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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Glottkin Karl Franz

Karl Franz

Con cada noche que pasaba, la niebla de color amarillo verdoso que impregnaba las calles de Altdorf se espesaba un poco más. Por Sigmarzeit había crecido tan espesa que se había convertido en una práctica común para las familias e incluso unidades militares el aferrarse a una cuerda para que ninguno de ellos se perdiera en la noche. Figuras con forma de araña se arrastraban y acechaban plagando los callejones, pero siempre que un soldado o guardia trataba de capturarlas, se desvanecían. A través de la ciudad el tañido lúgubre de campanas sonaba con cada hora pasada, un sonido que recordaba más a la advertencia de la lepra que al de un vigilante.

La niebla minaba la energía de aquellos que la tomaban en sus pulmones y los enfermaba rápidamente incluso con la constitución más fuerte. Muchos de los ancianos y enfermos se habían desvanecido para siempre.

El Reik en sí era asqueroso y maloliente más allá de cualquier medida, cuajado de musgo negro y de la plaga que traía.

Así que había tantos jejenes, moscas y mosquitos zumbando a través de la noche, que era casi imposible conseguir cualquier sueño. Incluso la doncella más enérgica acabó molida de agotamiento hasta que arrastraba los pies y hablaba con voz ronca como una bruja. El Mariscal de la Reiksguard y sus capitanes hicieron esfuerzos cada vez más frenéticos para localizar la fuente de estas extrañas enfermedades y evitar que se llevaran su ciudad por debajo de ellos. Sin embargo, nada se podía hacer, porque estos hombres de acción se adaptaban mal para luchar contra un enemigo invisible.

Kurt Helborg no era un hombre para sentarse de brazos cruzados mientras su ciudad caía en la ruina.

Hasta el momento, su brutal represión de los disturbios que habían estallado a través de los distritos más pobres había enviado un mensaje al príncipe y al vendedor ambulante por igual - mantener un comportamiento tranquilo, o morir como un perro en la cuneta. El orden había sido restaurado, aunque como resultado muchos ciudadanos inocentes yacían muertos en las calles. En tiempos menos turbulentos, esta tiranía de mano dura muy probablemente habría visto al Mariscal de la Reiksguard despojado de su rango, sino enviado a la soga del verdugo. Sin embargo, con la nación al borde de un colapso total, la espada del regente era lo único que frenaba el absoluto caos. Vociferios indignados de los líderes de los gremios y nobles demasiado privilegiados fueron aplacados con los Capitanes de la Reiksguard de Helborg con cada nueva audiencia negada.

Desde la Plaza de la Horca hasta las Grandes Cortes, una corriente subterránea de resentimiento burbujeaba por toda la ciudad. El número de detractores de Helborg se duplicaba cada día.

Cuando los disturbios o motines amenazaban su gobierno, el Mariscal de la Reiksguard simplemente resoplaba con desprecio. Sus escoltas habían viajado a lo largo y ancho, y con su retorno cada uno había informado de una cepa diferente de desastre. Las provincias que no habían sido sacudidas por alguna cepa extraña de la peste eran acosadas por manadas arrasadoras de hombres bestia, hombres blindados del norte o huestes de engendros demoníacos cuyo avance había resultado lento pero imparable. Peor aún, parecía que no menos de tres ejércitos distintos estaban convergiendo hacia Altdorf.

Temiendo un asedio, Helborg había reunido todos los regimientos armados que pudo encontrar al refugio de las murallas de Altdorf. Refugiados de Talabheim que habían viajado al oeste en barcaza se codeaban con Stirlandeses sin afeitar, y los supervivientes de Carroburgo compartían cerveza con la propia guardia de la capital.

El Mariscal de la Reiksguard había enviado peticiones formales de ayuda a Kislev, Marienburgo, Tilea, Estalia; incluso a la altiva Bretonia y los enanos solitarios del Fin del Mundo. Hasta el momento, ninguna respuesta se había recibido. La opinión predominante era que los antiguos aliados del Imperio los habían abandonado por completo.

Después de una noche sin dormir demasiado, Helborg buscó la ayuda de fuentes extrañas. Se había apilado altos montones de leña en cada cruce, y todo el Colegio Brillante se había puesto a trabajar en la dispersión de brasas encantadas que estallarían en llamas de nuevo con gritar un sencillo canto. Cada tramo y estatua de las murallas de la ciudad fueron tres veces bendecidas por los sacerdotes guerreros del culto Sigmarita. Los acólitos del Colegio de la Luz quemaron la niebla más espesa usando rayos de pura magia, los magos grises negociaron tratos en la oscuridad y los astromantes celestiales emitieron sus adivinaciones para determinar la hora exacta a la que los adoradores del Caos golpearían. Las sacerdotisas sanadoras de Shallya establecieron una barriada de tiendas de campaña, camas y camillas alrededor de su humilde templo, listas para recibir a los heridos y devolverlos a la lucha. Incluso los fantasmas de la ciudad se podían ver afilando sus espadas en el crepúsculo, conjurados desde más allá del velo por los desposeídos magos espiritistas del Colegio Amatista.
Vegetacion nurgle fin de los tiempos

La putrefacción de Nurgle se desata por las tierras del Imperio

La tensión era tan palpable como la niebla, y crecía más gruesa cada noche hasta que era casi insoportable. En cada calle, mansión y casucha, los ciudadanos de Altdorf se preparaban para la guerra. El más reciente edicto de Helborg, en el que cada ciudadano de Altdorf debía concentrarse en apuntalar las defensas de la ciudad en lugar de enterrar a los que ya estaban muertos, había sido considerado como inhumano en el mejor de los casos y como locura en el peor. Sin embargo, ninguno se quejó demasiado fuerte, ya que estaban más preocupados por sus propias tumbas que las de sus amigos fallecidos y familiares. Sin el conocimiento de todos, salvo el Mariscal de la Reiksguard y sus asesores más cercanos, los cadáveres esparcidos en la calle iban a ser un arma en la guerra que se avecinaba - herramientas para ser utilizadas por el único aliado que había respondido a las súplicas de ayuda de Helborg.

A medida que los días difíciles fueron pasando, el momento augurado por el Colegio Celestial como el Gran Juicio se acercaba. El cometa de dos colas ardía brillante en los cielos nublados, lanzando sobre la ciudad un crepúsculo extraño incluso en las primeras horas de la mañana. Una sensación de atemporalidad e irrealidad inundó la ciudad mientras el día se desteñía en noche, conspirando con la omnipresente niebla para hacer parecer a Altdorf más como un reino etéreo encantado que un próspero centro de la civilización. Regimiento tras regimiento de tropas estatales se asomaba en la niebla de las imponentes murallas, calderos de brea y aceite de pescado se hirvieron en lo alto de las almenas preparados para verter sobre el enemigo, y el Colegio de Ingenieros se aseguraba que sus baterías de artillería fueran cebadas y preparadas. Las palabras de los sacerdotes guerreros y capitanes sonaban en la penumbra, poniendo durante un tiempo acero en los corazones a su cargo.

Muchos itinerantes, comerciantes y ciudadanos pusilánimes huyeron hacia el sur en busca de refugio, esperando que su número les protegería de los peligros salvajes. Tan pronto como acamparon y se fueron a dormir, sus gargantas fueron reclamadas por las enredaderas y sus cadáveres arrastrados hacia arriba para llegar a ser más fruta macabra en el huerto aterrador que había crecido alrededor de la ciudad. Los que se negaron a abandonar su capital se ciñeron a soportar la tormenta que se avecinaba, a pesar de que la flor oscura de la duda florecía dentro de cada corazón.

Altdorf estaba sobre el precipicio del desastre, privado de aliados y con poca comida sana o agua potable con la que resistir un asedio prolongado. Fuera soldado, mago, comerciante o sacerdote, ni un solo ciudadano de Altdorf pudo sacudirse la sospecha de que el Imperio ya estaba casi derrotado, y que no importaba lo duro que lucharan, no sería suficiente.

Una figura solitaria con armadura completa se arrodilló en el corazón del Templo de la Reiksguard. A su alrededor, las estatuas gigantes de los doce caciques guerreros de Sigmar ascendían en la penumbra, efigies tan vastas que la luz de las velas apenas llegaba a sus rodillas. Un débil rayo de luz de sol se filtraba a través de la ventana de cristal teñido en lo alto de la cúpula del templo, lanzando una imagen distorsionada del ascendiente Sigmar sobre las losas. Brillaba extrañamente, con sus moteadas sombras prestando color al cabello blanco y a las características dibujadas del guerrero genuflexionado muy por debajo.

Tomando su Colmillo Rúnico de su vaina y colocándolo apuntando hacia abajo justo delante de él, Kurt Helborg se tragó su orgullo y oró a Sigmar por primera vez en décadas.

Nota: Leer antes de continuar - El Augurio

Cuando la perdición de Altdorf llegó, no vino de fuera, sino de dentro.

Nota: Leer antes de continuar - El Laboratorio de Festus

En el distrito del matadero a orillas del Reik, del gran pozo que conducía a la alcantarilla atrio comenzó a salir algo de humo, y a continuación, bocanadas. Aquellos ciudadanos que todavía no habían huido de la ciudad vieron con horror como el pozo eructaba un humo gris y grasiento. No olía a asfixia, sino a carne humana quemada. Alto y más alto iba la columna de humo, un cilindro de vileza tan espesa que parecía como el tronco de algún árbol dios dando apoyo al dosel de nubes por encima. Su hedor era tal que sólo los que tenían constituciones verdaderamente de hierro podían acercarse a menos de media milla sin doblarse y manchar los adoquines con el contenido de sus estómagos.

A medida que la columna de humo continuaba ensuciando el aire, las masas de nubes por encima crecieron tan pálidas como un ojo con cataratas, espesándose en líneas espirales. Fueron atraídas por el pilar de humo, lo que reforzó la impresión de que un árbol colosal se extendía sobre la ciudad, a pesar de que retrocedieron desde el área de los cielos en la que el cometa de dos colas ardía.

Murmullos de confusión y preocupación ondulaban mientras los soldados y sacerdotes apostados en las murallas de la ciudad observaban los cielos ocultos cambiando por encima de ellos, pero ninguno quería ser el primero en romper filas, y los mensajeros que enviaron para investigar volvieron únicamente con informes contradictorios de inminente invasión. Desde el gran acantonamiento en la Plaza de Altdorf, Kurt Helborg dictaminó que el fenómeno místico por encima de ellos era una amenaza menor en comparación con las hordas se acercaban a la ciudad. Fue un error que le costaría más vidas mortales.

Cuando el fétido humo que ondulaba hacia arriba desde las alcantarillas se mezclaba con las nubes por encima, comenzó a caer una lluvia terrible. Al principio goteaba tamborileando con salpicaduras de gotas, lechosas y horribles, pero alimentaban mucho más que sospechas. Los soldados se miraron con inquietud los unos a los otros mientras gotas de fluidos descoloridos golpeaban sus brazales y cascos. Un bajo pero poderoso trueno resonó por toda la extensión de la ciudad, sonando inquietantemente como la risa de un dios amenazante.

Y entonces, mientras el abuelo Nurgle vertía su caldero en la realidad, se desató la tormenta.

Cuando la lluvia blanca como la leche llegó a los cadáveres que yacían esparcidos en las calles, sus cuerpos estallaron con una fuerza terrible, como retorcidos árboles carnosos en erupción a través de su cuerpo hasta llegar a los tejados en el espacio de unos pocos latidos. Las calles vacías se atestaron repentinamente de una indeciblemente fétida jungla espesa con enredaderas de pelo pegajoso. Moscas demonio de patas afiladas se abrían paso a través de la grotesca vegetación, hartas del néctar de la decadencia. Muchos ciudadanos lentos fueron capturados por los tanteantes zarcillos de las antinaturales plantas, los drenaron sus fluidos vitales y fueron levantados del suelo por el tobillo como un pilluelo atrapado. La jungla fétida era más gruesa en el corazón de Altdorf. Allí las calles y los edificios comenzaron a brillar y a desvanecerse, sustituidos totalmente por el reino demoníaco que era el jardín de Nurgle.

Mientras las aullantes masas fuera de Altdorf cargaban a través de las llanuras inundadas hacia sus murallas, la columna de humo en su centro dio vueltas y más vueltas alrededor con un ritmo recolector. Creció más y más grande, convirtiéndose en un blanco tornado gigante que dominaba el horizonte a través de todo el Imperio. Voces en auge retumbaban en los cielos sobre el sonido golpeante de la lluvia, con sus tonos bajos en contraste con los chillidos de un millón de almas atormentadas.

Después, en el corazón huracanado de la tormenta de lo que una vez había sido una sencilla voluta de humo, la realidad se dobló, dividió, y desgarró.

De la herida enfermiza en la realidad, las legiones de demonios de Nurgle caminaron adelante en todo su vibrante y repugnante esplendor.

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Los Caballeros de Bretonia marchan en ayuda del Imperio

Al sur de la ciudad, los grandes ejércitos de caballería de Bretonia eran un par de ricos tapices desplegándose a través de las tierras. Aunque sus caballos estaban salpicados de barro y sudados bajo sus gualdrapas brillantes, cada noble se erguía en la silla, en resplandeciente armadura y brillante tela heráldica. Con el regreso de Louen Leoncoeur a Couronne, miles de caballeros habían respondido a la llamada a la guerra, haciendo el largo viaje a través de las Montañas Grises hacia los países centrales del Imperio.

Hace menos de un año la nación de Bretonia había sido sacudida por la peor de las guerras civiles, con la estructura de su sociedad desgarrada por los peones nigrománticos de Nagash. Sentó mal en muchas de las tierras de los nobles que debieran ir a la guerra de nuevo tan pronto - sobre todo en la defensa de una nación, no de los suyos. Sin embargo Louen, en su papel de Alto Paladín de la Corte Bretona, había dejado su opinión muy clara. Cualquier caballero que buscara su propia fortuna mientras que sus aliados en el Imperio caían ante los estragos del Caos no era digno del título.

Quince días de viaje casi constante habrían llevado a un caballo normal al borde del agotamiento, pero no así a los nobles sementales de Bretonia. Bajo la autoridad de Louen la cruzada había continuado a buen ritmo, incluso durante la noche, los caballeros tomaban turnos para dormir en sus sillas de montar, intentando incrementar sus posibilidades de llegar a sus aliados en el Imperio antes de que fuera demasiado tarde.

Cuando se acercaron a Altdorf los árboles parecían crujir y susurrar mientras se acercaban, pero al igual que los habitantes de las Montañas Grises, ninguna tribu ni depredador fue lo suficientemente insensata para poner a prueba su fuerza contra tantos caballeros vestidos completamente para la batalla. Cada amanecer y anochecer Louen lideraba a sus caballeros en la oración, agradeciendo a la Dama por prestarles velocidad y pidiéndole con tiempo que diera a sus corceles la fuerza para sobrellevar a la batalla.

Así era que las columnas de caballería extendidas hacia Altdorf se aproximaban a media milla de longitud. Era la guerra de Caballeros Andantes más grande vista fuera de las sangrientas arenas de Arabia; sólo los Caballeros del Grial se quedaron en Bretonia, manteniendo su vigilia incesante de los sagrados países centrales de su reino.

Sin embargo, a pesar de tener el paso de los ejércitos de caballeros libre, mientras se acercaban a Altdorf se hizo evidente que no habían sido lo suficientemente rápidos.

La vanguardia de Louen coronó la cresta Bloodpine en la víspera de Geheimnisnacht. Los cruzados Bretonianos fueron recibidos por un panorama ahogado por los poderes del Caos. La ciudad en sí estaba bajo el asedio desde los cielos así como de la tierra. En todas partes las nubes de moscas se arremolinaban como humo y estandartes andrajosos batidos en furia y malolientes vientos. La una vez verde llanura que rodeaba la capital del Imperio se estaba llenando de hordas de adoradores del Caos, tan grandes en número que la metrópoli parecía una isla en un mar de verdes y marrones.

Al oeste, miles de miembros de las tribus de Norsca se vertían a lo largo del Reik mientras se abrían paso hacia los muelles y redes de canales de la ciudad - no sólo en las orillas del río, sino incluso a través de la costrosa superficie de musgo. Los Glottkin lideraron la carga, los dos hermanos en lo alto de la roca carnosa que lideraba la avalancha de detrás. Asesinos blindados formaron la parte delantera de la cuña gigante, con sus caninos animales de caza corriendo delante de ellos. Arietes de troncos de árbol eran cargados en medio de la horda tribal, cada uno forrado con peludo musgo negro de tumba. En la parte trasera de la cuña, los monstruos se agitaban, bramando apasionadamente por la liberad para matar.

Al norte, un mar de hombres bestia aumentaba a partir de un arco oscuro en el alero del Drakwald. A su cabeza estaba una columna roma de caballería Norse, con su armadura oxidada pero elaborada distorsionando sus siluetas en las de demonios. Ogros Dragón y Minotauros por igual competían por un puesto en la cabeza de la carga hacia la Puerta Norte. En medio de esta aterradora vanguardia llegó Gutrot Spume, el Señor de los tentáculos, de pie orgulloso en lo alto de un altar de guerra de grandiosa proporción y gritando a los cielos exigiendo la atención del Padre Nurgle.

El ejército que vino del este era el más sucio de todos. Orghotts, Morbidex y Bloab Engendropodrido salieron corriendo del bosque, rompiendo a través de los muros empalizada que se habían levantado en un intento de mantener a los habitantes Drakwald lejos del alcance de la ciudad. Estacas afiladas se diseminaron y rodaron ante sus Pox Maggoths mientras las gigantescas criaturas se movían a saltos hacia la ciudad, con sus largas lenguas catando entropía pura sobre el aire. Encorvándose hacia fuera del bosque detrás de ellos llegaron miles de Portadores de Plaga liderados por el Archivista, Epidemius, cada uno de ellos cantando alabanzas al Dios plaga mientras veían el fétido espectáculo de la ciudad.

No eran sólo las grandes hordas del Caos que rodeaban la ciudad. La tormenta tóxica dentro de los muros de la capital había azotado más duramente en las murallas, haciendo que fuera imposible para los hombres mortales permanecer allí y apartándoles de los grandes muros de la fortaleza en la carnicería que se avecinaba. Sin embargo, los defensores de la ciudad lucharían a pesar de todo.

Marchando hacia fuera de cada puerta llegó regimiento tras regimiento de brillantemente blindadas tropas estatales, órdenes de caballería en armaduras brillantes, cónclaves de magos de batalla, incluso baterías de artillería y tanques a vapor protegidos de la azotante lluvia por toldos de lona. Los colores principales de Altdorf se dispusieron junto al manchado blanco y rojo de Talabheim además de otra docena de uniformes.

El Mariscal de la Reiksguard y sus capitanes se aseguraron de que sus ejércitos tomaran posiciones fuera de las murallas de Altdorf con eficiencia sombría, defendiendo cada puerta con suficientes hombres como para destrozar una docena de tribus. Incluso en ausencia de su emperador, los guerreros del reino de Karl Franz no estaban dando su ciudad sin luchar.

Detrás de ellos, las murallas de Altdorf se levantaban, con muchas de sus circunvoluciones y crenulaciones salpicadas de estatuas ya descoloridas por el musgo de tumba. Un enturbiado tornado de materia prima del Caos se elevó a los cielos desde el corazón de la sitiada capital, una tormenta cónica de energía verde gris que giraba violentamente hacia los cielos. Se desplegó hacia arriba y hacia el exterior para unirse a un gran nubarrón que crujió y palpitó con capas de rayos.

Las temibles energías hervían por encima de los tejados de Altdorf iluminando una fétida cara indescriptible de varias millas de diámetro. Una bostezante boca que podía comer el mundo sonrió imposiblemente amplia mientras las nubes de tormenta se fundían para formar dedos gordos, y uñas hechas de nubes rotas rasgaban los cielos. A continuación se derramaron brebajes inmundos, chapoteando y salpicando en el reino de los mortales. Dondequiera que caían nutrían las semillas del desorden sembrado en las calles en los últimos meses. Serpenteantes zarcillos irrumpieron en las calles y se deslizaban alto por el aire, moviéndose y cambiando como plantas ahogadoras alcanzando a una víctima para sumergirla bajo el agua.

Muy por encima del maníaco paisaje, el cometa de dos colas ardió más brillante aún que el regodeado Morrslieb, a pesar de que la luna del Caos estaba más llena que nunca en la más fatídica de las vísperas. El salvaje fuego crepitante del cometa iluminaba toda la escena, haciendo que cada úlcera y grano de los ejércitos de debajo fuera visible para cualquiera con el estómago para observar. La ciudad de Altdorf se encontraba mirando en un abismo del que nunca podría regresar, su destino permanecía en equilibrio sobre las espadas de los que se congregaban alrededor de sus muros. A lo largo de la llanura, hombre, demonio y bestia alzaron sus cuernos de guerra y dieron la señal de avance.
La Caída de Altdorf
Prefacio | El Augurio | El Laboratorio de Festus | Contendientes | Batalla | Al Interior de la Tormenta | Tensión en la Puerta Norte | Un Nuevo Conde Elector

Fuentes Editar

  • The End Times II - Glottkin.
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