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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

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No Muertos alzándose a lo largo del mundo

Aunque Arkhan el Negro no se lo había mencionado a Mannfred, la resurrección de Nagash no había sido más que el primer paso de un camino largo y peligroso. Desde más allá del velo de la muerte, el Gran Nigromante había previsto el creciente poder del Caos, había predicho la anarquía que ello desataría y había fijado su mente en el objetivo de desbaratarlo. Toda la existencia de Nagash había supuesto una misión para imponer el orden seco y predecible sobre el mundo, y no habría de soportar interferencia alguna, ni siquiera por parte de los mismísimos dioses; no se había afanado durante todos aquellos largos milenios sólo para contemplar su legítimo reino corrompido por sus siempre cambiantes caprichos. Así había Nagash ordenado a Arkhan llevar a cabo su resurrección muchos siglos antes de lo inicialmente pretendido, y también había encargado al liche reunir artefactos que permitirían realizar una obra mucho mayor.

Durante miles de años, el Gran Vórtice de Ulthuan había absorbido los Vientos de la Magia del mundo, disminuyendo el poder del Caos y las hechicerías que de él dependían. Ahora Nagash trató de liberar Shyish, el Viento de la Muerte, del abrazo del Gran Vórtice para atárselo a sí mismo. Se convertiría en la magia hecha forma, un avatar de la muerte lo suficientemente poderoso como para desafiar a los Dioses del Caos y romper para siempre su influencia sobre el mundo.

Alrededor del círculo, los Libros de Nagash se abrieron súbitamente de par en par. Arkhan apenas había utilizado su poder durante el ritual de resurrección, pero ahora los tomos rebosaban de actividad. Páginas de piel entintadas con sangre pasaban a toda velocidad mientras Nagash reclamaba la magia con la que había imbuido a los volúmenes tanto tiempo atrás. Antiguos espíritus chillaban a medida que eran liberados de las que durante eones habían sido sus prisiones. Se arremolinaban en torno al Gran Nigromante, cometas fantasmagóricos orbitando alrededor de una gran oscuridad, mas incapaces de resistirse a la voluntad implacable que los ataba. Uno a uno, Nagash atrajo hacia sí a aquellos desesperados espíritus, aspirándolos con un pellizco de sus dedos, y devorando su esencia. Nagash levantó sus manos hacia las alturas y un pilar de oscuridad atravesó los cielos. Los últimos espíritus fueron arrastrados y arrojados al torbellino de nubes de tormenta. Mientras los relámpagos resquebrajaban los cielos, el Gran Nigromante pronunció las últimas palabras de poder, alcanzó el corazón del Gran Vórtice con su magia y arrancó su premio.

El mundo se convulsionó como respuesta. En Ulthuan, las Montañas Annulii temblaron, los monolitos resplandecieron súbitamente y los mares alrededor de la Isla de los Muertos se volvieron negros. En Naggaroth, llamas púrpuras se abrieron paso en altares secretos a Ereth Khial, y una ciudad fantasmagórica surgió entre aullidos sobre las ruinas de Har Kaldra. Enjambres de escarabajos khepra asolaron los templos de Nehekhara, y monumentos ancestrales que habían dominado el desierto durante milenios se hundieron bajo las arenas. Settra el Imperecedero despotricó contra sus sacerdotes, exigiendo una explicación que ninguno de ellos pudo ofrecer. En Altdorf reinó el pánico cuando el Colegio Amatista se derrumbó convirtiéndose en polvo, y los vestigios espectrales de magos muertos hacía largo tiempo caminaron de nuevo por las calles. En las profundidades bajo Karak-Azul, runas ancestrales brillaron de manera efímera a modo de advertencia, y entonces volvieron a la oscuridad. Y en todo reino bajo el sol y las estrellas, en cualquier lugar donde los vivos hubieran respirado por última vez, los muertos se alzaron.

De antiguos túmulos, fosas de enterramiento y tumbas poco profundas regresaron los muertos, arrastrándose de camino a la superficie con dedos devorados por los gusanos; descerebrados salvo por la compulsión que los había despertado. Ninguna voluntad los controlaba, no de momento, pues todo el esfuerzo de Nagash se centraba en controlar la magia de la que se había apoderado. El Gran Nigromante no les prestaba atención, pero pronto integrarían sus ejércitos. O al menos, aquel había sido el plan.

Si el renacimiento de Nagash hubiera sido perfecto, su gran obra podría haber tenido éxito. No obstante, para desconocimiento de ambos, Arkhan y Mannfred habían errado. El ritual de resurrección exigía sangre divina, y sangre divina había suministrado Arkhan. Volkmar había sido un descendiente de Sigmar Heldenhammer de los Unberógenos; el Hada Hechicera Morgana, una hija de Ladrielle, la Dama del Lago. Lo más importante de todo, sin embargo, había sido la sangre de Aliathra, Niña Eterna de Ulthuan. Nacida de la unión entre la Reina Eterna Alarielle y Finubar el Rey Fénix, los legados de Isha y Asuryan habían corrido por sus venas... salvo por el hecho de que Finubar no era su auténtico padre.

Conde vampiro dibujo

Conde Vampiro

Todo el mundo en Ulthuan conocía los lazos que habían unido a Alarielle y al Príncipe Tyrion desde las sangrientas batallas de la Llanura Finuval. No obstante, tan sólo unos pocos sabían de sus secretos y tórridos encuentros muchos años antes, en los días en que el matrimonio de estado entre la Reina Eterna y el Rey Fénix todavía se mantenía de facto. Así pues Aliathra no era lo que muchos - incluyendo a Mannfred y Arkhan - creían que era. No era la Niña Eterna, sino una mera bastarda del linaje de Aenarion. Su sangre no poseía traza alguna de la bendición divina de Asuryan, sino que cargaba con la pesada carga de la maldición de Aenarion. Aquella maldición fluía ahora como veneno por el cuerpo de Nagash, minando sus fuerzas y difuminando su voluntad.

Nota: Leer antes de continuar - Un Plan Despiadado

Arkhan y Mannfred contemplaron, impotentes, cómo el Gran Nigromante se tambaleaba bajo el peso de la magia. Arkhan aguardó obedientemente instrucciones que no llegaron. Por el contrario, Mannfred habría sentido un placer malicioso por los apuros de Nagash, de no ser porque su propia existencia se veía entonces en peligro. Mas ninguno pudo ofrecer auxilio alguno, pues los poderes en juego eran demasiado grandes para que los pudieran controlar.

En los cielos sobre ellos, la columna de oscuridad comenzó a disiparse, y jirones de magia de muerte fueron arrancados por los vientos y desperdigados por entre las tierras circundantes. Al principio, Nagash se negó a rendirse - su monstruoso orgullo no lo permitiría. Incluso mientras su fuerza disminuía, se enfrentó a una magia cada vez más turbia, tratando de someterla a su voluntad. Pero no era aquel su destino. A regañadientes, se dio cuenta de que su cuerpo, poderoso como era más allá de la comprensión de los mortales, no podía contener el poder que había hurtado. Habría que encontrar otro recipiente, uno que pudiese acaparar la magia de muerte hasta que su forma mortal estuviese lista.

Con un potente golpe, Nagash clavó profundamente a Alakanash en el suelo bajo sus pies. De forma instantánea, la magia fue liberada, fluyendo a través del báculo y hacia las rocas bajo él.

La tierra alrededor de los Nueve Demonios se resquebrajó y desmoronó, quedando el círculo de piedra aislado sobre un elevado pilar de roca. A medida que los temblores se extendían, se formaron numerosos barrancos dentados por entre aquella tierra marchita, cayendo los recién reanimados cuerpos de los elfos de Tiranoc e Yvresse hacia la oscuridad. En muchas leguas a la redonda, el suelo retumbó y se partió. A muchas millas de distancia, los muros del Castillo Sternieste se derrumbaron en una avalancha de piedra a medida que sus cimientos se hacían pedazos. Por toda Sylvania, bloques de piedra del tamaño de pueblos enteros se desvanecieron sin dejar rastro, engullidos por una tierra hambrienta. Con una estridencia ensordecedora y un resplandor cromático, el Muro de Fe de Gelt, el encantamiento que había contenido a la totalidad de Sylvania, se resquebrajó en diez mil fragmentos para no recuperarse jamás.

La magia surgió por entre las grietas para rellenar los cañones recién excavados. En algunos casos burbujeó y fluyó como el agua, en otros se contorsionó y retorció como el humo en la brisa. Espíritus aullantes, muertos de generaciones incontables, fueron barridos por las corrientes arcanas mientras agitaban sus garras en el aire tratando de liberarse. Ocasionalmente, uno encontraba un asidero entre las rocas, sólo para ser arrastrado de vuelta por los esfuerzos de sus desesperados compañeros. Pronto los Nueve Demonios se convirtieron en una isla de piedra en medio de un mar de magia resplandeciente. Sylvania era ahora, más que nunca, una tierra de los muertos. Pues si la magia de muerte una vez había fluido hacia Ulthuan y el Gran Vórtice, ahora fluiría hacia Sylvania.

Nagash liderando a los no muertos

Nagash en el mundo mortal de nuevo

Nagash contemplaba aquel paisaje de pesadilla, resultando imposible adivinar sus pensamientos. Por un instante, durante la culminación del ritual, el Gran Nigromante había probado la divinidad que tanto había buscado, pero aquella memoria menguaba con cada segundo que pasaba. Podía sentir las hordas de no muertos tambaleándose inconscientes por el mundo, pero no podía ejercer su voluntad sobre ellas. No constituían un ejército esperando su majestuoso mando, sino una turba carente de liderazgo que respondería a cualquier voluntad lo suficientemente fuerte como para reclamarlos.

No se podía lanzar una guerra contra los Dioses del Caos, aún no. Aquello era un mero contratiempo, nada más. El poder de la muerte era ahora uno con las tierras de Sylvania, y el Gran Nigromante se lo había ceñido de tal manera que ningún otro podría reclamarlo. Nagash regresaría a su hogar ancestral, la Pirámide Negra de Nehekhara. En el interior de sus muros, purgaría la maldición de sus huesos, y recuperaría su debilitado espíritu como tantas veces había hecho anteriormente. No sería aquel un viaje sencillo debido a la ancestral enemistad entre Nagash y Settra, el Gran Rey de Nehekhara. La guerra sería la única salida, y el Gran Nigromante sabía que no sería rival para el Khemrikhara. Además, llevar a cabo un plan semejante necesitaría tiempo, y las fuerzas del Caos presionaban ya las fronteras septentrionales del Viejo Mundo. Para el dios que Nagash había sido tan brevemente, tales desafíos resultaban insignificantes, pero ahora necesitaría ayuda. O más exactamente, necesitaría sirvientes. En los días antiguos, Nagash había sido secundado por los Nueve Señores Oscuros, los más poderosos y fidedignos de sus lacayos. Ahora había llegado el momento de reforjar de nuevo aquella comunidad impía y crear a los Mortarcas.

Tan sólo tres de los nueve originales caminaban aún por el mundo de los vivos. Arkhan serviría como siempre lo había hecho - no sabía hacer otra cosa. Neferata, Señora del Pináculo de Plata, odiaba a Nagash, pero lo temía más; ella también obedecería sin rechistar. El señor tumulario Krell era el tercer superviviente y, al igual que Arkhan, su lealtad resultaba inquebrantable, pese a su ancestral vasallaje para con los Dioses del Caos.

La voz de Nagash retumbó como un eco en los vientos de la magia, susurrando en las mentes de aquellos que habían abrazado sus enseñanzas nigrománticas. Algunos habían trabajado conscientemente para su causa por muchos siglos, a otros se les había permitido mantener una ilusión de independencia hasta aquel momento. Pocos oyeron la llamada de Nagash mediante palabras, pero todos reconocieron su convocatoria. No todos, sin embargo, estuvieron dispuestos a escuchar. Zakarías el Eterno aulló por última vez cuando Nagash abrasó su cerebro por osar considerarse el igual del Gran Nigromante. Dietrich von Dohl, el Señor Carmesí de Sylvania y único rival real de Mannfred en aquella tierra, erró al tomarse la libertad de efectuar demandas ante Nagash, y se marchitó en una pila de polvo cadavérico cuando el Gran Nigromante quebró la magia que lo sostenía. El Gran Nigromante no toleraría desafío ni rechazo.

Aquellos que aceptaron lo hicieron por sus propios motivos, y sintieron cómo sus poderes se redoblaban a medida que Nagash les concedía una porción de la magia que había concentrado en los cimientos de Sylvania. Mannfred von Carstein se comprometió con la causa pues no veía ninguna otra manera de reclamar algo de valor de las cenizas de sus propias intrigas, y como recompensa le fue concedido un horror abismal invocado de las profundidades del inframundo Nehekharano.

Luthor Harkon, Rey Pirata de la Costa del Vampiro, aceptó más por aburrimiento que por cualquier otra motivación. Dieter Helsnicht, el autoproclamado Señor de la Muerte de Middenheim, se unió a Nagash por la oportunidad de aprender nigromancia de nada más y nada menos que su creador. Walach Harkon, primero de los Dragones Sangrientos, avistó una oportunidad de gloriosa batalla y la tomó sin vacilar. En lo profundo de las Montañas Grises acechaba el espíritu de un gran encantador del pasado. Era esta una criatura de gran poder, mas su mente había sido quebrada por una derrota reciente, y juró su servicio con la condición de que el Gran Nigromante le ayudase a restaurar su memoria, y así dejar de ser el Sin Nombre.

Tan sólo uno de los nueve fue reclutado de más allá del velo de la auténtica muerte. Nagash sabía que iba a necesitar un emisario competente en el norte si pretendía mantener a raya a las fuerzas del Caos. Quizás Mannfred podría haber desempeñado esta tarea, de haber sido considerado enteramente digno de confianza, pero Nagash buscó a otro von Carstein para encargarse en su lugar. Así el Gran Nigromante trajo a Vlad von Carstein de vuelta a la existencia. Se conocían desde hacía mucho, y Vlad ni confiaba ni temía a Nagash. Mas sin embargo accedió a servirle, pues el Gran Nigromante era capaz de devolverle a Vlad lo único que este no podía recuperar - la vida de su amada muerta, Isabella. Así fue sellado el pacto, y los nueve Mortarcas estuvieron completos. Ninguno de ellos conservaba su naturaleza exacta de antaño, pues ya habían sido irrevocablemente alterados por el poder de Nagash.

Siguiendo las instrucciones de Nagash, Vlad marchó hacia el norte. Su misión era oponerse a las hordas del Caos que se desparramaban sobre la frontera desde la asolada Kislev. Viajó en soledad al principio, mas un ejército fue creciendo rápidamente a su alrededor a medida que los ciudadanos de Sylvania reconocían que su único y verdadero amo había regresado. La tarea a la que Vlad se enfrentaba era sin duda pesada, pero no tendría que afrontarla sólo. Walach Harkon y los Caballeros de la Torre Sangrienta se encontraban ya en movimiento, y el Sin Nombre pronto seguiría sus pasos.

Mientras tres de los nueve marchaban hacia el norte, los otros convergieron en Nehekhara. Durante la etapa inicial del viaje, únicamente Arkhan y Mannfred se encontraban al lado de Nagash pero, a medida que se fueran aproximando a su destino, sus fuerzas crecerían con prontitud. Neferata y Krell se encontraban muchos días de marcha al este pero, si todo iba bien, alcanzarían a su maestro antes de que comenzara la conquista de Nehekhara. Helsnicht viajaba ya hacia el sur sobre un corcel con alas de murciélago, y las flotas lustrianas de Harkon habían levado anclas.

Lejos al sur, los sacerdotes de Settra transmitieron noticias sobre una gran oscuridad que se cernía sobre Khemri. El Gran Rey escuchó las nuevas con una mezcla de expectación y miedo. Settra se había enfrentado muchas veces a Nagash, e incluso cuando aquellas batallas habían terminado de manera favorable para el Khemrikhara, el coste había sido alto. Convocando a sus generales, Settra el Imperecedero, Gran Rey de Khemri, ordenó despertar a los guardianes de los templos y preparar a sus legiones para la batalla.

La última guerra por Nehekhara se acercaba.

Nota: Leer antes de continuar - La Ambición de Mannfred

Capítulo 2: El Ritual
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Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.
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