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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Balthasar rostro

Balthasar Gelt regresó a Alderfen como un hombre reflexivo. Las palabras de Vlad habían calado al mago más de lo que esperaba y encontró que su mente ya no rechazaba la posibilidad de una alianza. Por supuesto, si el mago hubiese sido testigo de los horrores que El Sin Nombre se deleitaba en infligir a sus "aliados", o si hubiera sabido que Vlad había sacrificado a la guarnición de Agujadolorosa por conveniencia, entonces tal vez hubiera desarrollado una opinión diferente. Tal como estaban las cosas, Gelt no tuvo más remedio que centrarse en el hecho de que, por una vez, los hombres del Imperio y los vampiros podrían tener realmente una causa común.

Gelt no le dijo ni a un alma acerca de su reunión con Vlad. Sabía que tal conversación sería tratada como una traición como poco, y herejía en el peor de los casos. Y lo que era peor: en su interior no podía sentirse totalmente en desacuerdo con esa evaluación, no dentro del ámbito normal de los acontecimientos. Pero ésa era la clave; estos días oscuros estaban lejos de ser normales. El mundo estaba cambiando, las viejas certezas se deshilachaban y se perdían en la distancia. Ninguna de las amistades del Imperio había quedado del todo incruenta. Los Elfos, los caballeros de Kislev y los Bretonianos habían derramado sangre en el reino de Sigmar, no pocas veces con la más débil de las excusas. Incluso los enanos, aliados incondicionales pese a todo en muchas ocasiones, habían sido lo suficientemente listos para alzar sus hachas contra el Imperio por cosas que los hombres percibían como el más insignificante de los asuntos. Si la amistad era tan inconstante, pensó Gelt, ¿Por qué no la enemistad?

El Patriarca Supremo sabía que esos pensamientos eran peligrosos, y durante los días después de su regreso intentó perderse en la lucha por mantener la frontera. Allí había mucho trabajo en ese sentido, pues las hordas de norteños crecían cada vez más en número y ferocidad. Ahora, cada brecha que se producía en el Bastión Aúrico invitaba al desastre para las tierras más allá y Gelt se encontró con cada vez más ocasiones en las que su propia magia era la única barrera contra la derrota. Aun así, la victoria se obtenía por un estrecho margen. En Kragvost, el mago transformó el acero de las armas de los atacantes en plomo y desató una plaga que devoró y corroyó sus armaduras. En el Bastión Snaldren, donde llegó demasiado tarde para salvar a la guarnición, Gelt utilizó las armas de los muertos para forjar golems de hierro semejantes a los defensores y con ellos mantuvo el puente sobre el Talabec superior durante doce horas. Miles de norteños perecieron a lo largo de la sección del Bastión Aúrico de Gelt, pero el mago sabía que quedaban cientos de miles, listos para derramarse hacia el sur cuando se presentase la oportunidad. Era obvio para Gelt que simplemente no había suficientes hombres para mantener la frontera, pero sabía que la historia era la misma desde allí hasta Erengrado. Tendría que conformarse con los escasos refuerzos que le llegaban y esperar que los Dioses Oscuros regresaran a sus sueños una vez más, como lo habían hecho tantas otras veces en el pasado.

A medida que las semanas se apilaban en el suelo como sedimentos en un lecho, Gelt estaba cada vez más cansado. Cada batalla se cobraba un precio con su fuerza, y donde otros hombres podrían buscar consuelo en los brazos del sueño, a Gelt se le negó ese lujo desde la Batalla de Alderfen.

O podía descansar quizás una hora cada noche, pero sus sueños siempre estaban atormentados por secretos medio vislumbrados cuando trataba de controlar el Viento de la Luz junto al del metal. En una ocasión, Gelt temió que se estuviera volviendo loco, pero si así fuera era una locura extraña, llena de asombro y potencial, como un sabor que no se marchaba de su lengua, o una joya preciosa que estaba justo fuera del alcance de los ansiosos dedos de un ladrón. De haber estado Valgeir, tal vez Gelt le hubiera hablado de su cansancio, pero el Ar-Ulric se encontraba más al oeste, manteniendo una estrecha vigilancia sobre Huss y Valten; Gelt estaba solo. Dreist y los otros capitanes eran gente mundana, poseídos por los deseos terrenales y pensamientos simples; ellos no le entenderían, o por lo menos eso se dijo Gelt. El mago no se atrevía a mostrar debilidad ante los hombres que eran tan obviamente inferiores a él y, además, temía que uno de ellos llevase la noticia de su fragilidad al Emperador. Karl Franz había dado a Gelt un deber sagrado, y el Patriarca Supremo estaba decidido a no defraudar a su señor. Esto era sin duda paranoia, pero tras semanas de casi insomnio le robaron a Gelt un sano raciocinio.

Valgeir no estaba del todo ausente, pues muchas veces estaba en los pensamientos de Gelt. Las cartas de Ar- Ulric llegaban esporádicamente a Alderfen, detallando el progreso de Valten a través del norte del Imperio. La "teoría" de Huss de que el muchacho era heraldo de Sigmar fue ganando credibilidad por toda la zona, para gran y poco disimulado disgusto de Valgeir. En sus cartas, Ar-Ulric preguntaba si Gelt había hecho algún progreso en la búsqueda del cambiaformas, pero el mago estaba tan cansado y desconsolado que rara vez respondió. De hecho, Gelt se volvió gradualmente más retraído y solitario. Alegando que tenía que centrarse en la lucha en el norte, delegó casi todas sus responsabilidades como Patriarca Supremo a sus subordinados.

Más batallas vinieron y se fueron, cada una más sangrienta que la anterior. Las paredes de Moorholt fueron destrozadas por fuego demoníaco, y el torreón central de la ciudad-fortaleza habría caído también de no haber sido por la valentía casi inhumana del Capitán Pieter Hanseld, quien dirigió una carga para reclamar la torre del homenaje. Hanseld pereció en el momento de la victoria, y sus compañeros Wissenlandeses lo sepultaron a la sombra de la torre que había conquistado. El pueblo de Eska fue asaltado y arrasado por los norteños una primera vez, y una segunda por los Hombres Bestia atraídos por la carnicería. En cada ocasión, los hombres de Gelt lucharon y murieron en su defensa, aunque tal vez hubiese sido más rápido y práctico destruir la aldea.

Al mismo tiempo, la oferta de Vlad volvió varias veces a ocupar los pensamientos del Patriarca Supremo.

Aunque Gelt había amenazado con quemar el regalo de Vlad, el Revelación Necris, algún instinto le impidió hacerlo. En cambio, guardó el tomo lejos de miradas indiscretas, cuya tentación estuvo siempre a mano. Tras la Segunda Batalla de Eska, con su visión fija en los campos ensangrentados y cuerpos mutilados, Gelt rompió los sellos del Revelación Necris y se entregó a los secretos que albergaba.

Rápidamente se hizo evidente para los demás que algo andaba mal. Al llegar a la frontera hacía todas esas largas semanas, Gelt requisó una mansión propiedad de un noble local que había huido hacia el sur, hasta Heffengen, a la primera señal de problemas. Tal era la reputación del mago que poca gente de por si se acercó al edificio. Los siervos realizaban de vez en cuando el viaje por la ladera para atender las necesidades espartanas del mago, mientras que Dreist y los otros capitanes fueron convocados a veces a los consejos de guerra que se dieron en su interior. Los soldados acantonados en Alderfen hablaron de extrañas luces que danzaban en las torres de la mansión de noche, y de figuras fantasmales que moraban los bosques cercanos.

El viento cambiaba de dirección cuando tocaba esa colina, o eso se decía, y siempre soplaba frío. Al principio, el capitán Dreist desdeñó estos cuentos como rumores, aunque no sin decirse que no viajaría hasta la puerta de hierro de Gelt. Fue sólo una semana más tarde, durante la Batalla de Akkerheim, cuando el descenso de Gelt hacia las magias prohibidas se hizo evidente. Akkerheim fue, con mucho, el mayor conflicto desde la llegada del Patriarca Supremo a esas tierras. Cuando una sección del Bastión Aúrico se derrumbó, los norteños lanzaron a dos gigantes mutados a la brecha, los cuales, mediante demostraciones de una fuerza monstruosa, mantuvieron la misma. Aunque los gigantes fueron finalmente derribados por los certeros arqueros de Stirland y la muralla fue restaurada poco después, los gigantes habían comprado tiempo suficiente como para que muchos cientos de salvajes vestidos con pieles invadieran los campos de Akkerheim.

Sin Balthasar Gelt, la batalla resultante habría sido una masacre, pero la salvación que trajo a Akkerheim no fue para todos los gustos. Con un gesto del mago, una empalagosa niebla negra se extendió a través del campo de batalla, y allí donde tocó a los muertos estos se alzaron para combatir a los invasores.

Esta primera convocatoria fue torpe, como podría esperarse de un hombre recién iniciado en la senda de la nigromancia, y muchos de los cadáveres despertados se colapsaron a los pocos minutos. Sin embargo, lo que Gelt no tenía en finura lo compensaba por mera cantidad. Pronto una horda de cadáveres espasmódicos se lanzaron hacia los norteños que, con el Bastión Aúrico sellado tras ellos, no tenían línea de retirada. Algunos soldados imperiales miraron con aprobación cómo desaparecían sus enemigos bajo una marea de huesos y carne podrida; estos eran los veteranos de Alderfen, que ya habían visto a los muertos vivientes acudir en su ayuda una vez, y estaban cautelosamente contentos de que lo hicieran de nuevo. Otros miraban horrorizados como una pesadilla luchaba contra otra, y sólo se relajaron de verdad cuando la batalla terminó y Gelt permitió a los muertos volver a su descanso.

Una vez que el shock inicial pasó, pocos en el ejército del Gelt no se dieron cuenta de que había sido él quien alzó a los muertos, y menos aún los que lo cuestionaron. Para los soldados comunes, todos los magos manejaban poderes que rayaban lo profano, y la delgada línea entre lo que el Patriarca Supremo había hecho y, por ejemplo, transformar al enemigo en estatuas vivientes de oro, era despreciable. Durante siglos se había rumoreado que los magos del Colegio Amatista habían realizado hazañas similares en tiempos de necesidad, y los acontecimientos de Akkerheim sólo parecieron confirmar estos cuentos.

Sin embargo, no todos eran tan indiferentes. El capitán Dreist aún tenía pesadillas de la Batalla de Alderfen, de la presencia espantosa que había tomado el control de su cuerpo, y temía que algo similar sucediera con Gelt. En los días siguientes a Akkerheim encontró sus preocupaciones reflejadas en Hans Kreiner, un sacerdote de Sigmar recién llegado a las tierras fronterizas. Kreiner no tenía ninguna duda de que Gelt había caído en la corrupción. Desapareció una semana más tarde, visto por última vez caminando por el solitario trecho a la mansión de Gelt. Nunca se dio una explicación, y a Dreist le parecía que nadie salvo él se había dado cuenta. En ese momento, Dreist hizo lo único que podía; marchó al oeste hasta que llegó al Castillo Skarlan, la fortaleza en la que Aldebrand Ludenhof supervisaba su sección de la frontera.

Cuando el capitán fue llevado ante él, Ludenhof trató de ignorar los ojos inquietos y manos temblorosas de Dreist y escuchó el relato confuso de los últimos días. El Conde Elector no quería creer que Gelt podría haber caído, pero sabía que no podía pasar por alto la posibilidad. Al día siguiente, Ludenhof cabalgó hasta Alderfen con una escolta de vanguardia. Quiso haber llevado consigo a Dreist, pero el capitán reaccionó con tanto miedo violento que Ludenhof finalmente cedió y lo dejó al cuidado de las Hermanas de Shallya.

Después de tres días de camino, las dudas de Ludenhof relativas a Gelt fueron rápida y brutalmente disipadas al llegar a las afueras de Alderfen. Buscando fortalecer el Bastión Aúrico, el Patriarca Supremo había reforzado la muralla con grandes contrafuertes de hueso. Gárgolas esqueléticas se encaramaban sobre las cumbres del contrafuerte o en los árboles cercanos, en cuyos ojos los fuegos de la brujería no dejaban de seguirles. Sin embargo, lo que más horrorizó a Ludenhof fue el hecho de que los soldados y los aldeanos que se afanaban a la sombra de la muralla parecían totalmente despreocupados por los horrores que les rodeaban. ¿La corrupción de Gelt los había reclamado también? Ludenhof no estaba seguro.

Cuando Ludenhof y su escolta se dirigieron cautelosamente hacia el centro de Alderfen, fueron recibidos por el propio Gelt. El mago ciertamente parecía poco diferente a cuando Ludenhof lo había visto por última vez. En todo caso, para el Conde Elector parecía que la mente del mago se había librado de un gran peso. Se ofreció hospitalidad, y fue negada cuidadosamente, pero esto no impidió el grandilocuente discurso de Gelt sobre los descubrimientos que había hecho y las medidas que había tomado para preservar la vida de los ciudadanos del Imperio. ¿Por qué debían perecer los vivos en la defensa del reino, argumentó, cuando los muertos servirían igual de bien?

Durante un tiempo, Ludenhof escuchó con creciente horror, después se excluyó del soliloquio de un Gelt emocionado tan educadamente como pudo. La verdad sea dicha, el elector hizo un mal trabajo ocultando su disgusto, pero Gelt estaba tan absorto en sus explicaciones que apenas se dio cuenta. Mientras Ludenhof montaba de vuelta hacia el castillo de Skarlan, su mente ya estaba envuelta en un torbellino por el trabajo a realizar. Cualquiera que fuese la locura que se había apoderado Gelt tendría que ser terminada, y pronto. Si el Conde Elector hubiera vuelto su mirada a Alderfen una última vez, podría haber visto a Vlad von Carstein mirando desapasionadamente desde una ventana sombreada. Pero no lo hizo, y por lo tanto no tuvo advertencia de lo que estaba por venir.

Al caer la tarde en el segundo día después de salir de Alderfen, la partida de Ludenhof volvió sobre sus pasos a través del Bosque Kang. Los escoltas viajaban con las armas desenvainadas, pues la amenaza norteña siempre estaba presente y el bosque estaba infestado de Goblins. Pero el peligro que les acechaba no eran los pielesverdes. Cuando los viajeros llegaron a la encrucijada conocida como Pica del Hombre Muerto su camino estaba bloqueado. Gelt había llegado antes que ellos, pues Mercurio era más rápido que cualquier montura terrestre, y ahora el mago rogó a Ludenhof que escuchara con atención su consejo.

Nota: Leer antes de continuar - Conflictos Morales

Ludenhof tenía pocas opciones. Podía ver las formas monstruosas de los observadores esqueléticos de Gelt acechar en los árboles, y temía que atacasen si se negaba. Además, y esto era poco probable dada su rápida transformación, el Conde Elector todavía esperaba que el mago pudiera ser apartado del camino que había elegido. En esto, pronto quedó consternado, pues Gelt mantenía los ideales que había dicho en Alderfen. Peor aún, el asistente habló de una alianza necesaria con los Von Carstein de Sylvania, y de cómo la última salvación estaba en el don de nada menos que temer a Nagash. Y diciendo esto, Gelt extendió las manos implorantes, pero uno de escoltas de Ludenhof malinterpretó el gesto como el inicio de algún encantamiento. Tras alzar su pistola de repetición, apretó el gatillo. La pistola rugió, y la bala golpeó a Gelt en la parte superior del hombro, arrojándolo hacia atrás.

La anarquía reinó cuando los guardias esqueléticos de Gelt irrumpiendo desde los árboles cayeron sobre el agresor de su amo. Los otros jinetes, cuyos nervios ya no podían ser contenidos, abrieron fuego. Pesadas balas gimieron cuando los soldados se defendieron, pero aunque rompieron muchos huesos las criaturas continuaron su avance. La espada de Ludenhof emergió cuando trató de organizar a su escolta, pero eran presas de pánico y por ello se convirtieron en presa fácil. Pronto el aire se llenó de gritos aterrorizados, y las órdenes de Ludenhof quedaron ahogadas.

Ignorando el dolor de su hombro en ruinas, Gelt se dio cuenta de la masacre desplegándose ante si y ordenó a sus secuaces cesar el ataque. Estos no eran meros no muertos, sino construcciones hechas a mano con una magia mucho más antigua y más difícil, y con sus pensamientos interrumpidos por la agonía de su herida, Gelt no podía reunir el control necesario. Todas las criaturas sabían que su amo estaba en peligro, y sin piedad y eficientemente aplastaron la amenaza.

Para cuando Gelt recuperó el control, solamente Ludenhof quedaba con vida. El Conde Elector había sido desmontado y su ropa estaba ensangrentada y rota, pero se resistió a pesar de sus heridas. Ludenhof se estaba cansando rápidamente, y su último giro dejó su guardia abierta para el golpe que le partiría la cabeza. Ludenhof vio venir el golpe, y supo de inmediato que no podía hacer nada para evitarlo, así que en susurró un último adiós a su esposa, aunque ella nunca lo oiría. Un instante después, la orden de mando de Gelt resonó a través del claro y la hoja se detuvo a mitad de camino. Ludenhof se apartó del golpe estancado, recuperando la compostura y mirando con desprecio al otro lado, al Patriarca Supremo.

Gelt devolvió la mirada del elector, buscando una explicación para deshacer el daño hecho y convencer a Ludenhof de cuán necesarias habían sido sus acciones. Pero por mucho que lo intentó, el mago no pudo encontrar las palabras. Cuando se sentó en un silencio que sabía demasiado a cobardía, Gelt vio las otras construcciones agrupándose espontáneamente alrededor del Conde Elector ensangrentado. No había razonamiento, se dio cuenta con tristeza el mago, no había palabras para salvar el abismo que ahora se extendía entre ellos. Mientras las hojas bajaron sobre Ludenhof una última vez, este escupió desafiante a Gelt, que se dio la vuelta sumido en la vergüenza. Aunque el mago no pudo verlo, el Conde Elector murió erguido, con la espada aún sujeta en su mano.

Cuando Gelt regresó a Alderfen, este hizo todo lo posible para poner el destino de Ludenhof en un rincón de su mente. No estaba preocupado porque se descubriera el asesinato; aunque el Conde Elector sería echado en falta con rapidez era inevitable que la obra fuese atribuida a los goblins de Bastión Boscoso, si es que encontraban el cuerpo. No, el intento de Gelt de enterrar el asunto se debía enteramente a la culpa. Al matar a Ludenhof, el asistente había cruzado una línea; aunque las represalias pudieran ser todo lo violentas posibles si se descubría el suceso, Gelt temía mucho más los cambios en su personalidad.
Valten Karl Kopinski
Así fue como el Patriarca Supremo se lanzó a otros asuntos, principalmente la pila de correspondencia desatendida de Emil Valgeir, al que Gelt había descuidado mientras sus estudios del Revelaciones Necris procedieron a buen ritmo. Había poco consuelo que encontrar en esas cartas, pues estas pintaban un panorama cada vez más sombrío de los acontecimientos más al oeste. Bajo la dirección Huss, Valten había viajado a lo largo y ancho del norte del Imperio, haciendo florecer la fe y la esperanza dondequiera que estuviera el campo de batalla. Incluso Karl Franz estaba convencido del patronazgo divino del joven, o al menos era lo suficientemente astuto para fingir tal reconocimiento. Valgeir tenía muchas palabras poco amables que decir acerca de la explotación desvergonzada de Huss de la situación, pero esto no fue lo que apoderó la atención de Gelt. Más bien este dudoso honor fueron las sospechas cada vez más fervientes de Valgeir sobre que el cambiaformas de Alderfen seguía la ruta de Valten. El propio Valgeir estaba siguiendo al joven por todo el Imperio, y en cada ciudad, pueblo y la fortaleza había cuentos de travesuras inexplicables y desastres, iguales a los que el sacerdote había sido testigo en Alderfen. Ar-Ulric no tenía ninguna prueba, o las habría presentado ante el Emperador, pero él estaba cada vez más convencido de que Valten no era quien decía ser, y la penúltima carta de Valgeir rogó al Patriarca Supremo venir al norte.

A pesar del tono desesperado de Valgeir, Gelt no tenía ninguna intención de dejar Alderfen hasta que leyera la última carta. Ésta, fechada apenas una semana antes, había sido escrita por una mano mucho más apresurada, y hablaba de cómo el Emperador, en un momento de locura, al menos en lo que Valgeir vio, había decretado que Valten portaría Ghal Maraz, argumentando que sólo un heraldo de Sigmar debía empuñar el arma de su señor divino.

Gelt no necesitaba que Valgeir le explicara el peligro. Conforme Gelt leyó se dio cuenta de que la situación era peor incluso de lo que había pensado; Karl Franz tenía intención de hacer la presentación en persona, en una ceremonia en el Castillo de von Rauken. Gelt fue golpeado por el temor de que el cambiaformas podría haber elaborado el personaje de Valten precisamente para crear la oportunidad para asesinar al Emperador.

Al comprobar la fecha de la última carta de Valgeir, el Patriarca Supremo se dio cuenta de que podía llegar a Castillo von Rauken a tiempo, pero apenas. Tras convocar a su pegaso, Mercurio, a su lado, Gelt corrió hacia el norte.

Nota: Leer antes de continuar - La Muerte de un Traidor

Mercurio llevó a Gelt al Castillo von Rauken momentos después de la llegada del Emperador. El mago vio el escenario que se había erigido en el patio de armas, cuyos ásperos tablones fueron adornados con banderines con los colores de Altdorf y blasones que llevaban los iconos de la Casa de Luitpold. Dignatarios de todos los rangos se sentaban sobre el escenario improvisado; entre ellos cuatro de los Condes Electores supervivientes, el Gran Teogonista y Ar-Ulric Emil Valgeir. En frente del escenario, el Emperador blandía bien alto el Ghal Maraz en saludo a la multitud que lo vitoreaba. Garra de Muerte chilló su propio saludo, un sonido que provocó una respuesta aún más fuerte; el grifo leonado era casi tan querido por los soldados como por su amo real. Al lado del Emperador, Ludwig Schwarzhelm observaba el proceso con lo que era de suponer su expresión adusta habitual. Sus ojos estarían vigilantes, bien sabía Gelt, ¿pero serían lo suficientemente vigilantes? ¿Podría la Reiksguard, ataviada con su máximo esplendor alrededor del Emperador, llegar hasta su señor a tiempo si el cambiaformas lanzaba su ataque?

Mientras Mercurio acercaba a Gelt, el hechicero vio el amplio pasillo que corría entre las plazas más centrales del desfile, en cuyo extremo Valten y Huss esperaba. El primero iba a pie, mientras que el segundo controlaba a un caballo inquieto. A medida que el pegaso descendía a Gelt, un heraldo imperial instó a la pareja a iniciar su avance hacia el Emperador. Un momento después, hubo alboroto cuando Mercurio se posó a una docena de pies delante de Garra de Muerte. La espada de Schwarzhelm fue desenvainada en un latido, el cual hizo brotar de sus labios un reto poco después. Los próceres del escenario se pusieron de pie en indignación, aunque Gelt creyó detectar una breve sonrisa de aprobación bajo la densa barba de Valgeir.

Imperio contra no muestro de Balthasar Gelt

Indignado, el Emperador exigió una explicación, y Gelt explicó a toda prisa sus sospechas acerca de Valten. Habló de los acontecimientos peculiares en Alderfen y cómo esos actos habían seguido al joven conforme viajaba por todo el Imperio. Mientras Gelt hablaba, Huss y Valten se apresuraron a acercarse; podían escuchar la voz de Gelt, pero no distinguir sus palabras. Por su parte, Karl Franz creyó poco de lo que dijo el mago. Luthor Huss había sido una roca de certeza desde que comenzaron los días oscuros, y el Emperador confiaba en el juicio del guerrero-sacerdote en este asunto mucho más que en Gelt. Le entristeció ver a un hombre que había sido un consejero de confianza tan obviamente desquiciado, pero se negó a dejar que los delirios del mago malograran un día elaborado para inspirar esperanza. Cuando quedó evidente que Gelt ni se calmaba ni paraba, Karl Franz ordenó con tristeza que una tropa de la Reiksguard escoltara al Patriarca Supremo lejos de allí.

Mientras los caballeros cerraban filas, Gelt entró en pánico. Reaccionando por instinto, ejecutó un hechizo que retrasaría a la Reiksguard lo suficiente como para poder convencer al Emperador. Por desgracia, en su prisa, el mago no se basó en la tradición alquímica a la que había dedicado toda su vida, sino los hechizos más oscuros que lo habían perseguido en las últimas semanas. Demasiado tarde, Gelt se dio cuenta de su error: manos esqueléticas brotaron del césped húmedo del patio, aferrándose a tobillos y bardas mientras guerreros carcomidos se arrastraban para salir del suelo. Por un instante reinó el silencio cuando cada hombre presente luchó por dominar su asombro de que un suceso así podría llegar a pasar. Entonces la Reiksguard desenvainó sus espadas y Schwarzhelm dio voz a la más irrefutable de las palabras: Traición. Antes de que el eco se desvaneciera otros entre la multitud tomaron el grito y se lanzaron hacia delante.

Con esa palabra, Gelt sintió que la vida que había conocido se había hecho añicos, mas la pérdida trajo una repentina claridad. A pesar de que serían condenado como traidor, el mago sabía que aún podía lograr su objetivo. Valten o el que decía ser tal aún podía morir. Pero esto no podría lograrse si los ingratos del Emperador acababan con su vida. Clavando su báculo en el terreno, Gelt se entregó a las magias de la no muerte y todo el patio de concentración se sacudió y voló cuando el mago concedió una nueva vida a los que estaban enterrados debajo.

Muchas leguas al este, Vlad von Carstein sintió un parpadeo en el viento de la muerte y supo al instante la historia que narraba. El vampiro esbozó una breve sonrisa y luego, volviendo a la cuestión que le ocupaba, enterró la espada hasta la empuñadura en la garganta del cacique norteño con el que luchaba.

De vuelta al Castillo von Rauken, la fina disciplina del patio de armas se derrumbó cuando los muertos se alzaron. A la vez, los hombres que se dirigían a por Gelt detuvieron su avance, redirigiendo sus esfuerzos a su propia supervivencia.

Nada podría alcanzar al mago, pues creó un anillo de muertos a su alrededor y espíritus gimiendo volaban en espiral por encima de su cabeza. A medida que los sangrientos minutos pasaron, los caballeros fueron sacados de sus caballos y guerreros valientes fueron descuartizados. Las tropas reunidas se habían ataviado con ropas de celebración, no de batalla, y su caos costó muchas vidas. Poco a poco, sargentos y oficiales trajeron la disciplina a las tropas, pero los muertos estaban entre ellos a estas alturas, cuyos números crecían mientras Gelt ordenara a los caídos levantarse y obedecer su voluntad.

Tal vez en otra ocasión, Gelt se habría esforzado por salvar a los soldados atados por el deber que luchaban contra él, mas ahora el mago sólo se preocupaba de que el Emperador viviera y Valten muriera.

Balthasar no muertos
Estas tal vez no eran las acciones de un hombre racional, pero para entonces Gelt ya no estaba del todo cuerdo. Corroído por la culpa de la muerte de Ludenhof, avergonzado por el rechazo del Emperador y sus percepciones sutilmente retorcidas de las brujerías que ahora empleaba, el Patriarca Supremo se movía al borde de la locura permanente. Entonces, sin saberlo, Gelt perdió su agarre en el precipicio y cayó.

El hechicero no vio realmente la masacre que se desarrolló ante él, mientras los hombres aterrorizados lo daban todo en la batalla contra los muertos carcomidos. No sintió remordimientos cuando espadas oxidadas dividieron cráneos y atravesaron carne. Como un hombre que se ahoga al alcanzar un madero a la deriva, Gelt se centró por completo en lo único que estaba seguro que sería su perdón; la muerte del demonio que se llamaba Valten.

Sin embargo, incluso este pequeño objetivo estaba más allá del alcance de Gelt, o eso pareció cuando Valten corrió hacia el Emperador, con sus martillos reforjados listos en sus manos. Huss también había espoleado a su caballo hacia adelante, pero por un accidente del destino el Profeta de Sigmar fue bajado rápidamente de su corcel y abrumado por una masa palpitante de cadáveres. Con un bramido, Huss recuperó la verticalidad y envió fuego sagrado que corrió por entre los muertos, pero no podía hacer ningún progreso a través de la horda. Valten no concedió a Huss más que una ligera mirada atrás, porque sabía dónde estaban sus prioridades mientras corría, a donde la Reiksguard protegía a su Emperador. El joven conocía su propósito, más claramente que nunca, y no iba a ser detenido. Los zombis agarraron las piernas de Valten, pero este se los arrancó sin dificultad. Esqueletos sin voluntad se interpusieron en su camino, pero el joven esparció los huesos con un barrido vengativo de sus martillos. Figuras espectrales se arremolinaban ante él, recitando cantos de sirena para adormecer su mente y dispersar sus sentidos, pero una luz dorada brilló sobre la frente de Valten y los fantasmas se replegaron ante ella.

Kurt Helborg se abrió paso hacia adelante con su Colmillo Rúnico, Terminarrencillas, brillando a medida que cortaba carne putrefacta. Matar al mago, poner fin a la batalla. Esas palabras fueron el mantra del Gran Mariscal cuando instó a su corcel hacia adelante. Habían luchado en muchas campañas contra los vampiros y su calaña, y esas palabras siempre le habían servido bien. Matar al mago, poner fin a la batalla. A Helborg ya no le importaba que Gelt fue una vez su aliado (Helborg no tenía amigos); el Patriarca Supremo era un objetivo, otro enemigo que debía ser inmolado para que el Imperio perdurase. Matar al mago, poner fin a la batalla final. Helborg lo juró mientras Terminarrencillas destruía rápidamente un zombi hinchado, para después apartar el cadáver y seguir cabalgando. El Gran Mariscal lanzó un irregular grito de guerra cuando su corcel saltó una línea de no muertos, cuyo impulso le llevó al lado de Gelt. Terminarrencillas descendió, y la hoja habría decapitado a Gelt si el mago no hubiera levantado su báculo para pararlo. Chispas saltaron cuando el encantamiento del Colmillo Rúnico luchó contra el Báculo de Volans, pero el golpe fue detenido.

Mientras la batalla continuaba haciendo estragos, Emil Valgeir saltó del escenario con una facilidad que desmentía sus viejos huesos. Algunos de sus compañeros ilustres llamaban a corceles que no podía llegar a ellos; otros se acobardaban ante los muertos vivientes. Valgeir los ignoró a todos y corrió a lado del Emperador, usando la culata de su hacha para golpear a cadáveres en descomposición y soldados imperiales por igual. Si el sacerdote sentía temor por la seguridad del Emperador, o incluso de la suya, no había rastro de ella en su mirada. Un descomunal esqueleto norteño se tambaleó en el camino de Valgeir, pero el hacha de Ar-Ulric lanzó al bruto al suelo. Valgeir saltó sobre el cuerpo y alcanzó el anillo exterior de caballeros de la Reiksguard. El sacerdote ni siquiera respiraba con dificultad. Valten no estaba más que a unos pasos a su derecha y acercándose con rapidez, el Emperador y su montura, Garra de Muerte, tanto como del rostro de Valgeir. Sería cercano, reconoció Valgeir, pero aún podía hacerse.

Hasta ese momento, Karl Franz se había retirado de la batalla. Si bien tenía claro que Gelt se había vuelto loco, era lo suficientemente sabio para saber que había más tras la función.

Por ello Karl Franz se había refugiado a regañadientes detrás de los escudos de la Reiksguard; le molestaba hacerlo, pero sabía que a veces el deber del emperador era vivir, mientras que el de otros era luchar para que pudiera seguir siéndolo. Todo eso cambió cuando Valgeir llegó hasta la Reiksguard. Asombrado, el Emperador vio como líneas de color rosa surgían de las manos extendidas del sacerdote, incinerando a una docena de caballeros en posición. Antes de que los gritos hubieran cesado, Valgeir se lanzó hacia el cielo, chocando contra Karl Franz y estrellándolo en la silla de montar de Garra de Muerte. Ghal Maraz escapó de los dedos del Emperador cuando golpeó el suelo. Schwarzhelm y un puñado de caballeros vieron caer su señor y espolearon hacia adelante para llegar a él. Pero estaban sumidos en otra nube de llamas de color rosa. Valgeir, o algo muy parecido a él, estaba ante el Emperador antes que cualquier otro pudiera alcanzarle, cuya hacha ulricana se preparaba para un golpe final decapitador. Fuese lo que fuese Gelt, Karl Franz se dio cuenta de que tenía razón acerca de la existencia del asesino; aunque la información no le era de mucho consuelo.

En ese momento fatídico antes que el hacha cayese, Valten se estrelló contra el cambiaformas por detrás y el golpe se perdió. Rodaron una y otra vez en el barro, mientras la forma del demonio se retorcía y cambiaba mientras buscaba ventaja. Karl Franz se puso en pie rápidamente, con Ghal Maraz en sus manos una vez más y fue en ayuda de su rescatador. Aunque ahora, donde una vez lucharon un Valten y el sucedáneo de Valgeir, había dos Valtens, idénticos en sus heridas. El hacha ulricana yacía lejos, así como los martillos de Valten, por lo que los dos combatientes se enfrentaron el uno al otro con los puños, rodillas y frente. Karl Franz midió el golpe, no queriendo convertir en pulpa a su salvador sino al asesino, pero no vio ninguna manera de decidir.

Quizás el cambiaformas habría tenido éxito, o al menos hubiese podido escapar, de no ser por Garra de Muerte. En ese instante, el grifo intuyó lo que el hombre no podía, y con un rugido ensordecedor, barrió al más cercado de los dos Valten. A medida que el niño cambiado cayó lejos, sus rasgos se derrumbaron en una masa encapuchada de fuego y tentáculos. Con un grito de indignación, el demonio se levantó entre espasmos, decidido a no ser frustrado tan cerca de su presa. Entonces gritó de dolor cuando Schwarzhelm, con su piel quemada lívida y su armadura ennegrecida, cargó hacia adelante para empalar profundamente el mástil del estandarte del Emperador en la trillada masa del demonio. Antes de que el cambiaformas pudiera acabar su forma, Schwarzhelm cortó con una espada la capucha de la criatura. Con un grito final, el demonio se desplomó y su cuerpo se disolvió en vil líquido mientras caía.

Ninguno fue herido tan profundamente por la visión como Balthasar Gelt. A pesar de que se esforzaba por sobrevivir a los golpes de Helborg, el mago vio la prueba de que había sido utilizado; el Valgeir que había sido su amigo no era Valgeir en absoluto, sino el cambiaformas que había buscado. En su desesperación por salvar al Emperador del asesinato, Gelt había proporcionado la distracción para el demonio. Dando voz a un grito desgarrador de desesperación, el hechicero retiró a Helborg con un barrido desesperado de su báculo, e instó a Mercurio a marcharse. Cuando Gelt huyó, los vientos de la magia cambiaron una vez más, y el poder que había utilizado para reanimar a los muertos se esparció en la brisa. En todo el patio de armas, los cadáveres cayeron sin vida una vez más y los supervivientes quedaron abandonados para armar el rompecabezas de lo que acababan de presenciar.

Aunque no fue tan costoso en vidas como los conflictos que le precedieron y siguieron, la batalla conocida más tarde como la Locura de Gelt tendría ramificaciones de largo alcance para el Imperio. La primera de ellas fue la ascensión de Gregor Martak, cabeza del Colegio Ámbar, al puesto de Patriarca Supremo, tras revelarse que la corrupción de Balthasar Gelt era irrevocable.

Esta sólo fue la primera indignidad que caería sobre el Colegio Dorado, pues tras la Locura de Gelt, Heldebrandt Grimm, Lord Protector de los Templarios de Sigmar (los Cazadores de Brujas) comenzó un examen meticuloso y exhaustivo de la orden de los Archialquimistas. Grimm, de siempre un hombre piadoso y despiadado, puso en la pira a muchos alquimistas. Pocos de los acusados eran realmente culpables, pero tan profundas fueron las heridas causadas por la traición de Gelt que nadie trató de frenar los excesos del Señor de los Templarios, y muchos le animaron. Así comenzó el colapso del Colegio Dorado y la persecución de los que habían estudiado en sus aulas. Sólo aquellos alquimistas que trabajaban para mantener el Bastión Aúrico se consideraron por encima de toda sospecha.

El propio Gelt desconocía todo acerca de esto. Al final de la batalla huyó para unirse a Vlad von Carstein en Agujadolorosa, y es buena muestra de la mente fracturada del mago que nada de lo que fue testigo en las salas del vampiro le horrorizó. Con su lealtad más que clara, Gelt aprendió ansiosamente todo lo que Vlad podía enseñarle, y al cual ayudó voluntariamente en su búsqueda del lugar de descanso hace mucho tiempo perdido de Isabella.

Traumáticas como pudieron ser las consecuencias para aquellos que las sufrieron, serían insignificantes conforme se desarrolló el año y el sacerdocio Sigmarita tomaba una fatídica decisión. Algunos meses después de la Batalla de la Locura de Gelt, el Gran Teogonista Kaslain informó al Emperador de que la Iglesia de Sigmar no contribuiría al Bastión Aúrico. No tenían el deseo, dijo Kaslain, de apoyar las obras contaminadas por un hereje probado. Karl Franz nunca había echado de menos a Volkmar tanto como en ese momento. Aunque su anterior al cargo era terco y gruñón, nunca habría actuado como Kaslain hacía ahora. Gelt había demostrado ser falible, pero Karl Franz sabía que esto no empañaba el trabajo que el mago había realizado hasta ese momento. Tristemente, Kaslain no estaba de acuerdo, y nada de lo que dijo el Emperador podría cambiar su parecer.

Perdiendo la paciencia con Kaslain, el Emperador trató de que el Gran Teogonista fuera reemplazado, pero la Iglesia Sigmarita cerró filas entorno a su líder, y no importó cuanta presión ejerció Karl Franz, fue incapaz de retirar a Kaslain de su posición. Así la necedad de Gelt se vio agravada por la terquedad de los sacerdotes.

Aunque se necesitarían otros quince días para que los efectos se percibiesen, ese fue el día en el cual el Bastión Aúrico comenzó a fallar. Aunque los magos de los Colegios de la Luz y del Dorado trabajaron en sus círculos rituales, sin la fe del sacerdocio para servir como mortero, la muralla ya no era a prueba de demonios. Por toda la frontera, los vástagos de los Dioses Oscuros rasgaron y golpearon el Bastión Aúrico, que poco a poco comenzó a derrumbarse.

En última instancia, el dominio del Bastión Aúrico terminó como tantas cosas se habían puesto en marcha; en el pueblo ostermarkiano de Alderfen. Cuando la fe dejó de alimentar la muralla, Gurug'ath, el Gran Demonio encarcelado allí por Gelt hacía largos meses, comenzó a moverse. Los norteños vieron resquebrajarse la muralla y se estremecieron cuando Gurug'ath luchó contra ella, reuniéndose a miles, cantando y tamborileando sus alabanzas a los dioses del Caos mientras la odiada muralla se partía al fin. Cuando Gurug'ath se liberó en una lluvia de polvo y piedra, una sección de ligas del Bastión Aúrico se convirtió en ruinas. Cuando cayó el muro, Gurug'ath rugió en señal de triunfo; los norteños congregados se regocijaron y se derramaron por la brecha en expansión.

Alderfen fue invadido en horas: el extremo norte de Ostermark en días. Sabiendo que tenía poco tiempo para derrotar a esta incursión antes de que el patrón se repitiera en otros lugares a lo largo de la frontera, Karl Franz movilizó a todos los soldados que pudo y marchó del Castillo von Rauken para enfrentarse a los invasores. Ni el emperador ni ninguno de sus generales podían entender por qué los invasores habían penetrado profundamente en Ostermark, en lugar de virar al oeste, hacia las grandes ciudades de Middenheim, Talabheim y Wolfenburgo; sólo sabían que los invasores del norte tenían que ser aplastados.

Mientras tanto, desde su despacho en Agujadolorosa, Vlad von Carstein recibió la noticia de la incursión y vio el gran objetivo, ese ignorado por cualquiera de los estrategas del Emperador. Sabía por qué la horda del Caos se dirigía a través de Ostermark. Sylvania se encontraba al sur de esa tierra; Sylvania, y el manantial de la magia nigromantica que Nagash habían sellado dentro de su territorio. Vlad estaba seguro de que eso era lo que buscaba la horda, y él sabía que no se les podía permitir llegar hasta allí. Dejando a El Sin Nombre para proteger lo que quedaba de la frontera Imperio-Kislev, Vlad reunió a sus secuaces y se dirigió hacia el sur. Sus espías le habían mantenido bien informado de los movimientos del Emperador, y ahora el vampiro conectaría sus fuerzas en la ciudad en la que estaba seguro Karl Franz haría su defensa. Les gustase o no, los hombres del Imperio no lucharían solos en Helfengen.

La Batalla de Heffengen
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FuenteEditar

  • The End Times I - Nagash.
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