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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Ungrim Puñohierro por Tze Kun Chin

Ungrim Puñohierro, Rey Matador

Ungrim Puñohierro estaba enfadado. En verdad, siempre estaba enojado, pero un asedio de un año había convertido su temperamento en furia fría. La visión de skavens caminando abiertamente sobre el Paso de los Picos era suficiente para hacer que el rey matador estuviera lívido. Tener una horda entera de alimañas lo suficientemente audaz como para atreverse a acampar a la vista de Karak-Kadrin era insoportable. Había pedido que una fuerza móvil hiciera una salida en menos de una hora.

Ahora, caminando a la cabeza de sus ejércitos reunidos apresuradamente, Ungrim Puñohierro se preparaba para desahogar su rabia. Los enanos marcharon incesantemente, silenciosos y sombríos. No había ruido salvo los vientos racheados y el ritmo constante del golpeteo de las botas de hierro. Los enanos ya habían cubierto casi la mitad de la distancia entre ellos y sus enemigos ancestrales. El campamento skaven era ahora una guarida de actividad frenética. Las destartaladas torres de andamios rodeaban una estructura más grande de vigas de madera y engranajes. Muchos esclavos y trabajadores se escabullían de un lado a otro, levantando vigas de apoyo, transportando troncos talados o montando otros niveles de las torres de andamios. Extrañas cubas y condensadores cercanos lanzaban extraños vapores de colores que rápidamente se dispersaban sobre los vientos que se arremolinaban. Una línea patéticamente delgada de ratas de clan que llevaban totems extraños se dispuso ante las construcciones.

Líneas de ratas gigantes y ratas de clan comenzaron a salir de los túneles a lo largo de los lados del paso. Corrían a reforzar la posición ante las estructuras desvencijadas. Muchos de los enanos estaban realmente aliviados al ver más skaven y sus bestias aparecer. No temían batalla abierta, sino las trampas de los hombres rata. Todos anhelaban golpear a sus enemigos, para expulsarlos de Karak-Kadrin.

Azotados y empujados, los enjambres de ratas gigantes se movían rápidamente. Esta marea de alimañas había crecido hasta llenar el ancho paso, una corriente viva que corría para encontrarse con los enanos. Ahora las baterías de cañones escondidas a lo largo de los acantilados y las laderas de las montañas no guardaron silencio. Sus andadas iniciales rugieron, con lenguas de fuego revelando brevemente sus muchos lugares ocultos. En esos espacios estrechos, los enanos trabajaban y sudaban sobre sus máquinas de guerra, cargando, apuntando, disparando y volviendo a cargar. Mirando hacia abajo al paso desde su gran altura, parecía un río marrón que fluía hacia arriba. Las balas de cañón abrieron surcos en las hordas que se aproximaban, haciendo que el flujo retrocediera cuando la primera ola de hombres rata huyó y se alejó. En respuesta, los equipos de fusil largo skaven se abrieron camino hacia arriba entre las pilas de rocas, enviando rápidamente fuego jezzail zumbando y parpadeando entre las piedras.
Bateria del mirador ungrim desastre en karak kadrin

Ungrim y las Baterías del Mirador

Tres veces una nueva masa skaven ganó impulso y avanzó adelante, y tres veces aplastada de vuelta. En este punto, la horda de hombres rata ya no estaba compuesta estrictamente de la clase de cuatro patas, sino de una mezcla de grupos de guerra de ratas gigantes, ratas de clan y alimañas. En la cuarta oleada, la línea skaven absorbió la potencia de fuego que se lanzaba sobre ellos, y continuaron avanzando. Fue aquella muralla de alimañas la que golpeó la línea enana que avanzaba.

Los enanos ya no guardaban silencio, sino que se unieron a su rey en su letanía de batalla. Cantando en Khazalid - el áspero lenguaje gutural de los enanos - era una feroz canción de odio y venganza. Cada verso estaba marcado por los ruidosos choques del metal y el golpeteo carnoso de las hachas hundiéndose en la carne de rata. Fue demasiado para los skaven, y sólo la fluidez de sus pies corriendo permitió a algunos de ellos escapar de esa terrible matanza. Los enanos presionaron adelante, acercándose a las estructuras medio construidas.

La siguiente ola de skavens ya se había reunido. A pesar de los bombardeos desde arriba, no vacilaron y avanzaron. Su Señor de la Guerra, Rikcruk Espada Tajadora, no había subido a lo más alto del Clan Rictus por accidente. Era un líder feroz, y era su fuerza de voluntad la que empujaba sus garras de guerreros hacia delante - ya que le temían más que a cualquier enemigo. El Clan Rictus había prosperado en las mortales Tierras Oscuras, creciendo en tamaño y poder hasta rivalizar con el Clan Mors como uno de los Clanes Guerreros más destacados. Rikcruk sabía que Ikit Claw y sus ingenieros del Clan Skryre tenían poca fe en su capacidad para detener a los enanos, pero al ambicioso señor de la guerra no se le negaría su oportunidad de alcanzar la grandeza.

De pie y emitiendo órdenes estridentes desde lo alto de su palanquín de guerra, Rikcruk Espada Tajadora estaba bien posicionado. Al principio, estaba al frente de la carga, pero para cuando los skaven chocaron con los enanos, había vuelto sutilmente a las filas intermedias. Llevado por sus esclavos, el señor de la guerra parecía flotar encima de un mar de alimañas de armadura negra. Ellas eran el orgullo del Clan Rictus, y pasaron por encima de sus parientes heridos y huyendo en su ansia para unirse a la batalla. El impacto de su colisión con los enanos detuvo el avance del enemigo, y los dos ejércitos empujaron para iniciar una batalla de desgaste.

Lentamente e inexorablemente, los enanos empujaron atrás a las multitudes que los asaltaban. En algunos casos, esto se debía al poder blindado de los enanos - un alzamiento masivo de escudos rojos de los guerreros del Clan Barbadraco o el gromril casi impenetrable de los Rompehierros de Bar Dawazbak. Sin embargo, en su mayoría, fueron los furiosos hachazos de los grupos de matadores. A diferencia de sus hermanos blindados, los matadores pagaban un alto precio por cada paso que avanzaban. Detrás de ellos, dejaban un rastro de enanos muertos o moribundos.

Desgarrado por deberes y juramentos contradictorios, y enfurecido por su incapacidad de romper completamente el cerco que cercaba a su pueblo, Ungrim Puñohierro encontró consuelo en una sola cosa. En la prensa y el estrépito del combate, Ungrim sólo sentía la alegría de la batalla y el calor de la muerte de su odiado enemigo - y nadie repartió más castigo que el Rey Matador. Haciendo girar el Hacha de Dargo en arcos, Ungrim abrió él solo un camino de sangrienta ruina contra el enemigo. Con un poderoso golpe, el rey rompió en pedazos el palaquín de tablones del señor de la guerra skaven, esparciendo a su guardia. Con su siguiente golpe Ungrim cortó a Rikcruk Espada Tajadora en dos. Despojados de su líder, las alimañas del Clan Rictus salieron corriendo.

Esto era lo que Ikit Claw esperaba de los Clanes Guerreros. Afortunadamente, la siguiente línea de atacantes había sido preparada. Empujados y azotados por los señores de las bestias, los grupos de bestias del Clan Moulder habían sido expulsados ​​de los túneles más profundos hacia el Paso de los Picos. Fueron colocados en posición justo en frente de la zona de construcción. Sin embargo, sus primeros objetivos no eran enanos, sino skavens huyendo. Los grupos de guerra de Diablos de Asalto avanzaron, pisoteando a la última de las alimañas que huían mientras llegaban. Cada uno de su enorme especie llevaba una serie de armas, con las energías malignas que caían de sus fuentes de energía de piedra bruja emitiendo un misterioso resplandor verde. Una vez que atravesaron a los hombres rata que huían, las ratas ogro tuvieron un objetivo claro.

La descarga que siguió fue pura devastación. Gotas de fuego de disformidad cayeron sobre los enanos, mientras una andada de esferas de viento envenenado explotaba, enviando nubes en crecimiento de gas verde. Las ratas ogro que llevaban amerratadoras detuvieron su avance, con sus múltiples cañones girando mientras cada tiro hacia fuera enviaba un zumbido de muerte. La tormenta de disparos se estrelló contra los matadores sin armadura, sacudiendo sus cuerpos llenos de balazos mientras cada uno era golpeado docenas de veces.
Desastre en karak kadrin skavens enanos
Mientras los enanos se tambaleaban ante esta exhibición infernal de poder de fuego, los diablos de asalto seguían avanzando. Disparando en movimiento, se estrellaron contra las filas enanas. Con el lanzallamas en cada brazo todavía escupiendo llamas, una rata ogro se sumergió entre las filas de los matadores que todavía estaban en pie. Balanceó sus fornidos brazos, enviando a un puñado de enanos destrozados volando por el aire. Los últimos chorros de líquido inflamable salieron de los abiertos lanzallamas añadiéndose a la carnicería.

Con más skaven emergiendo detrás de los grupos de diablos de asalto, Ungrim y sus ejércitos hicieron frente a la verdadera amenaza de ser abrumados. Sin embargo, el Rey Matador, no había sido tan obstinado como para marchar fuera de sus puertas totalmente sin apoyo. Calculando su ataque perfectamente, el Escuadrón Puñorelámpago rodeó los picos nevados y cayó sobre el cañón del Paso de los Picos. Volando bajo y acercándose a velocidad máxima, el trío de girobombarderos lanzó sus bombas quemaagravios hacia los masificados skaven. A medida que las explosiones florecían detrás de ellos, el escuadrón ganó altura, saliendo del paso y girando alrededor de un pico de montaña. Pronto volverían de nuevo para otra pasada.

Los girobombareros no estaban solos. Una serie de explosiones a lo largo de una de las escarpadas pendientes envió una cascada de piedras que caían sobre las tropas skaven. Detrás de la avalancha llegaron los Montaraces de Rordak, deslizándose lentamente por cuerdas. Al llegar a la base del Paso de los Picos, los canosos montañeses enanos desataron feroces andadas de ballesta sobre los esclavos e ingenieros que intentaban erigir su gran batería.

Éste era el indulto que Ungrim y su ejército necesitaba. Aunque muchos enanos habían caído, se lanzaron hacia adelante, matando a las furiosas bestias con muchos golpes de hacha. Ungrim lideró el camino, cortando en trozos a los enormes enemigos, enviando cabezas y miembros volando en amplios arcos. En el apogeo de su carga, mientras mataba a la última rata ogro ante él, el hacha de Ungrim penetró los tanques de almacenamiento que alimentaban a los lanzallamas de la criatura. Ennegrecidas llamas entraron en erupción, envolviendo al Rey Matador en una bola de fuego ardiente.

Para los enanos fue como si el tiempo se parara y la batalla se detuviera. Ungrim, que había sobrevivido a incalculables batallas y enemigos, estaba en el epicentro de esa explosión. La nube de llamas de disformidad derritió la roca, abriendo un cráter con su lívido infierno. Mientras los enanos comenzaban sus maldiciones, su rey salió a través de las agitadas nubes de humo. Las llamas habían chamuscado los extremos de su cresta y barba, y el Hacha de Dargo brillaba en esa oscuridad. Protegido por su capa de dragón, Ungrim Puñohierro emergió indemne y más enojado que nunca. Ningún skaven se atrevió a plantar cara ante su enfurecido ataque.

Los enanos empujaron hacia adelante detrás de su indomable líder. Muchos de los esclavos que montaban las torres de andamios se lanzaron hacia las cuevas. Sin embargo, los ingenieros brujos intentaron defender sus obras con una serie de pistolas y rifles de forma extraña. Varios enviaron arcos de rayos de disformidad. Misiles chisporroteantes golpearon a los enanos invasores, pero no pudieron detener su avance. En cuestión de instantes estaban entre las frágiles estructuras, cortando vigas de apoyo e ingenieros por igual. Otro Señor de la Guerra del Clan Rictus - Grzzt Colmillo Negro - trajo nuevas garras y una nueva batalla se libró sobre los restos.

Ikit Claw había abandonado el sitio de construcción mucho antes, trasladándose a las cuevas. Siguiendo su orden, los esclavos lo siguieron, empujando unos toscos carros de madera que llevaban tres tanques cilíndricos. Ikit se sintió incómodo al estar cerca del gas envenenado. Incluso con su respirador y la protección de su traje de hierro, Ikit temía este lote. Lo había hecho él mismo, y conocía su temible potencia.

La combinación de los crecientes vientos de magia y la afluencia de pagos de piedra bruja al Clan Skryre le había dado a Ikit todo lo que necesitaba para crear su arma de gas más letal hasta la fecha. Durante las pruebas, las nubes tóxicas mataron más rápido que cualquier cosa que él hubiera visto nunca de esos tontos del Clan Pestilens. Decenas de miles de globos de viento podrían ser llenados de uno de los enormes tanques. Y había tres de ellos.

El plan de Ikit había sido desencadenar estos tanques especialmente potentes junto a las ratas ogro recién equipadas. Con estas armas de choque, los skaven podrían abrirse camino hacia el Pico de la Muerte. Sin embargo, cuanto más lo pensaba Ikit, más se daba cuenta de que una victoria así tardaría muchos meses en ganarse. Ikit ansiaba volver a los túneles húmedos y llenos de hombres rata de Plagaskaven, y mientras pensaba en su protegido Zingetail teniendo acceso a todos los talleres, generadores y aparatos de Plagaskaven, deseaba fervientemente concluir esta campaña rápidamente.

La construcción de la máquina de guerra ya no importaba a Ikit. Antes de que Ungrim Puñohierro hubiera cubierto la mitad del terreno hacia las construcciones de madera, Ikit ya estaba planeando un nuevo plan para entregar su bomba alquímica. Éste debería resultar mucho más eficaz que simplemente inundar el exterior de la fortaleza de montaña con gas envenenado.

La idea había llegado por su breve conversación con Throt. Las colaboraciones anteriores entre los dos habían resultado en los diablos de asalto, y las bolas de demolición de disformidad montadas en algunas Abominaciones del Pozo Infernal. Pensaba que estas podrían ser capaces de abrirse camino dentro de la fortaleza enana. Fue este el plan que Ikit rápidamente puso en funcionamiento - con sólo un diabólico nuevo añadido.
Portada Libro de Ejército 6ª edición por Alex Boyd

Horda skaven

Mientras Ikit preparaba las cubas de contención rúnicas, Throt se dirigió a los corrales para preparar sus abominaciones criadas por él. Sus filas incluían a los mejores de sus señores de las bestias - dirigidos por Rritchit el Colmillo y Skweel Colmillos Carcomidos. Mientras que esos dos conducían a un ejército de criadores para distraer, azotar y guiar sus feroces cargas, Throt se fue a trabajar. Usando su espada para abrir un agujero en el vientre flácido de una abominación, Throt abrió la herida con Coge-mata-mata - su Atrapacosas mecanizado. Una marea de ratas parásitas salió en tromba, con sus afilados colmillos destellando. Mientras se defendían de estas voraces criaturas, un equipo de ingenieros colocó los tanques llenos de gas envenenado dentro de los cuerpos de las bestias. Soldaron, clavaron y ataron los pesados ​​cilindros, encadenándolos alrededor de los huesos y asegurándolos con pesados ​​tornillos. Mientras tanto, las abominaciones rugían y pisoteaban, con su vitalidad antinatural cerrando la carne tan rápidamente que varios ingenieros fueron engullidos - enterrados vivos dentro de la retorcida carne de las creaciones del Clan Moulder.

Ikit se ponía cada vez más receloso del plan. En su furia, las abominaciones estaban arrancando los pesados ​​pernos que las encadenaban al suelo de piedra. En cuestión de momentos el equipo de Throt perdería la contención. Muchos ya habían muerto - partidos en dos, o pisoteados hasta ser una pasta roja - cuando, por fin, un cilindro de gas se incrustó dentro de cada criatura. Throt envió a sus entrenadores a aguijonear a las abominaciones una última vez, alimentando su furia, antes de ordenar dar palanca que liberaría sus pesadas cadenas.

Cuando las abominaciones fueron desencadenadas, los desgraciados señores de las bestias fueron dejados en la caverna como cebo. Liderando a sus cargas mutadas a través de las vastas cavernas, saliendo al borde occidental del Paso de los Picos, justo enfrente de las vastas puertas talladas de Karak-Kadrin.

Más abajo del paso, Ungrim Puñohierro acababa de matar a otro señor de la guerra del Clan Rictus. Su ejército había rechazado el último contraataque skaven. Los matadores fuertemente tatuados de la Hermandad Perdida, ansiosos de matanza, seguían en persecución. Persiguieron a los chillones que quedaban de nuevo hacia las cuevas. Apoyándose en su hacha, Ungrim dejó tales esfuerzos al grupo más joven. Esto no se debía a que no tuviera todavía energía para la guerra, sino porque algún otro sentido nefasto se apoderó de él. Habían sido llevados demasiado lejos de las puertas, y las habían dejado sin vigilancia durante demasiado tiempo.

Mientras el rey matador pedía a su thane que hiciera sonar la señal para reagruparse, oyó los chillidos ondulantes de las abominaciones y el rugido de las baterías de la puerta principal. El corazón de Ungrim dio una sacudida de temor. Aunque viejo y amargado - habiendo vivido para ver la pérdida de su único hijo - Ungrim estaba totalmente dedicado a Karak-Kadrin. Cuando sonó la única nota clara de retirada, los enanos dejaron atrás los escombros esparcidos y a la Hermandad Perdida, retrocediendo por el Paso de los Picos.

El trío de abominaciones avanzó hacia las enormes puertas. Eran hinchadas y deformes, pero se movían a un paso frenético. Los señores de las bestias que los habían llevado a destino hacía mucho tiempo que se habían apartado. Una vez que las frenéticas criaturas emergieron a la luz, fueron recibidas por un aluvión de fuego de máquinas de guerra. Provocadas más allá de la rabia, las bestias cargaron directamente hacia Karak-Kadrin.

Las rocas arrojadas por los lanzaagravios impactaron cerca de las abominaciones, llenando el aire con fragmentos de piedra. Las balas de cañón pasaban cerca o se incrustaban en la gruesa carne de las bestias. Pronto los cañones órgano, los ballesteros y los atronadores abrieron fuego, acribillando al trío de modo que siseaban y gritaban mientras avanzaban. Un ejército no podría haber sobrevivido a la potencia de fuego de la puerta principal de Karak-Kadrin. Sólo la regeneración potenciada por la piedra bruja de las abominaciones permitió que vivieran en esa tormenta infernal. No les importaban los bombardeos, con nuevas cabezas creciendo para reemplazar a aquellas que habían sido arrancadas. Los agujeros creados en las bestias se cerraron tan rápidamente que la enfermiza carne parecía retorcerse y deformarse.

Una de ellas cayó, con su agonía perdida en una nube en forma de seta de gas envenenado. Esta envolvía a las otras dos mientras emergían, con sus muchas cabezas tosiendo y vomitando, directamente hacia las puertas. Pronto el sonido de su impacto resonó por todo el paso. El golpeteo de sus poderosos puños rocosos golpeando la antigua puerta una y otra vez tronaba en el aire.

Las puertas de Karak-Kadrin habían vencido a muchos enemigos desde que el mundo era joven. Frente a esa estructura de piedra y acero, el mágico pie verde de los dioses orcos, los encantados proyectiles de energía de los elfos y los zarcillos entrópicos de los demonios mayores habían fracasado, con sus poderes desvaneciéndose a la nada ante el artificio enano. Durante miles de años, ni la fuerza ni la magia habían demostrado ser capaces de abollar ese portal protegido. Hasta ahora.

Con cada resonante golpe, los braseros ardientes de fuego de disformidad y los puños de las abominaciones destrozaban el metal y aplastaban la piedra. Las runas de Valaya talladas por los maestros de antaño no resplandecían en represalia, sino que se desvanecían, una por una. Cuando apareció una brecha, una abominación deslizó su cuerpo dentro, moviéndose grotescamente de un lado a otro. Como una rata de alcantarilla que se apretaba a través de una grieta increíblemente pequeña, la primera monstruosidad pasó.

En el vestíbulo de entrada de Karak-Kadrin la abominación a la carga se encontró con otra andada de fuego: balas de cañón, balas de armas de mano y martillotorpedos troll hicieron caer a la bestia convertida en un desastre. Comenzó a arrojar chorros de gas verde que llenaban el vestíbulo de entrada cuando entró la última bestia.

Ikit Claw apretó el botón rojo de la máquina que sostenía, mirando a los ingenieros brujos a su lado. El dispositivo de detonación no parecía estar funcionando, y la bestia ya estaba dentro. Mientras relámpagos negros respondían a la ira de lkit, desatándose para atravesar a sus subordinados, un fuerte sonido resonó a través del Paso de los Picos. Lo que quedaba de las puertas fue arrancado de sus bisagras cuando la detonación de la bomba de gas envió nubes tóxicas volando por todas partes. Una nube verde se elevó sobre Karak-Kadrin.

Desastre en Karak-Kadrin
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Fuente Editar

  • The End Times IV - Thanquol
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