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Vampiro Necrarca 5ª

Imagen ilustrativa

Hertov se sacudió el sopor del cuerpo. Durante los últimas noches, sus sueños le habían brindado muy poco reposo, pues estaba invadido por la terrible visión de una figura oscura que lo perseguía. Fue el sonido de los cristales rotos lo que lo despertó: unas manos cubiertas de mugre pasaron a través de la ventana rota tratando de asirle. Con un sonoro crujido, la puerta de su pequeña cabaña en el bosque se abrió. Cuando se giro para enfrentarse al horror que había invadido su hogar, su mirada topó con las cuencas vacías de un cadáver que lo miraba con voracidad. Lentamente, el Zombi dio un paso hacia él y sus brazos descompuestos le atraparon en un tierno abrazo. Hertov supo que estaba mirando a los ojos de la muerte.

Los gritos de los últimos habitantes del pueblo cortaron el frío aire nocturno a través de la pesada cortina de niebla que ascendía del suelo. El Señor de los Necrarcas permanecía de pie sobre los escalones de la pequeña iglesia del pueblo. Era capaz de ver a los muertos que yacían enterrados en sus tumbas como si la tierra que los cubría no existiera. Mientras susurraba su conjuro impío, cada uno de los espíritus enterrados bajo el frío suelo le respondían. Le pedían que les liberara de la fría tenaza de la muerte, que les devolviera al cálido mundo de los vivos. El primero de los aldeanos muertos aquella noche ya se acercaba, tambaleante, hacia él para unírsele. Los Zombis se veían obligados a obedecer su implacable voluntad. Pronto se unirían a él los espíritus y los esqueletos de los guerreros que iba a levantar del cementerio.

Sethep dejó que una sonrisa extraña y amenazante cruzara su cara chupada. Frente a él tenía varias generaciones de familias a la espera de sus órdenes. Los parientes separados hacía mucho tiempo por la muerte se reunían ahora en la No Muerte. Los niños del pueblo, ahora como Zombis, aguardaban serenamente junto a los cadáveres putrefactos de sus abuelos y todos ellos estaban preparados para servir a su nuevo amo en sus oscuros designios.

- Venid, sirvientes míos. Uníos a nosotros. Juntos extinguiremos la llama de la vida. Ahora marcharemos hacia Essen.

La legión no muerta se movió como un solo hombre y avanzó por el polvoriento camino rumbo al pueblo. Con sus filas engrosadas por los cuerpos de los aldeanos muertos, Sethep estaba seguro que ningún mortal podría resistir ante su espeluznante ejército.

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