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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Hermanos glottkin

Los hermanos Glott

El Palacio Imperial estaba casi cubierto de vegetación demoníaca. Gordas lianas de pelo blanco latían a través de los jardines ornamentales que brillaban con el gris rosáceo de un cerebro abierto. Apenas un metro cuadrado de piedra del palacio se mantenía libre de las algas o mohos. Considerando todo, era muy del agrado de los Glott.

"Así tal cual", el señor de la guerra voceó a su hermano Etrac, "este lugar será una letrina muy bonita".

Etrac rió, y por una vez, no había rastro de sarcasmo o amargura contaminando el sonido. Ghurk gorgoteó cerca felizmente, matando distraídamente un atrapamoscas gigante que se había enrollado alrededor de una estatua de Sigmar. En las calles más alejadas, un marchito chamán del rebaño lideró una partida de guerra de hombres bestia hacia el palacio.

De repente hubo un golpe de aire desplazado por encima, y el sonido de una voz tan alta y clara que sólo podía haber venido de un rey entre ellos.

"Suficiente", dijo el Emperador Karl Franz, con su majestuoso grifo posicionándose elevado en la cúpula del jardín ornamental sobrecrecido en locura. "Esto es suficiente".

Otro grifo gritó mientras daba vueltas como un halcón por encima de sus cabezas. Otto estiró el cuello para ver que la cosa híbrida dando vueltas por encima de él tenía dos cabezas. Un chamán barbudo los miraba montado sobre su grupa. Debajo de él, no muertos blindados llenaban las calles, con un vampiro anciano de pie con sus brazos cruzados en sus primeras filas.

"Este es nuestro dominio, no el vuestro", continuó Karl Franz. "Regresar al norte, deshacer la inmunda magia que habéis forjado, y os dejaremos vivir".

"El lugar está un poco desordenado, ¿no es así?" gritó Otto, haciendo un gesto a sus guerreros hacia adelante. "¿Estás seguro de que tu y tu amante peludo allí arriba todavía lo queréis?"

"Marcharos, u os mataré a todos", dijo Karl Franz, con frialdad.

"Eres bienvenido a intentarlo, pequeño príncipe", se rió entre dientes Otto, levantando su guadaña y escupiendo en su hoja.

"Que así sea", dijo Karl Franz. La espada rúnica de su puño brillaba, con un halo de luz de oro parpadeante alrededor de su punta. En los cielos, el cometa de dos colas era un segundo sol ardiente que amenazaba con quemar el mundo. Otto estaba seguro de que la mirada de los dioses estaba sobre él.

"¡Ven a luchar, entonces!" gritó Otto, instando a la vanguardia de blindados asesinos hacia adelante. Los invasores atacaron hacia Karl Franz y su compañero hechicero. Los primeros murieron en las garras de los grifos antes de la batalla se tornara en serio.

Los trillizos se dirigían hacia la pelea cuando Otto recibió un puñetazo en la cara que lo golpeó con tanta fuerza que separó su casco abriéndolo y cayendo calle abajo. Los murciélagos se congregaron en torno al vampiro que había visto en las calles, ahora a sólo unos pocos pies de distancia en el tejado inclinado de la armería de palacio. Ghurk gruñó, con ganas de poder enfrentarse con el Emperador y su corcel alado, pero Otto ordenó a sus hermanos que esperasen con una mano firme. Éste era su desafío de combate.

"Vas a pagar por ese truco con la guadaña, gordo monstruoso", dijo Vlad, con sus nobles rasgos torcidos. "La Lahmia no era Isabella, cierto. Pero era suficientemente útil".

"¡Pero ella estaba muerta!" protestó Otto, con sorpresa y disgusto mezclados a partes iguales cuando salió al tejado de la armería. "Fría como el sepulcro, y sin ningún gusano que mostrar".

"Así soy yo también, desde hace mucho tiempo atrás", dijo el von Carstein, extrayendo una cuchilla de acero brillante de su vaina enjoyada con incrustaciones. "Vamos a ello, así que eres tú, quienquiera que seas".

El vampiro entró bajo, lanzándose como una serpiente. Otto se apartó justo a tiempo para detener la espada tomando su mano por la muñeca. Rasgó con su guadaña en círculo, pero el vampiro se movió riendo fuera de su alcance.

"¡Ja! ¿Estás luchando el duelo con una guadaña? ¿En serio?"

"En serio", dijo Otto, golpeando hacia adelante con la punta roma de su arma con la esperanza de atrapar a Vlad con la guardia baja. No funcionó. El vampiro saltó directamente hacia arriba, puso una bota blindada en el plano de la guadaña y bajó con fuerza, rompiendo la punta de la hoja y atrapando su curva contra el suelo. Otto niveló el puñetazo de un alborotador a la cara del vampiro. El von Carstein atrapó el puño del señor de la guerra en la palma de su mano y lo retorció, dando la vuelta para que el brazo de Otto fuese forzado por detrás de su espalda. Hubo un crujido sordo, y dos palmos de rubicundo acero estallaron en el pecho de Otto.

"Eso fue... bastante bueno", gorgoteó Otto, con sangre derramándose de sus labios. Se sentía como si algo tirara del corazón de Otto, que absorbía. Que lo bebía, incluso.

"No... no hay colmillos, ¿eh?" murmuraba Otto, sonriendo rojizo. "Muy... civilizado..."

"Gracias, mi gordo amigo", dijo Vlad, aunque bajo su estudiada indiferencia había una extraña nota de tensión.

Otto sentía sacudirse la espada del vampiro, para después convulsionar. La hoja roja cayó del pecho de Otto, y se volvió a ver las manos de Vlad volar hacia su garganta. Con ojos abultados, el vampiro se atragantó, angustiado, y vomitó una gran fuente de apestosa y coagulada sangre derramándola sobre el techo de la armería.

"Me rompiste la guadaña, acariciador de cadáveres", dijo Otto con tristeza. "No era la fantástica espada bebedora, es cierto. Pero muy útil y agradable a la vista. A los Norses nos gustan algunas curvas".

El señor de la guerra levantó el arma de punta rota en alto y blandió su hoja hacia abajo con fuerza hacia el cuello del vampiro que vomitaba. Una fracción de segundo antes del impacto, el anillo de rubí en la mano del arma del vampiro destelló blanco, y la guadaña de Otto cortó a través de nada más que una nube de murciélagos que revoloteaban hacia el este en la noche.

"¡Mi nombre es Otto Glott, por cierto!" gritó el señor de la guerra, agitando alegremente la mano hacia el enjambre en retirada. Se puso al hombro su guadaña, mirando hacia abajo a las calles con un gesto de desaprobación. Los cadáveres animados que infestaban la calle, despojados de guía se habían detenido. "Ningún poder mantiene a los muertos", murmuró Otto para sí mismo.

Silbando una melodía de cosecha, el señor de la guerra metió un trapo sucio en su herida del pecho y saltó de nuevo sobre los hombros de Ghurk, guiándolo hacia las puertas del palacio imperial y hacia el emperador que había nacido para matar.

Dioses y Monstruos
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Fuentes Editar

  • The End Times II - Glottkin.
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