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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Bárbaro del Caos por Adrian Smith

Los Bárbaros del Caos pululan por las ruinas de Middenheim

El Emperador y Tyrion condujeron a sus caballeros duramente a través de las calles arruinadas de Middenheim, guiados siempre hacia el este por las llamas en el horizonte. No se retrasaron por nada, ni por los vagabundos grupos de Skaven, las partidas de guerra de norteños de ojos salvajes, ni siquiera por los demonios que frecuentaban los callejones poseídos de Sudgarten. Cada enemigo se encontraba con las lanzas bajadas y un grito ferviente, o bien eran expulsados por el fuego de un dragón lanzado desde lo alto.

Los príncipes de Caledor se abalanzaban sin temor a través de los cielos, desafiando la tormenta y los disparos para despejar un camino para sus aliados. No todos sobrevivieron a su audacia. Un dragón fue golpeado por un rayo esmeralda, su cadáver cayó demoliendo una hilera de viviendas antes de que llegara a descansar completamente. Muchos más caballeros valientes, elfos y hombres, perecieron durante esa carga precipitada, arrancados de la silla por las garras de un Hombre Rata o cortados en pedazos por las hachas salvajes del norte. Pero no había fuerza en Sudgarten que pudiera contener la furia de Garra de Muerte, o contra la abrasadora luz blanca que Tyrion podía invocar.

Por fin, la carga del Emperador lo llevó fuera del Sudgarten, al nivelado yermo del Ulricsmund. Allí los caballeros vieron la causa del fuego que habían seguido. En el borde de la gran excavación, un ejército de elfos cada vez más reducido avanzaban difícilmente hacia el Templo de Ulric. El fuego era su capa y su escudo. Se derramaba de los filos de sus armas y de los Fénix que circundaban los cielos arriba. Rugientes Siegacráneos y siseantes Desangradores rodeaban a los elfos, una marea hambrienta de sangre que nunca se relajaba, pero la estela de cadáveres ennegrecidos era un testimonio enfermizo de la matanza que el ejército de Caradryan había llevado a cabo en desafío.

Mientras Tyrion llegaba al Ulricsmund, vio a Ashtari caer sobre la espalda de un aullante gigante. Antes de que el bruto pudiera quitárselo de encima, el pájaro de fuego clavó su pico ganchudo contra la carne llena de ampollas del gigante, desgarrando una gran y sangriento trozo de carne. La alabarda de Caradryan llegó después un latido de corazón más tarde, penetrando en el cráneo del gigante con un chorro de sangre y hueso. Con una sacudida enfermiza, el gigante cayó de costado, golpeando con fuerza a los norteños con la fuerza suficiente para romper la roca bajo sus pies. Ashtari ya había desaparecido, con las garras atravesando una partida de Revientacráneos, mientras los caballeros cubiertos de sangre comenzaban su atronadora carga.

Tan enredados estaban los Skaramor en su batalla contra el Ejército del Fuego, que no se dieron cuenta de los recién llegados. Sólo cuando el suelo empezó a temblar con el golpeteo de las pezuñas, los norteños más atrasados reconocieron su peligro. Los caciques gritaron órdenes cuando vieron el brillo plateado y blanco entre la oscuridad, y las siniestras siluetas de alas de dragón contra las nubes tormentosas. Pero sus órdenes no se escucharon entre el clamor de la batalla, o fueron ignoradas por guerreros demasiado perdidos en la perspectiva de reclamar cráneos para Khorne. Sólo cuando las primeras lanzas impactaron, y los primeros gritos de muerte sonaron, las partidas de guerra de los norteños realmente reaccionaron. Para entonces, ya era demasiado tarde.

Escolta celesta ayudando imperio contra caos por Paul Dainton

Los elfos controlan los cielos de Middenheim ayudando a los asediados ejércitos de tierra.

Las lanzas de la Reiksguard perforaron a través de la armadura y la suave carne de detrás. Los dragones agarraron a los caballeros de los Revientacráneos de sus sillas de bronce y los arrojaron gritando sobre el borde de la gran excavación. Los Escoltas Celestes se lanzaban en idas y venidas por encima de la horda arrejuntada, con largas lanzas cayendo para perforar los visores de yelmos carmesíes. Los Semigrifos y los Gélidos clavaban las garras y mordían a los Juggernauts, y los caballeros cruzaban acero con los caballeros. Normalmente, ningún guerrero del Imperio o Athel Loren podría haber esperado igualar a un bruto adorador de Khorne golpe a golpe, pero los tiempos desesperados les dieron la fuerza para prevalecer.

Garra de Muerte estaba siempre en movimiento. Cada salto a toda velocidad que el Grifo hacía terminaba en sangre y horror. Sus garras aplastaban a los norteños donde se encontraran, o bien los inmovilizaba en el sitio hasta que su pico pudiera desgarrarlos. Tyrion estaba a apenas una docena de pasos detrás del Grifo, con Malhandir manteniendo el ritmo sin esfuerzo con el salvaje avance de Garra de Muerte. El Encarnado manejaba su luz como un arma. Donde caía, los demonios eran llevados al olvido, y los mortales contaminados por el Caos quedaban cegados, arañándose sus ojos y convirtiéndose en objetivos fáciles para los elfos vengativos que cabalgaban detrás del príncipe. Atrapados entre el fuego, la luz y la venganza de los "débiles" sureños que tenían años de horrores que pagar, los guerreros de los Skaramor y sus aliados demonios comenzaron a debilitarse.

Una por una, las partidas de guerra Skaramor se rompieron, derramándose hacia el norte hasta el Templo de Ulric, y hacia la desigual carretera que conducía a la gran excavación. Privados de aliados, los demonios sintieron que su agarre en el mundo mortal comenzaba a aflojarse, y el Reino del Caos los atraía inexorablemente a su hogar. Nada de esto pasó desapercibido para el iracundo Khorne, y un bramido más profundo y más penetrante que el más fuerte de los truenos sacudió los cielos.

Calaveras llameantes khorne batalla por middenheim

La ira de Khorne se materializa desde los cielos

Meteoritos ardientes penetraron las nubes, cada uno con un plateado cráneo de bronce arrancado del trono del Dios de la Sangre. Uno a uno, se estrellaron indiscriminadamente contra la masa hirviente en el Ulricsmund, matando a los Skaramor tan fácilmente como a sus enemigos. Khorne estaba disgustado por la cobardía de sus fieles, y se esforzaba por golpearlos tan fácilmente como lo hacía con los mortales que luchaban contra su causa.

Sin embargo, los cráneos también cobraron su tributo de vidas élficas e imperiales. Uno se estrelló contra el Ejército del Fuego, haciendo desaparecer un grupo de Leones Blancos. Otro golpeó un Fénix que volaba en círculos, lanzando el cuerpo roto del pájaro de fuego al suelo. Los últimos Caballeros del Grifo, que se habían mantenido firmes al lado del Emperador desde el comienzo del cerco de Averheim, fueron consumidos por las llamas cuando un aullante cráneo se estrelló contra el corazón de su formación.

No había refugio del bombardeo. Las pocas ruinas que seguían en pie se colapsaban como cerillas cuando los cráneos las golpeaban. Tyrion tejió un escudo de pura magia, una cúpula de luz brillante bajo la cual buscó refugio para sus aliados, pero se rompió como vidrio bajo el primer impacto, esparciendo fragmentos de luz afilada a través del Ulricsmund. Sin otra opción, los unidos Ejércitos del Fuego, la Luz y los Cielos lucharon mientras los cielos caían, con cada guerrero entre sus filas orando por la victoria, o por lo menos por una muerte rápida. Continuaron atravesando el mar de Skaramor que huía, intentando no hacer caso del castigo llameante que aullaba por encima de ellos.

Sólo cuando el combinado ejército de Encarnados estuvo cerca de las paredes del Templo de Ulric, cesó el bombardeo. Ninguno creía que una presencia santa dentro del santuario hubiera hecho que los ataques vacilaran; tan mancillado y profanado estaba el edificio una vez grande que ningún dios saludable podía tener poder sobre él. En esto, los guerreros del ejército estaban en lo correcto. La ira de Khorne, a pesar de ser interminable, se distrajo fácilmente a otras preocupaciones - aun cuando el Fin de los Tiempos llegaba a su clímax - y alguna pelea con sus hermanos atrajo ahora la atención del Dios de Sangre.

Así, el Ejército Encarnado se presentó ante la gran excavación y encontró su camino bloqueado. Un resplandor de chisporroteantes llamas de disformidad protegía la bajada, una barrera mortal que nadie podía atravesar. Más allá del fuego, hechiceros con cabeza de cuervo cacareaban sus hechizos blasfemos mientras espeluznantes demonios hacían cabriolas y sonreían impúdicamente. Nadie entre el ejército dudaba de que los Encarnados pudieran romper la barricada - habían llegado demasiado lejos para ser detenidos por la mera brujería. Sin embargo, era otra cuestión tener el tiempo para hacer el intento. Los rudos cánticos ya resonaban desde el norte. En las sombras más allá del templo, los Skaramor reunían su coraje.

Lo peor estaba por llegar. Mientras Tyrion y Caradryan luchaban con la magia de la barrera de fuego de disformidad, un coro de aullidos salvajes y roncos resonó desde el norte, seguido por el sonoro golpeteo de muchos cientos de pies corriendo. Mientras los Encarnados trabajaban, el Emperador reformó sus fuerzas para hacer frente a esta nueva amenaza. Los aullidos se hicieron más fuertes cuando los cansados elfos y hombres se apresuraron a ponerse en posición, alcanzando finalmente el pináculo del Ulricsmund cuando nuevos enemigos llegaban para batallar.

Ka'bandha khorne batalla por middenheim

Un nuevo ejército llega a la excavación

La mayor parte de la oleada delantera eran mastines del norte, todo músculos magros, piel grasienta y colmillos afilados. La mayoría de las miserables criaturas habían sido hombres, retorcidos en formas nuevas y más serviles por el temor a Ka'Bandha, el Señor de la Cacería. Otros eran brutos errantes, separados de sus amos durante las batallas que corrían por la ciudad, y atraídos por instinto al refugio de la manada. Se precipitaban sin vacilar, impulsados ​​por un hambre terrible y una voluntad que no les pertenecía. La mayoría murió en ese primer ataque, porque las espadas del Ejército Encarnado estaban listas para ellos. Aun así, muchos pares de colmillos rasgaron gargantas, o arrastraron a un caballero de su corcel para que la manada pudiera arrancarle miembro a miembro.

Detrás de los mastines llegaron unos mastines de guerra de distinto tipo. Éstos todavía llevaban la forma de hombres, pero Ka'Bandha había cambiado sus mentes al igual que había deformado los cuerpos de sus compañeros. Ninguna inteligencia se escondía detrás de esos ojos inyectados en sangre, sólo el deseo de rasgar y desgarrar, de hundir sus dientes en la carne aún palpitante, y sentir la sangre caliente derramarse. Estos salvajes aullaban como los animales al cargar, y perecían como alimañas ante los disciplinados filos del Ejército Encarnado. Pero se zambullían contra las armas que los esperaban sin vacilar, arrastrando las espadas de las manos con el peso de sus propios cuerpos. Era una demencia nueva y desesperada en una noche llena de locura, y no había cura excepto la muerte.

Entonces, con un golpe de alas como un trueno, el propio Señor de la Cacería descendió sobre el Ulricsmund. Al extender sus alas, Ka'Bandha emitió un bramido de desafío que resonó por toda la ciudad. Al oírlo, los Skaramor que estaban al acecho en las sombras del templo volvieron a encontrar su valor y salieron para servir a la causa de la matanza. Más hacia el sur, los Imperiales dentro del Ejército Encarnado hicieron la señal del martillo, y oraron a Sigmar para que los salvara. Los elfos depositaron su fe en los Encarnados, porque sabían que el acero mortal por sí solo no podía prevalecer.

Ka'bandha batalla por middenheim

Ka'Bandha, Devorador de Almas de la Tercera Hueste

Reconociendo que esperar a la horda que se aproximaba les traería sólo la muerte, el Emperador lanzó a sus caballeros hacia adelante. Una línea de caballería hacía un pobre muro de escudos, pero una contracarga les daba una oportunidad de supervivencia, por más fina que fuera. Estandartes alzados, trompetas sonando; la última carga de hombres y elfos se lanzó hacia adelante a través de los mastines que ladraban y sus parientes más salvajes. El Emperador lideró la carga, su grito de guerra sonó en la vieja lengua de los Unberógenos, que no se había escuchado en aquel lugar durante largos siglos. Impulsado por las poderosas alas de Garra de Muerte, se elevó hacia la forma inminente de Ka'Bandha, con el Colmillo Rúnico en alto. El Devorador de Almas, al reconocer que su presa se descubría al fin, dio un rugido triunfante y se lanzó al aire, su objetivo era apoderarse finalmente del cráneo del Emperador.

Tanto el hombre como el demonio fueron demasiado lentos. Los dos enemigos estaban aún a un cuarto de milla de distancia cuando un proyectil de llamas aladas pasó más allá de Garra de Muerte y golpeó al Devorador de Almas de frente sobre el Templo de Ulric. El fuego rodeó al Devorador de Almas, forzándolo a abandonar su carga y a enfrentarse a su nuevo enemigo.

Caradryan y Ashtari cortaron y golpearon a Ka'Bandha, tratando de mantener al otro desequilibrado. El Encarnado de Fuego había sabido de inmediato que el Emperador no podía igualar el demonio en una lucha pareja. Un poder Encarnado era necesario, o eso había considerado Caradryan. Sin embargo, Ka'Bandha era un Devorador de Almas de la Tercera Hueste; había combatido tanto a Tyrion como a Malekith a un punto muerto en Athel Loren, y un sólo Encarnado tenía pocas esperanzas de superarlo, algo de lo que Caradryan pronto se dio cuenta.

No importaba cuanto rasgara Ashtari la carne del demonio, ni importaba el fuego que crepitaba a través de su cuerpo monstruoso, Ka'Bandha no se enlenteció, ni siquiera se dio cuenta de lo que debía ser una agonía temible. Incluso el terrible filo de la Alabarda del Fénix de Caradryan, aunque hirió al demonio lo suficientemente pronto, parecía no causar ningún dolor al bruto.

Al mismo tiempo, Ashtari se vio obligado a alejarse constantemente de la lucha, por miedo a que el impacto del mayal de martillos del Devorador de Almas le derribara del cielo. Sin embargo, cada vez que el fénix se alejaba, volvía con más fuerza y más temerario que antes, decidido a provocar algún rugido de agonía del demonio.

Girándose para seguir al fénix, Ka'Bandha cambió de táctica. La cadena de su martillo se ardió en rojo al girarla por el aire, luego voló. El Devorador de Almas había sincronizado su tiro a la perfección, y los eslabones forjados en el infierno rodearon el cuello del fénix y se clavaron profundamente. Ashtari gritó y batió sus alas en un intento de liberarse, pero la fuerza de Ka'Bandha era demasiado grande. Mano tras mano, el Devorador de Almas atrajo al fénix, ignorando la tempestad de fuego con la que Caradryan lo golpeaba. Ashtari clavó las garras y mordió al demonio, las heridas manchadas de icor brillaron brevemente, pero no alteró su destino. Ka'Bandha dio un último impulso, atrayendo al fénix hacia un mortal abrazo. Luego hundió sus colmillos profundamente en el plumaje ardiente del pájaro de fuego y arrancó la garganta de Ashtari.

Ashtari se quedó inerte al momento, las llamas de su ser se tornaron sombrías y apagadas mientras la magia dejaba su cadáver. Dando voz a un raro grito de ira, Caradryan saltó de su silla mientras el Devorador de Almas dejaba caer el cadáver de Ashtari. La alabarda del Encarnado resplandecía mientras cortaba el aire, el golpe concediéndole la fuerza mientras que la gravedad arrastraba a Caradryan rápidamente hacia tierra. La hoja golpeó la corona de bronce de Ka'Bandha, dividiendo su cresta y penetrando profundamente en su cuero cabelludo. El Devorador de Almas rugió en agonía por primera vez, y golpeó al cuerpo que caía de Caradryan, rompiendo las piernas del Encarnado como si fueran ramitas.

Caradryan golpeó el Ulricsmund con una fuerza aplastante, con su alabarda en la mano. Los Mastines aullaron al ver a la presa herida. Subieron hacia el Encarnado caído, y luego retrocedieron mientras los cascos de Ka'Bandha crujían por los escombros - nadie se atrevía a negar al demonio su matanza. Caradryan rodó sobre su espalda. Sus dedos se tensaron hacia el mango de la Alabarda del Fénix, pero estaba lejos de su alcance. Con una mueca de desprecio, Ka'Bandha levantó un casco agrietado y lo golpeó contra el pecho del Encarnado. En el momento antes del impacto, Caradryan cerró los ojos y pronunció una sola palabra, tanto una orden a la magia en su sangre como una maldición final sobre su asesino.

"¡Arde!"

Cuando el Emperador llegó al duelo, vio el casco de Ka'Bandha aplastar el pecho de Caradryan, y vio también chispas de llamas estallar del cadáver Encarnado. Se arraigaron en la carne del Devorador de Almas, corriendo hambrientas a través de su torso y miembros, creciendo en intensidad hasta que ninguna parte del demonio no estuvo en llamas. Ka'Bandha gritó mientras el Aqshy fluía sobre él. Se balanceó y tambaleó, con sus alas extendidas esparciendo el Mastines y Skaramor en su sombra. Viendo una apertura, el Emperador instó a Garra de Muerte.

Cuando el hombre y el grifo se acercaron a Ka'Bandha, el tono del Devorador de Almas pasó del dolor a una profunda y retumbante carcajada. Aunque los fuegos en su carne no habían retrocedido, el demonio había sumergido las profundidades de su agonía, y había dado cuenta de que podía soportar el dolor, porque no eran nada comparadas con las propias llamas de su nacimiento. Mientras el Emperador se abalanzaba hacia él, el Devorador de Almas atacó con su martillo. La cabeza de bronce golpeó a Garra de Muerte con el audible crujido de un ala rota. El grifo fue aplastado del aire, con su cuerpo inconsciente girando alrededor hasta que se estrelló a través de los escombros del templo. El Emperador fue arrojado de su silla de montar por el impacto, lanzado a través de los restos de una ventana de vidrio coloreado, a una la cámara sombría más allá.

Ka'Bandha pisoteó entre los escombros, con fuego enojado arrastrándose detrás de él. Garra de Muerte yacía ante él, las plumas del Grifo temblaban mientras luchaba contra la inconsciencia. Gruñendo en anticipación a su muerte, el Devorador de Almas golpeó con su martillo hacia abajo hacia el cráneo de la bestia. Sin embargo, al hacerlo, un escudo de luz brillante apareció frente a Garra de Muerte. La barrera se rompió en mil fragmentos brillantes cuando el martillo golpeó, pero la intercesión robó al golpe de Ka'Bandha toda la fuerza. Antes de que el demonio pudiera atacar de nuevo, hubo un borrón en movimiento, mientras Tyrion llegaba para oponerse a él.

Nota: Leer antes de continuar - Otro Desafío

Ka'Bandha había matado a un Encarnado, pero Tyrion era un enemigo mucho más desafiante. Incluso antes de que el poder del Hysh le hubiera imbuido, el príncipe había sido uno de los guerreros más importantes del mundo mortal, ahora era casi imparable. Por lo tanto, igualaba la fuerza salvaje de Ka'Bandha con velocidad y habilidad. Una y otra vez el martillo se estrelló, arrojando polvo y terribles pedazos de piedra en todas direcciones, pero la rapidez de Malhandir aseguraba que Tyrion nunca fuera golpeado. La cadena del mayal martillo silbaba a través del aire con cada golpe, pero cada vez, el deslumbrante filo de Colmillo Solar desviaba los eslabones antes de que pudieran atrapar a su portador.

A cambio, Tyrion atacó a Ka'Bandha con luz de destierro. Sin embargo, como en el Claro del Rey, el salvajismo de la bestia lo hacía seguir luchando. El asesinato, entonces, fue dejado al filo de Colmillo Solar, pero incluso los golpes más salvajes de Tyrion dejaban al Devorador de Almas como si nada. Con su carne ardiendo y asaltada por la luz purificadora, el Devorador de Almas estaba más allá del dolor que Tyrion podía causar. Los sonidos que gritaba eran amenazas y gruñidos, no gritos de agonía, y Ka'Bandha se puso incluso aún más salvaje cuando el elfo comenzó a cansarse.

La anarquía reinaba a través del Ulricsmund. Los Skaramor y los mastines prestaban poca atención a las tácticas, y simplemente iban a donde la matanza los llevaba. Al principio, esto funcionó a favor de los elfos y de los caballeros humanos, que se movían y cargaban para que sus lanzas y espadas siempre golpearan al enemigo donde no estaban preparados. Allí donde el camino estaba bloqueado, los dragones rugían por encima, y sus llamas forjaban caminos de carne retorcida y ennegrecida a través de la horda del Caos. Sin embargo, a medida que avanzaba la batalla, el equilibrio de poder se alejaba de las fuerzas de los Encarnados.

Con la muerte de Caradryan, el poder del Aqshy comenzó a dejar a los elfos que habían luchado a su lado. Los fuegos se desvanecieron de sus espadas y la furia de sus corazones. Por otra parte, cuando el Emperador fue golpeado de los cielos, muchos de los caballeros Imperiales sintieron la garra de la consternación en sus corazones. Continuaron luchando, pero el repentino choque de la caída de su líder hizo que muchas cargas acabaran en desorden, y los Skaramor se apresuraron a tomar ventaja. Sólo los Druchii que luchaban por Tyrion mantuvieron su altanera compostura. El capitán de la Guardia del Fénix había sido su enemigo mucho más tiempo que su aliado, y el Emperador humano era, por definición, un ser inferior.

Las bajas de los Encarnados fueron cada vez más altas, y los gritos de guerra y el choque del acero resonaron en la ciudad, atrayendo a nuevos guerreros a la lucha. Kurgan, Skaven - incluso algunos supervivientes bestiales de la masacre de la Middenplatz - acudieron al Ulricsmund y se lanzaron en la batalla.

¡WAAAGH!

La horda de Grimgor se derramó en el Ulricsmund desde el sur, la súbita avalancha de rebanadoras y porras de hierro destruyeron a los Skaven que habían llegado pocos momentos antes. Mientras los supervivientes del Ejército de la Sombra avanzaban más cautelosamente detrás, el grito del ¡Waaagh! aumentó otra vez, y los orcos cargaron atronadoramente con la bienvenida furia de la batalla.

Las partidas de guerra Skaramor cambiaron de rumbo para oponerse a los recién llegados. Gritaron sus crudos gritos de batalla, chocaron sus hojas manchadas de sangre y lanzaron cabezas cortadas a las filas de pielesverdes. Tales demostraciones sanguinarias les habían servido de mucho antes, pero no tenían ningún efecto en los orcos, que simplemente rugían cada vez más y aumentaban su ritmo de vanguardia. Las dos líneas se cerraron de golpe con un ruido lo suficientemente fuerte como para ser escuchado a través del Ulricsmund, con la fuerza del impacto arrojando a norteños acorazados y a sangrantes pielesverdes saltando por el aire, o volando contra sus propias filas.

Grimgor luchaba a la cabeza de los orcos, el estandarte de los Inmortales cerca a su espalda. Los ogros, sin embargo, mostraban una fracción más de buen juicio, y se mantuvieron atrás lo suficiente como para que sus Escupehierros fueran situados a través del mutilado montón de Skaven muertos. Cuando la última máquina de guerra estaba en su lugar, teas de fuego fueron acercadas a las mechas y una descarga de pesadas balas de hierro azotó el Ulricsmund, desgarrando agujeros sangrientos en el flanco de una partida de guerra de Skaramor y casi borrando a una gran cantidad de caballeros Kurgan. Un coro de risas profundas resonó ante el espeluznante espectáculo, y luego los ogros avanzaron sobre los sangrientos restos de los Kurgan.

Pocos de los caballeros de Tyrion estaban atentos a las repentinas llegadas del sur. Aquellos que lo hicieron, dieron la bienvenida a la llegada del ¡Waaagh Bestial!, al menos mientras golpearan sangrientamente a los Skaramor. Aún así, muchos caballeros eligieron luchar batallas que los condujesen hacia el norte, lejos de los impredecibles pielesverdes que presionaban desde el sur.

Los caballeros que luchaban hacia el norte encontraron un fresco respiro con la llegada de Balthasar Gelt y Alarielle. Mercurio había llevado a los dos Encarnados por las serpenteantes calles del norte, siempre escogiendo la evasión sobre conflictos innecesarios.

Ambos sentían la carga de los aliados muertos o abandonados, y habían prometido silenciosamente que los sacrificios hechos por Hammerson, Durthu y Vlad no serían en vano. Ahora el pegaso llevaba sus cargas a un terreno más seguro. La luz dorada destelló, transformando a los Skaramor en estatuas sin vida, y para entonces Gelt y Alarielle estaban entre las lanzas y escudos de la Reiksguard.

Aunque nunca lo habría admitido, Tyrion estaba sobrepasado. Ka'Bandha parecía impermeable al dolor y a la fatiga, continuaba luchando aunque su carne estaba carbonizada y agrietada por las llamas del Aqshy. El Devorador de Almas luchó con el mayal martillo y el hacha ahora, las armas girando con energía berserker.

Tyrion se apoyó en la silla. La hoja del hacha rasgó el aire por encima, dividiendo un pilar de granito en dos y derribando una estatua de Ulric. La piedra que caía habría aplastado al elfo, si Malhandir no hubiera empujado hacia adelante en ese momento, galopando alrededor de las piernas de Ka'Bandha. Mientras una gigantesca y ardiente ala le pasaba por encima, Tyrion se levantó de nuevo en los estribos y cortó la membrana coriácea. El ímpetu de Malhandir, unido al filo impecable de Colmillo Solar, atravesó no sólo la membrana del ala, sino también a través de tres de sus venas óseas.

Por fin, Tyrion provocó un rugido de dolor. El Devorador de Almas se extendió hacia él. El hacha de Ka'Bandha siseó de nuevo, con el objetivo de dividir al príncipe en dos. Colmillo Solar se levantó para encontrarla, la hoja ardía con la luz de Tyrion. Hubo un chirrido destroza oídos y un destello de luz cuando las dos armas se encontraron, pero Colmillo Solar probó ser una hoja superior. Un vasto fragmento de la cabeza del hacha de Ka'Bandha se desprendió para caer entre los escombros, pero tal fue la fuerza del golpe que Tyrion fue golpeado hacia atrás fuera de su silla y cayó al suelo.

Deshaciéndose de su hacha arruinada, Ka'Bandha dio un paso adelante con un bramido de triunfo y levantó su casco derecho en alto, para pisotear la vida de Tyrion como lo había hecho con su compañero Encarnado.

Ka'bandha vs nagash batalla por middenheim

Nagash llega al Ulricsmund a enfrentarse a su mayor enemigo

En ese momento, un vendaval repentino surgió a través del Ulricsmund. Soplaba desde el sur, salía de las calles quemadas del Distrito Mercantil y aullaba a lo largo del flanco occidental de la gran excavación. Con ella surgió una nube oscura y arremolinada, que se agitaba y palpitaba con energía pavorosa. Por donde pasaba la nube, los combatientes caían sin vida; su piel se desecaba y agrietada, y sus armas y armaduras se desmenuzaban hasta convertirse en polvo. No hacía distinción alguna entre los bandos que luchaban: los orcos y los elfos perecieron bajo su abrazo al igual que los Skaven o los norteños. A medida que la nube se acercaba a Ka'Bandha, se deshizo, y los esparcidos zarcillos de vapor revelaron una figura con túnica tan sombría como la muerte misma. Con un brillo oscuro, Zefet-nebtar, la Espada Mortis, fue desenvainada.

Con Tyrion olvidado, el Devorador de Almas se lanzó contra su nuevo enemigo. Su martillo se acercó para bloquear el golpe de la Espada Mortis, las chispas volaron mientras el arma demoníaca y la espada maldita competían por la supremacía. Ni Nagash ni Ka'Bandha encontraron la victoria en ese primer choque, y las armas se retiraron con el sonido del bramido renovado del Devorador de Almas y el traqueteo mortal del liche.

Nagash no había tratado de salvar la vida de Tyrion. De hecho, el Gran Nigromante ni siquiera se había dado cuenta de su presencia a los pies de Ka'Bandha; tanto el príncipe como su fiel corcel habrían perecido si no hubiera recuperado el sentido para lanzar un escudo contra la llegada de Nagash. Más bien, el Señor Supremo de los No Muertos detestaba combatir físicamente y había decidido dar un ejemplo del enemigo más poderoso sobre el campo de batalla ahora que se había visto obligado a mancharse.

Desapercibido, Malhandir llevó al exhausto Tyrion mientras los dos semidioses intercambiaban golpes que habrían destrozado una montaña. Nagash igualaba la fuerza del Devorador de Almas con su fuerza, pero la Espada Mortis no era su única arma. Nueve tomos de sabiduría ligada a la carne realizaban órbitas alrededor del Gran Nigromante mientras luchaba, sus páginas revoloteando y chispeando con energía amatista mientras Nagash se basaba en su poder.

Por fin, Ka'Bandha se había encontrado con un enemigo que era su igual. Sin embargo, esto era del gusto del Devorador de Almas, ya que consideraba que el cráneo de Nagash era el mayor premio en el Ulricsmund. Ignorando el frío viento que le arrancaba la carne, extinguiendo por fin las llamas de Caradryan, golpeó al liche con todas las fuerzas que poseía. Su mayal martillo giró y golpeó con un ritmo de castigo, disparando fragmentos de piedra de disformidad de la maldita espada del Gran Nigromante, pero recibiendo cicatrices en respuesta. La cadena de púas azotó para destrozar los huesos de Nagash, pero el liche solo se echó a reír mientras la flameante magia amatista se deslizaba a lo largo de sus miembros y restauraba su cuerpo roto. Sin embargo, ni la furia de Ka'Bandha ni las brujerías de Nagash podían romper el estancamiento - los enemigos estaban demasiado igualados.

Sin embargo, al luchar con Nagash, Ka'Bandha había olvidado completamente la cacería que lo había traído al Ulricsmund en primer lugar. Se había olvidado del Emperador.

Nota: Leer antes de continuar - Tesoro en la Oscuridad

Un relámpago ardió por el cielo. Este no era el rayo rojo sangre de los últimos días, sino un rayo enojado de luz celestial. Golpeó la cúpula del devastado Templo de Ulric, y chisporroteó a través de su abollado techo. El trueno crepitó, nítido y claro, y el relámpago cayó otra vez. Con el segundo proyectil, la fachada frontal del templo explotó, con trozos de mampostería y ladrillo arrojados hacia el exterior por la explosión. También llegaron cuerpos de Skaramor y mastines, lanzados de las profundidades del templo por un repentino renacimiento de poder, y el cuerpo herido de Garra de Muerte se perdió de vista. Ka'Bandha y Nagash se alejaron de la luz, el Gran Nigromante recordando el momento de una humillación de hacía mucho tiempo a las puertas de Altdorf.

Tyrion vio la luz, y con ella la revelación de una verdad que había conocido desde su regreso de entre los muertos. Karl Franz no había renacido durante la caída de Altdorf. Su cuerpo había sido restaurado, en verdad. Sin embargo, la voluntad que lo impulsaba no era suya, sino la de Sigmar Heldenhammer, cuyo espíritu había estado atrapado dentro del Viento de los Cielos durante más de dos mil años. Sin embargo, sin su legendario martillo - sin Ghal Maraz - el primer Emperador no había renacido entero, no al principio. Archaón había explotado sin saberlo esta debilidad cuando había despojado al Emperador de su Encarnación en Averheim. Sin embargo, el Elegido no había - no podía - comprender verdaderamente la naturaleza de su enemigo. Para Archaón, Sigmar era un mito, una mentira, pero Archaón se había engañado a sí mismo, había leído sólo lo que deseaba ver en las profecías de Necrodomo el Loco. Ahora, con Sigmar y su arma legendaria reunidos, el poder de los cielos era suyo una vez más, y la esperanza renació.

Todo el Ulricsmund sintió el repentino cambio de fortuna. Los mastines aullaron con repentino terror, y los Skaven gritaron de consternación. Los caballeros del Imperio, que habían luchado en el bando de Sigmar durante muchos meses, sin saber la verdad hasta ahora, sintieron que todo el cansancio caía de sus huesos. Una alegría repentina brotó sobre el temor y el odio que habían dominado sus últimos días, y cayeron sobre sus enemigos con una furia que no tenía dilación. Los Encarnados restantes miraron hacia el Templo de Ulric, y reconocieron la verdad del regreso del Emperador. Sólo los orcos no se dieron cuenta de la importancia de lo que acababa de ocurrir. Continuaron su trabajo sangriento, sin temor ni consternación por la furia de los cielos.

Nota: Leer antes de continuar - Los Últimos Momentos del Mundo

Karl franz recupera ghal maraz batalla por middenheim

Sigmar renacido aparece de los restos del Templo de Ulric

En la cima del Ulricsmund, un relámpago golpeó el templo por tercera vez, y luego ardió hacia afuera a través de la fachada destrozada. Excepto que esta vez, Garra de Muerte estaba a la cabeza. El grifo estaba ensangrentado; un ala todavía estaba rota y sin vida donde el martillo de Ka'Bandha lo había golpeado desde el cielo, pero la furia en su voz era terrible de oír. Sigmar cabalgaba sobre los hombros del grifo, Ghal Maraz resplandeciendo con luz brillante en su mano.

Garra de Muerte surgió adelante, impulsado a través de los escombros por poderosas garras. Un relámpago salió de la cabeza de Ghal Maraz. Golpeó en el centro del pecho de Ka'Bandha, derritiendo su armadura y arrojándolo hacia atrás. El Devorador de Almas gritó, con sus pezuñas marcando dos surcos entre los escombros mientras trataba de estabilizarse. Entonces rugió y fue a encontrarse con el Emperador. Nagash no hizo ningún movimiento para detenerlo - el Gran Nigromante no tenía ningún deseo de hacer la existencia de Sigmar más fácil de lo estrictamente necesario.

Ka'Bandha y Garra de Muerte se golpearon entre sí a medio salto. El martillo del Devorador de Almas golpeó con amplitud, pero el del Emperador no lo hizo. Había sido apodado "Rompecráneos" por su forjador, y una vez más probó la aptitud de ese nombre. La cabeza inscrita con runas golpeó la corona de Ka'Bandha con un repiqueteo hueco, agrietando el metal.

Con un rugido, Ka'Bandha cayó hacia atrás, estrellándose contra los escombros del Ulricsmund, con el impacto arrojando una nube de polvo. Garra de Muerte estaba sobre él en un abrir y cerrar de ojos, el peso del grifo sujetaba al Devorador de Almas mientras el Emperador preparaba otro golpe. Este segundo golpe fue incluso más poderoso que el primero, la cabeza del martillo arrastraba rayos mientras daba en el blanco. El cráneo de Ka'Bandha se rompió con un agudo crujido, moteando al Emperador y a Garra de Muerte con fragmentos de hueso manchado de icor. El demonio convulsionó una vez y no se levantó. Finalmente, su forma física fue asesinada, y su espíritu monstruoso volvió al reino del Caos.

Esto marcó el punto de inflexión en la batalla del Ulricsmund. Con Ka'Bandha asesinado, el espíritu sediento de sangre que había guiado a sus mastines se desvaneció en nada. Los mastines aullaban y huían, o se encogían, esperando el inevitable golpe mortal. Skaven y Kurgan se retiraron en masa, buscando refugio en las ruinas más allá del Ulricsmund. Algunos Skaramor continuaron luchando. Sin embargo, los brutales guerreros del ¡Waaagh Bestial! fueron atraídos por sus estandartes sangrientos como moscas al estiércol, y uno por uno, los tótems de cráneos cayeron, con sus portadores muertos o huyendo. A medida que los Encarnados reunían las fuerzas que les quedaban, los pielesverdes y ogros perseguían a sus vencidos enemigos hacia lo más profundo de la ciudad. Sólo quedaba Grimgor y sus Inmortalez. El señor de la guerra estaba atado por su deseo de ser el mejor que el Elegido que esperaba en el corazón de la excavación, y sus guardaespaldas por su férrea lealtad a la voluntad de su amo. Malekith habló por Grimgor, su tono de alguna manera logró tender una línea entre el respeto por su nuevo "líder" y un desafío mortal a cualquiera que tratara de burlarse de su estatus. Así, la extraña alianza que había comenzado en el Wynd se extendió ahora a todos los Encarnados.

Cuando el alboroto de la batalla se desvaneció en las calles circundantes, los Encarnados reunieron sus fuerzas ante la entrada de la gran excavación. La barrera de la llamas de disformidad todavía estaba en su lugar, el canto de los demonios y hechiceros tras ella se había redoblado después de la derrota de Ka'Bandha.

Invocando toda la fuerza de su poder, los Encarnados golpearon esa barrera con el majestuoso espectro de la magia, o casi. Con la muerte de Caradryan, el poder del Aqshy se había perdido, pero su ausencia no fue muy sentida. Asaltado por los ataques duales de luz y sombra, de vida y muerte - martilleado por rayos celestes y rayos dorados transmutativos - las magias de la barrera comenzaron a cambiar y agrietarse. Sólo Grimgor no hizo ningún intento de desatar su latente potencial arcano, porque el orco todavía no entendía muy bien el destino que le había sobrevenido. En cambio, levantó su hacha una vez, lanzó un desafío sin palabras ante las palpitantes llamas de disformidad y golpeó la barrera con todo su considerable poder.

Mientras Gitsnik impactaba, las magias de la barrera se derrumbaron. Las llamas se rompieron hacia adentro como chorros de líquido ardiente de muchas tonalidades, y la inundación llevó a los creadores de la barrera a un olvido ceniciento. Grimgor gritó en triunfo. Como si respondiera, la Fauschlag dio un súbito estremecimiento. El camino estaba abierto, pero ¿era demasiado tarde?
Batalla por Middenheim
Prefacio | Expresión de Fuerza | Contendientes | La Caída de la Sombra | Parar a la Bestia | Muerte en el Mirador | Muere Bien | Choque entre Vida y Muerte | Último Abrazo | Lucha por los Huesos de Ulric | Otro Desafío | Tesoro en la Oscuridad | Los Últimos Momentos del Mundo | Tras la Batalla por Middenheim

Fuente Editar

  • The End Times V - Archaón
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