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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Orion tyrion batalla de withelan

Los Elfos Silvanos defienden a Alarielle ante las exigencias de Tyrion

Aunque era un secreto conocido por pocas personas vivas, Ariel, Reina de Athel Loren, había estudiado una vez la más oscura de las magias. Su tutora no había sido otra que Morathi, que había compartido los conocimientos con el fin de que se le perdonara la vida. Pero la Hechicera Bruja siempre había sido astuta; a través de sus lecciones, plantó una semilla secreta en el corazón de Ariel. Esta corrupción llevó la Reina de Loren a la locura. La locura con el tiempo pasó, pero Ariel no se había curado realmente. La semilla de la oscuridad se había mantenido parte de la Reina Maga en todas las estaciones que siguieron, dormida, esperando la llamada de Morathi. Aunque la propia Ariel estaba muerta, una parte de ella vivía en Alarielle, y una parte de la semilla oscura también se había traspasado. Ahora, mientras la risa de Morathi cortaba a través del claro, la cáscara de magia se abrió y malignas punzadas excavaron profundamente en el alma de la Reina Eterna.

Araloth no sabía nada de esto. Sólo oyó el grito desgarrador de Alarielle y la vio caer. El Señor de Talsyn se estaba moviendo hacia la reina, incluso antes de que cayera, incluso antes de que las raíces que ataban a la hueste de Tyrion se marchitaran y murieran. Mientras Araloth se ponía en cuclillas al lado de la Reina Eterna, se lanzaron los primeros gritos de traición, con las primeras flechas volando detrás. El Señor de Talsyn vio el líquido negro aceitoso que goteaba desde la boca y los ojos de Alarielle, pero entonces un grito de triunfo y de madera rompiéndose le dijo que Tyrion estaba libre. Levantándose, Araloth se volvió hacia el príncipe.

A pesar de los acontecimientos que se desarrollaban en torno a él, Tyrion parecía casi en calma. Guió a Malhandir hacia Araloth, e hizo apartarse al Señor de Talsyn a un lado. Como respuesta, Araloth levantó la lanza. No albergaba ilusiones en cuanto a su capacidad para derrotar a Tyrion, pero se mantuvo firme mientras la muerte venía a reclamarlo.

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El cuerno de Orión resonó en el claro, y los demás cuernos se elevaron para unirse a él. Las fuertes notas bailaron en el aire, despertando tal ferocidad que incluso las frías y calladas hermanas de la guardia de doncellas sintieron su sangre hervir. Como uno, los guerreros de la Reina Eterna se lanzaron hacia delante con las lanzas y espadas. Las flechas fueron colocadas y disparadas a la carrera, silbando a través del aire como precursores de la futura refriega. Sólo Araloth, y un pequeño grupo de la Guardia Eterna, resistieron el sonido del cuerno. Su deber era llevar a Alarielle a las ruinas en la parte trasera del ejército, donde la profetisa Naieth guiaba las acciones de sus Cantores de los Árboles.

La batalla de Withelan no era la más grande de su tiempo, pero fue una de las más ferozmente combatidas. La sombra de Khaine caía más pesada sobre Tyrion cada día, y prestó fuerza y furia a los seguidores del príncipe como seguramente lo hizo con él. Sin embargo esos asrai que habían venido a Avelorn habían comprometido su vida a la Reina Eterna, y derramarían su sangre con mucho gusto en su defensa.

Más determinadas estaban las hermanas de la guardia de doncellas, que habían tratado a la Reina Eterna como una diosa viviente mucho antes de que sus lejanos parientes hubieran declarado que así era. Estos veteranos de la guerra contra los demonios ponían ahora en uso fácilmente sus lecciones - y sus espadas - contra sus parientes traidores sin remordimientos. Muchas de las hermanas más mayores habían pensado durante mucho tiempo que la Maldición de Aenarion hizo a Tyrion un mal compañero para su reina, y vieron ese día todas las pruebas que podrían haber deseado.

Durthu batalla de withelan

Durthu se une a la matanza

En el centro del claro, Tyrion luchaba como un animal enjaulado. Estaba rodeado por todos lados por los adeptos salvajes de Kurnous, pero sus lanzas no podían encontrar ninguna debilidad en su armadura, salvo la desgarrada muesca de la lanza de Imrik, y el príncipe tuvo cuidado de mantener ese lugar bien guardado. La sangre volaba mientras la Hacedora de Viudas golpeaba una y otra vez. A pesar de todo, Tyrion rabiaba y maldecía, decidido a llegar a Alarielle. Los jinetes salvajes caían muertos y moribundos alrededor del príncipe, pero ninguno entre ellos trató de huir.

Detrás de los jinetes salvajes llegaron otros señores de los caballos, guerreros de la Marca Celeste y Witherhold cuyas flechas volaban más certeras al galope que las que otros disparaban en reposo. Tras ellos llegaron las lanzas de la guardia eterna, y las grandes hachas de los leones, con sus portadores llevando un serio semblante en macabro contraste a los saltarines bailarines guerreros que rápidamente los alcanzaban. Al borde del claro, se movían formas a través de los árboles mientras ágiles dríades buscaban enemigos incautos en los que clavar sus garras. Más atrás, las sombras se cernían más vastas, con la tierra temblando mientras Durthu dirigía un grupo de hombres árbol contra el flanco norte de Tyrion.

Al ver a su señor asediado, los caballeros de Ghrond y Cothique se impulsaron hacia delante, pero su carga se rompió mientras Orión lideraba más jinetes salvajes a la refriega. El Rey del Bosque chocó contra las gruesas filas de caballeros gélidos, indiferente de las garras y las puntas de lanza que se clavaban en su carne. La Lanza de Kurnous golpeó, destripando a tres caballeros en armadura de placas y lanzando a otro de la silla. Durante un momento, el elfo oscuro gimió en el suelo, ya que sus piernas se habían roto con la fuerza de su caída. A continuación la pezuña de Orión bajó, las costillas del caballero se astillaron y los gritos cesaron. Orión continuó presionando a través de la batalla, con cada uno de sus pasos acercándolo a la que había vencido a su reina. Sin embargo, al igual que Tyrion era acorralado por sus enemigos, también lo estaba el Rey del Bosque. No había mucha distancia entre los dos, pero bien podrían haber estado en orillas opuestas del Gran Océano.

Esta ya no era una batalla de arqueros, sino de espadas. Las descargas iniciales se habían cobrado un alto precio en la hueste de Tyrion, pero ahora los escudos se levantaban juntos, y las flechas de Avelorn y Athel Loren perdían su fuerza contra la madera y el acero. Korhil lideraba el flanco sur, con sus veteranos soldados de Cracia de su fallida campaña. Adranna luchaba a su lado, con los encantamientos oscilando entre la luz y la oscuridad mientras equilibraba la tutela de décadas con las artes siniestras que Morathi había inculcado en su interior. Más al norte, Dalroth y Dannor incitaban a los guerreros de Ghrond y Cothique a la masacre. Donde Korhil se esforzaba por conservar su maltrecho honor, los hermanos no conocían tal restricción. Tratando de superar las crueldades de los otros, lanzaban a sus guerreros a la batalla como harina para ser molida en el molino, haciendo caso omiso de las vidas perdidas debido a su imprudencia. A medida que los cuerpos de sus súbditos se apilaban en el campo de batalla delante de ellos, el Príncipe Geron, uno de los asesores de mayor confianza de su padre, trató en dos ocasiones de atemperar la necedad de los hermanos. En el segundo intento, Dalroth abrió la garganta del viejo soldado antes de tirar su cuerpo en la boca de un kharibdyss.

Elfos silvanos driades hombres arbol

Elfos, Dríades y Hombres Árbol unidos ante Tyrion

El claro se sacudió cuando los dos ejércitos se enfrentaron seriamente, con los salvajes gritos de batalla de los elfos silvanos en duro contrapunto a los melodiosos cánticos de guerra de los altos elfos. Sólo los guerreros de Ghrond luchaban en silencio, como era su costumbre. Poco importaba, ya que su señora era lo suficientemente estridente como varias veces su número.

La risa de Morathi era un viento racheado que llegaba a todos los rincones de Avelorn, y a muchas tierras más allá. Esta confrontación no había sido culpa de sus manipulaciones, pero la Hechicera Bruja estaba determinada a drenar cada dulce gota del cáliz que se le presentaba. No había olvidado su humillación cuando Ghrond había caído bajo los elfos silvanos hacía mucho tiempo, y si Ariel estaba fuera de su alcance, entonces la Hechicera Bruja buscaría tomar venganza sobre sus herederos. Los vientos de la magia, tan gruesos y dulces mientras flotaban a través Avelorn, se adaptaban fácilmente a la voluntad de Morathi, ondulando e hinchándose mientras profundizaba con avidez. La risa tomó ahora la forma de hermosas palabras, subiendo y bajando de tono mientras la reunida magia latía. Cuando el encantamiento de Morathi alcanzó su clímax, hubo un crujido ensordecedor.

Korhil sintió el aire ir silencioso y sin vida y vio la nube de turbulenta niebla negra salir de las manos de la Hechicera Bruja. Elfos y dríades se apartaban de su trayectoria. Tentáculos segmentados, gordos y rosas, sobresalían del vapor, dejando ronchas de un verde lívido dondequiera que golpearan. El capitán vio una partida de guerra de elfos silvanos huir mientras la nube se abalanzaba sobre ellos, con los guerreros tirando a un lado sus lanzas mientras trababan de apartarse. No todos llegaron a la seguridad. Unos pocos, los más lentos, se desvanecieron cuando la niebla pasó sobre ellos. Otros gritaban de pánico mientras los tentáculos se ataban alrededor de sus extremidades, arrastrándoles hacia atrás de manera constante hacia la insondable oscuridad. Korhil vio a un elfo ser arrastrado a la nube, mientras trataba de ayudar a su compañero, y otro se liberó cuando una flecha certera cortó el tentáculo alrededor de su cintura. Sangre verde brotó de la herida y hubo un gemido agudo desde algún lugar de la oscuridad, pero aún así la nube continuó, dejando un rastro de hierba marchita y un ejército de limpios esqueletos tras de si.

Araloth llegó junto a Naieth mientras los místicos del ejército trataban de deshacer el conjuro de Morathi. La nube negra ya se acercaba al anillo de lanzas de Torgovann y arcos de Avelorn en los que se cobijaba el grupo de Naieth, y no había tiempo para medidas sutiles. A Araloth le pareció que el bosque gemía mientras Naieth forjaba su contrahechizo. A su alrededor, hojas que habían permanecido verdes desde el principio de los tiempos se marchitaron y cayeron sin vida al suelo. Los árboles que habían soportado el paso de siglos envejecieron a polvo mientras los Cantores de los Árboles absorbían la magia de sus raíces para contener la arremolinada nube. Con un fino silbido, el vórtice de oscuridad se dispersó como humo en la brisa, y una ovación corrió por las filas de elfos silvanos. Tres de los cantores de los árboles se derrumbaron, podridos desde el interior por la magia que habían deshecho, y Naieth cayó pesadamente hacia adelante sobre su cayado, con su fiel búho aleteando consternado sobre su cabeza.

Boceto elfo silvano

Arquero Elfo Silvano

Mientras Araloth colocaba cuidadosamente a Alarielle en el suelo, Naieth convocó a otros magos a su lado. La nariz de la profetisa se arrugó con disgusto, pero aseguró a Araloth que el daño podría deshacerse, si les daban tiempo. Por desgracia, parecía que el tiempo era lo único que los elfos silvanos no podían permitirse. Mientras Naieth se dedicaba a la elaboración de una bendición para expulsar el veneno de Morathi, un grandísimo grito estalló más allá de las líneas de Torgovann.

Nuevos enemigos habían llegado, riendo y bailando mientras despedazaban a través de las líneas de lanzas. No llevaban armadura, estas recién llegadas, sólo máscaras de oro a semejanza de los demonios. Luchaban con una gracia increíble, con cada movimiento fluyendo sin problemas hacia otro, con sus látigos de tela metálica arremetiendo para cortar gargantas y venas. Dejando a Alarielle bajo la atención de Naieth, Araloth ordenó a su propia partida de guerra sumarse a la lucha. Sin embargo, aún cuando el Señor de Talsyn corría, el centro de la muralla de lanzas se desintegró, y el camino hacia la Reina Eterna quedó abierto. Con un fresco coro de triunfo, las atacantes cargaron hacia la brecha, y Araloth supo que no llegaría a tiempo. Pero había uno que si podía.

Pasando a través de los cadáveres con una seguridad que contrastaba con su ceguera, Daith de blanca melena, Señor de Torgovann, gritó un desafío a las doncellas de látigos Naggarothi. Con sus pulmones ardiendo con el esfuerzo, Araloth escuchó a la gladiadora que las lideraba hacer algunos comentarios de burla, y entonces la vio caer muerta sobre el suelo, con su cabeza cortada limpiamente con un solo golpe impecable. Araloth ni siquiera había visto moverse la espada de Daith. Las otras atacantes enmascaradas se lanzaron hacia adelante antes de que la cabeza de su líder golpeara contra el suelo. Llegaron juntas, con sus látigos dando vueltas, tratando de abrumar al viejo elfo tanto con su número como por habilidad. No tenían por qué haber hecho el esfuerzo.

Mientras los pateantes pies de Araloth se comían el suelo entre él y las líneas Torgovanni, se dio cuenta de que, incluso si él llegaba a la venerable edad de Daith, que nunca sería capaz de luchar como lo hacía el señor ciego. Donde las enmascaradas Naggarothi eran salvajes y teatrales en sus ataques, Daith era comedido y eficiente, sin mover la espada una pizca más de lo necesario. Con un movimiento de su muñeca, la amplia punta de la espada de Daith apartó un látigo de púas a un lado; con otro, abrió la garganta de una atacante hasta el hueso. Los movimientos de Daith eran obras de arte, tan delicados pero inflexibles que hacía a todos los demás parecer torpes en comparación. La brecha en la línea era de quince escudos de ancho, y los atacantes un enjambre de látigos y escudos, pero Daith las contuvo.

Por fin la partida de guerra de Araloth alcanzó la brecha. Daith ladeó la cabeza para encarar sin ver a Araloth, y luego torció los labios en una sonrisa. Alzadas lanzas condujeron a la última de las mujeres enmascaradas a distancia, pero no antes de un último acto de despecho. Una de las elfas enmascaradas, que había estado fingiendo su muerte a los pies de Daith, se levantó e internó una daga profundamente hasta la empuñadura en su pecho. Con un grito que mezclaba el dolor y la ira, Araloth arremetió con su lanza hacia adelante para matar a la agresora. De repente, descorazonado, el enemigo huyó. Abandonando su arma, Araloth atrapó a Daith mientras caía.

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Un grito desde atrás de Araloth le dijo que los elfos oscuros habían reunificado su valor. Posando suavemente el cuerpo de Daith en el suelo, el Señor de Talsyn tomó su lanza una vez más y volvió a la lucha.

Más al norte, la batalla se estaba tornando en favor de la Reina Eterna mientras los guerreros de Ghrond se dispersaban ante los hombres árbol. Las falanges de Cothique, más disciplinadas que sus primos oscuros, mantuvieron su posición, pero con poco éxito. El asalto de los hombres árbol era tan lento e inevitable como una raíz rompiendo a través de la roca. Las lanzas se hacían añicos contra la gruesa corteza, y los huesos se rompían cuando los nudosos pies caían hacia abajo. Los elfos gritaban de repentino miedo mientras las enredaderas izaban sus pataleantes cuerpos hacia lo alto, para arrojarlos de nuevo sobre sus semejantes.

Viendo el peligro de los hombres árbol, Dalroth ordenó que las bestias de guerra de Ghrond fueran enviadas contra ellos. Los látigos resonaron afiladamente en el aire frío mientras los monstruos de Naggaroth eran lanzados hacia la trayectoria de los hombres árbol. Enormes kharibdyss, tan torpes en tierra como feas eran, se deslizaron hacia delante, con sus fauces abriéndose y cerrándose con avidez. Las hidras llegaron detrás, eructando llamas que prendían rápidamente en la carne de los espíritus del bosque.

Muchos hombres árbol perecieron, consumidos por el fuego o derribados por oscuros hechizos, cada uno llevándose gran número de víctimas del enemigo antes de morir, pero Durthu era imparable. Ningún fuego prendía sobre su corteza, y ni garras ni colmillos podían perforarle. Su espada rúnica brilló en un arco de plata, y la sangre maldita de los kharibdyss cayó azul sobre la hierba. Una hidra rugió y se lanzó hacia Durthu, pero la espada destelló para cortar dos de sus cabezas, y una tercera se hizo pulpa bajo el impacto de un poderoso puño.

En el centro del claro, Tyrion al fin se abrió paso a través de los jinetes salvajes. El príncipe parecía ahora más demonio que elfo, ya que su armadura estaba manchada de sangre, y su rostro afilado era un rictus de abandono. Pateando al último de los Hijos de Kurnous de la hoja de la Hacedora de Viudas, el príncipe instó a Malhandir hacia delante a través del frío aire, gritando a los caballeros sobre Orión para que le dejaran paso.

El Rey del Bosque luchaba encima de un montículo de ensangrentados muertos no menos macabro que el que Tyrion había dejado atrás. Elfos tanto de Ulthuan como de Naggaroth habían perecido bajo la lanza de Kurnous, los más brutales de los caballeros de Hag Graef y la flor nata de las casas de Cothique asesinadas tan irreflexivamente como cualquier otra presa. Orión sangraba por una docena de pequeñas heridas, y también por dos salvajes cortes, pero su fuerza estaba incólume. Un lobo yacía agachado a los pies de su amo, con su pelaje enmarañado por su propia sangre y la del caballero cuya garganta había arrancado. El otro yacía inmóvil, habiendo recibido un golpe de lanza dirigido al corazón de Orión.

Los elfos silvanos que vieron a Orión esforzarse ese día observaron una determinación que no habían observado antes, no en todos los muchos renacimientos que su rey había conocido. Ninguno sabía la causa - nadie más que Alarielle, y ella había jurado no hablar de ello. Cuando el anillo de caballeros sobre Orión se separó por orden de Tyrion, el Rey del Bosque no vaciló, sino que se lanzó de buena gana contra el príncipe con un grito salvaje.

Rara vez desde antes de los días de Aenarion se había visto tal batalla. Golpe y contragolpe sonaron mientras la Espada de Khaine se enfrentaba contra la Lanza de Kurnous, cada sonido un eco de una vieja batalla en los cielos. Aquella vez, como ahora, Kurnous luchaba contra Khaine con Isha como premio. Entonces, como ahora, era una batalla más allá de los mortales. Los caballeros de Tyrion, sin atreverse a intervenir en la batalla de su señor, volvieron sus espadas hacia afuera, rechazando a los elfos silvanos que llegaban aullando en ayuda de su rey. Pronto un anillo de sangre y cadáveres delimitaba la contienda de dioses, pero ni la guardia eterna ni los bailarines guerreros atravesaron el círculo.

Jinetes salvajes orion

Las Lanzas de Orión

Orión podía sentir su fuerza desvanecerse. La Hacedora de Viudas había atravesado la carne del rey en muchos lugares, y los fuegos que había evitado durante largos meses fueron convertidos en furia fresca por el beso de la hoja. A medida que la Lanza de Kurnous se rompía en pedazos bajo el golpe de la Hacedora de Viudas, Orión se levantó y agarró a Tyrion por el cuello con una mano, con la otra a punto de asestar un golpe en las blindadas costillas del príncipe. La armadura dorada de Aenarion se hundió bajo el impacto, y dos de las costillas de Tyrion se rompieron. Una tercera cedió mientras Orión martilleaba a su enemigo una vez más, este segundo golpe forzando al fin un grito de dolor de los labios del príncipe.

La Hacedora de Viudas dio un golpe salvaje, guiada más por instinto que por voluntad. Orión se agachó, pero uno de sus cuernos se fracturó bajo el impacto. Con un poderoso bramido, el Rey del Bosque dio un cabezazo de lleno a Tyrion en la cara, y medio tiró al príncipe de la silla. Mientras lo hacía, Orión recogió un fragmento de la punta de su lanza rota. Mientras Tyrion luchaba bajo su presa, Orión condujo el trozo de metal a través de la brecha que Imrik había abierto en la armadura de Tyrion, y clavó la punta en la carne del príncipe.

Este acto se llevó la última fuerza de Orión. Se tambaleó hacia atrás, con la piel brillando con los fuegos que ardían en su interior. Haciendo caso omiso de la sangre que caía desde sus propias heridas, Tyrion se levantó en la silla de Malhandir una vez más. Espoleó hacia adelante y golpeó con la Hacedora de Viudas por última vez. Con un último grito, Orión, Rey del Bosque, cayó muerto. Momentos después, era cenizas. El ciclo había terminado una vez más, con el cazador muerto bajo la mano del Destructor. Todo lo que ahora quedaba era para que la Madre lo reclamara.

El último grito de Orión no pasó desapercibido. En el momento en que sonó, los ojos de Alarielle se abrieron de golpe, la Reina Eterna se despertó tanto por ese grito como por los intentos de Naieth de reanimarla. Embargada por un repentino propósito, Alarielle se puso de pie sólo para ver a Tyrion reunir a sus caballeros supervivientes. Alarielle no había elegido a ciegas Withelan como el lugar de la confrontación. Aunque la táctica de Morathi casi la había vencido, la Reina Eterna sabía que la Hechicera Bruja tendría algún venenoso plan a mano, y había confiado en sus propios seguidores. El precio había sido alto, pero no habría triunfos fáciles por más tiempo - sólo la victoria a cualquier precio, o la derrota.

Las ruinas de Withelan no eran elfas. Habían sido levantadas en la antigüedad por un ser de terrible poder que trató de someter la magia de Avelorn - más fuerte en Withelan que en cualquier otro lugar excepto el Valle de Gaen - bajo su propia voluntad. Los monumentos habían caído, como todos caerían algún día, pero la reserva de poder se había mantenido. Morathi no podía manejarla, porque era la magia de la luz y la vida, pero era de la Reina Eterna para utilizarla, y ahora la reunía.

El suelo retumbó mientras una escalera de caracol surgía de la tierra debajo de los pies de Alarielle, elevándola casi hasta el frondoso dosel. Cuando se levantó, la Reina Eterna vio la mirada de consternación y sorpresa en el rostro de Morathi mientras intentaba y no podía hacerse con el control de la magia desatada. Alarielle sólo sentía desprecio. Al igual que muchos antes que ella, la Hechicera Bruja no había pensado en Alarielle como un enemigo digno, sólo había visto una matrona cuya función era cuidar y proteger. Era una actitud que Alarielle había encarnado durante todo el tiempo que podía recordar.

A medida que la escalera de caracol se estremecía hasta detenerse, Alarielle observó el campo de batalla. Pudo ver el suelo quemado, donde Orión había muerto, el montón de cadáveres donde Daith había luchado, los estandartes de las tres grandes naciones élficas mientras se esforzaban por decidir su destino. Pero, sobre todo, Alarielle vio a Tyrion a la cabeza de sus caballeros, con sus espadas y lanzas llevando la ruina entre los que se atrevían a impedir su paso.

"¡SUFICIENTE!"

Alarielle no era consciente de que había hablado, pero su gritó resonó a través del claro. La magia fluía fuera de la tierra y elevaba escaleras de caracol con su llamada. Latía a través del campo de batalla; caballos y gélidos se encabritaron cuando llegó a ellos, tirando caballeros de sus sillas de montar. A medida que los jinetes trataban de recuperar el equilibrio, el hechizo de Alarielle se completó. Los caballeros sintieron sus extremidades hacerse pesadas y la agonía se apoderó de sus mentes. Llamaron a la Reina Eterna, con los brazos levantados implorantes hacia aquella que lideraba su destino. Pero Alarielle no conocía la clemencia ese día.

La piel de los caballeros se hizo más gruesa y agrietada mientras la magia corría a través de ella; las armaduras y ropas cayeron, dispersándose en polvo. Sus piernas se convirtieron en raíces, y se clavaron profundamente en la espesa tierra; sus brazos, levantados en súplica, se dividieron en separadas ramas que crecían rápidamente, y hojas de brillante color verde brotaron sucesivamente desde la piel nudosa. En un momento, sólo quedaba Tyrion, protegido como estaba por la Hacedora de Viudas. De sus caballeros, la única señal de que habían existido eran las encantadas herencias enredadas en las ramas, y los patrones en la corteza que una vez podrían haber sido caras sacudidas por el dolor.

La mayor parte del ejército de Tyrion hubiera perecido ese día, si no hubiera sido por Morathi - a pesar de que sin duda actuó para salvarse a sí misma más que a cualquier otro. Mientras la onda de magia fluía a través del campo de batalla, la Hechicera Bruja invocó su propia magia. A medida que la transformación tenía lugar entre las primeras filas de las falanges de Tyrion, la Hechicera Bruja susurró una palabra prohibida. No había risa en su voz ahora, sólo un tono de desesperación.

Una ola de magia negra creció bajo la llamada de Morathi, atraída no desde el lecho de roca de Avelorn, sino de las almas corrompidas de los que seguían a Tyrion. Chocó con el hechizo de Alarielle a simples pies de distancia de la Hechicera Bruja, y el aire brilló en una docena de colores donde las dos mareas se unieron. Por un momento, hubo un sonido terrible de lamentos que se hizo eco a través del claro, con el centro de las hechicerías ondulando como una llama mientras chocaban. Luego, con un ruido ensordecedor, ambos hechizos implosionaron, con la onda expansiva tirando a Morathi de la espalda Sulephet y el enviando a Alarielle desmadejada de su cumbre.

Warhammer age of reckoning conceptart Hechicera Elfa Oscura (1) Daarken

Hechicera Elfa Oscura

Morathi cayó de nuevo a la espesa hierba del claro, con sangre fluyendo de los ojos y oídos y su negra alma ardiendo de dolor. Las doncellas se agruparon en torno a su señora y se la llevaron lejos del claro. Adranna se encontraba entre ellas y, si hubiera tenido la oportunidad, habría clavado un puñal en el corazón de la Hechicera Bruja. Sin embargo, la princesa juzgó que había demasiadas doncellas fieles atendiéndola para garantizar el éxito. Sacrificar una vida para librar al mundo de Morathi era una cosa; pero hacerlo para nada era algo completamente distinto.

En el otro lado del claro, un gran grito de dolor sonó mientras la Reina Eterna caía, pero uno entre el ejército eligió entrar en acción sobre la consternación. Haciendo caso omiso de las lanzas que pinchaban su gruesa carne, el poderoso Durthu echó a correr. Entonces, demostrando una gracia pocos sabían que poseía, el hombre árbol saltó hacia la escalera de caracol. Mientras los dedos nudosos de Durthu trataban de asirse sobre las piedras antiguas, dejó caer su espada y atrapó a Alarielle en el aire. El claro se estremeció mientras el hombre árbol soltaba su agarre en la escalera de caracol y caía al suelo, con una aturdida Reina Eterna en sus manos.

Mientras Durthu posaba suavemente a Alarielle, Tyrion espoleó hacia adelante desde el retorcido bosque que una vez habían sido sus caballeros, con la Hacedora de Viudas destellando. La espada ardía mientras pinchaba la piel de Durthu, con el humo negro y espeso de su paso ascendiendo hacia la herida. Quemó a Durthu como los fuegos enanos una vez le habían quemado hacía tanto tiempo, pero el hombre árbol no pronunció ningún sonido de dolor. En su lugar, envolvió los dedos de su mano libre alrededor de la longitud de la hoja y arrancó el acero de los dioses de su carne. Por un instante, el hombre árbol y el príncipe se quedaron encerrados en un cuadro extraño, ninguno dispuesto a renunciar a su agarre, Durthu silencioso, Tyrion rabiando. A continuación, los labios del hombre árbol crujieron en una mueca, y de repente liberó la espada. Tyrion, todavía reacio a entregar su arma, fue arrancado de la silla y se vio girando en un semicírculo alrededor de la cabeza de Durthu. Con un último poderoso empujón, Durthu lanzó al príncipe - Hacedora de Viudas incluida - de vuelta sobre las restantes falanges Cothiqui atravesando profundamente el bosque de detrás.

A medida que el crujido de las ramas que acompañaba la caída de Tyrion sonaba a través del claro, Malhandir relinchó en voz alta, y se alejó al galope en busca de su maestro. Mientras que los cascos del corcel tronaban alejándose, Durthu cayó sobre una rodilla, con humo goteando de su herida. Alarielle, de pie una vez más, corrió al lado del hombre árbol y puso sus manos sobre su áspera piel, con luz blanca resplandeciendo de sus dedos mientras trataba de contener el daño.

Los elfos de la hueste de Tyrion todavía no sabían que su príncipe todavía vivía. Sólo vieron a su hechicera caer, a sus caballeros masacrados y a su príncipe humillado. El ansia de batalla desapareció de los corazones y los ojos, y apremiantes cuernos comenzaron a tocar retirada. Dalroth y Dannor fueron de los primeros en darse la vuelta, ya que los príncipes habían aprendido mucho de crueldad bajo la tutela de Tyrion, pero poco de valentía. Korhil fue el último de los comandantes de Tyrion en retirarse, dando paso a sus soldados antes que él. Mientras se deslizaba hacia el bosque, el capitán se dio cuenta de que había sufrido su segunda derrota en igual número de batallas. Para ligera sorpresa de Korhil, descubrió que no estaba en absoluto apenado por la derrota.

A medida que transcurrían los hechos, Malhandir encontró a Tyrion a casi una legua en las profundidades del bosque de Withelan, y al principio el príncipe estaba determinado a continuar la batalla. Sin embargo, localizó los colores de Cothique y Ghrond corriendo más allá de él, y el cortejo oscuro que llevaba a Morathi desde el campo de batalla, y supo que sólo encontraría derrota en Avelorn ese día.

Con amargura, el príncipe se arrastró a la silla de Malhandir para unirse a la retirada.

Tyrion se había dado un doloroso golpe, y si los elfos del ejército de la Reina Eterna hacían cualquier intento de persecución podría ser mucho peor.

Lo poco que hostigaba al ejército en retirada se dejó a las dríades, que persiguieron a los enemigos que huían hasta las mismas fronteras de Avelorn. Tal como estaban las cosas, los elfos de Athel Loren y de Avelorn estaban cansados de la batalla, y tenían a sus propios muertos que atender. Las cenizas de Orión fueron reunidas en una urna de plata, y los muertos fueron llevados en camillas formadas de escudos y lanzas. El cuerpo de Daith fue acompañado por una guardia de honor de unos quinientos elfos. Aunque pocos entre el ejército conocían el secreto que se había confiado a Araloth, todos conocían al herrero por sus obras y reputación. Al anochecer, Alarielle despertó las Raíces del Mundo, y la procesión sombría volvió a Athel Loren.

Los únicos verdaderos vencedores de la batalla de Withelan fueron los árboles forjados de la carne de los guerreros de Tyrion. Renacidos en una forma más serena y contemplativa, sus raíces se deleitarían bien con el manto de cadáveres de sus antiguos aliados, con su follaje creciendo cada vez más frondoso mientras la temporada avanzaba.

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Fuente Editar

  • The End Times III - Khaine
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