante en tiempos venideros, tendría que continuar con el plan. Sin embargo, no renunciaría al gobierno de su reino; no ante Nagash, y menos aún ante el liche que parecía determinado a tomar al Señor de Sylvania por un necio. Era hora de recordar a Arkhan quién era el auténtico maestro de los no muertos, y el ataque al Fortín de Heldenhame resultaba una oportunidad idónea.

Desde las almenas de la torre más alta del Castillo Sternieste, Mannfred proyectó su voz y su voluntad sobre los vientos, convocando a todas y cada una de las impías criaturas que le debían lealtad. Monstruosidades con alas de murciélago emergieron de cuevas mohosas, y los necrófagos salieron a hurtadillas de los fosos de huesos respondiendo a su llamada. Espíritus de corazón gélido sintieron el tacto de la mente de Mannfred y abandonaron sus guaridas, incapaces de resistirse a la voluntad de su amo. Un día entero había pasado cuando llegó la medianoche, y así, un poderoso ejército marchó hacia el norte desde el Castillo Sternieste. Mannfred y Arkhan viajaban en cabeza, el uno hirviendo de ira por el engaño del liche, el otro divirtiéndose en silencio por la exhibición de poderío desatado del vampiro. Necesitarían tal poder si pretendían salir victoriosos del Fortín de Heldenhame.

La Caída de Heldenhame
Prefacio | Contendientes | Batalla | Nueva Batalla

Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.
El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.