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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos

Al amanecer del día siguiente, la Torre del Bendito Terror había encallado en la costa norte de la Isla de los Muertos. El barco había sido gravemente dañado por la tormenta de Aislinn: sus flancos estaban marcados por relámpagos y sus mástiles eran una ruina de madera destrozada y quemada. De las docenas de otros barcos que habían sido parte de la flota Fellheart, sólo quedaban cinco. Quizás diez mil guerreros habían sobrevivido para tocar tierra, aunque muchas veces su número se había perdido bajo las olas. Los cadáveres se agitaban contra la costa y a lo largo de los flancos del arca negra. El último golpe de Aislinn había sido verdaderamente poderoso.

La Isla de los Muertos no era ninguna masa de tierra ordinaria, sino una formada a partir de monolitos fronterizos de todas las formas y tamaños. Algunos estaban sumergidos bajo las olas, formando los cimientos sobre los que descansaban los demás. Otros surgían altos contra el cielo del amanecer, más altos que las torres más grandes de Lothern o Caledor, pero sí empequeñecidos por la arremolinada columna de nubes que era el Gran Vórtice - el último gran encantamiento de Caledor Domadragones. Aquellos monolitos que formaban el suelo de la isla eran casi invisibles bajo una arena brillante, cada grano siendo un fragmento erosionado de los pálidos monolitos. Nada crecía en ese polvo. La leyenda decía que antes del Gran Vórtice, la vida había abundado aquí fácilmente, pero de ese momento sólo quedaban árboles petrificados. Ahora era la Isla de los Muertos tanto en hechos como en nombre. Era una visión extraña y hermosa, incluso para los elfos, un refugio angular en medio de los mares brillantes.

Cuando Morathi volvió en sí, supo inmediatamente dónde estaba. La hechicera pudo ver y oír a los espíritus élficos que se arremolinaban alrededor de los monolitos fronterizos, su voz un murmullo de susurros tan silencioso que a menudo eran ahogados por el choque de las olas en la desigual orilla. Morathi no temía a los muertos, porque estaban ligados a sus monolitos fronterizos por magia que incluso ella no sabía cómo romper, preservados del hambre de Slaanesh, mientras que las piedras aguantaran.

Ejercito tyrion batalla final

El inmenso ejército de Tyrion

El ejército de Tyrion se dirigió hacia el interior en tres grandes columnas que serpenteaban su camino a través de las dunas y monolitos fronterizos. Tyrion y Morathi cabalgaban en el centro, mientras que Fellheart comandaba el oeste, y Dalroth el este. Con cada paso que daban, los vientos aullaban más fuerte, y el murmullo de los muertos se volvía más insistentes. Ningún ser viviente se interpuso para detener su paso a través de los majestuosos complejos de tumbas de reyes y reinas largo tiempo muertos, e incluso los puentes a la isla interior estaban desprovistos de defensores. Sólo cuando la base del vórtice estuvo delante de ellos por fin vio Tyrion a sus enemigos. Fue allí, reunidos en la gloria barrida por el viento de las tumbas de la antigua realeza, donde Malekith había situado a su cansado ejército. Detrás de los estandartes y puntas de lanza, los dragones y fénix se movían sin descanso sobre los flancos y pináculos de los monolitos fronterizos. Detrás de ellos, ocho grandes columnas se alzaban sobre los puntos cardinales sobre el corazón del vórtice. En la cúspide de cada una, un señor del conocimiento luchaba con los vientos huracanados de la magia.

Mientras las fuerzas de Tyrion formaban en tres líneas de batalla, el ejército de Malekith se animó, ya que vieron que el enemigo no era más numeroso que ellos. Entonces la voz de Tyrion resonó, y todo cambió.

Ejercito malekith batalla final

El ejército de Malekith

Llamados por la orden de Tyrion, miles de cadáveres ahogados en el mar se arrastraron hasta las costas y avanzaron tambaleándose hacia el centro de la isla. Llegaron en dos grandes hordas de muertos envueltos en algas, cada una de las cuales superaban en número a las finas líneas de Malekith. Algunos eran muertos barridos por la tormenta de la maldición de Aislinn, y éstos parecían poco diferentes junto a los que combatían, con la excepción de que la piel ya se había vuelto moteada y pálida, y las extremidades se retorcían y agitaban con una gracia poco élfica. La mayoría eran los muertos de los siglos pasados, los muertos de quién sabía cuántas guerras libradas en el Mar de la Oscuridad y en el Mar de los Sueños. Sus huesos hacía mucho tiempo que estaban limpios de cualquier carne, y los harapos que llevaban ahora daban pocas pistas de las criaturas que una vez habían sido.

Mientras las hordas se acercaban, las puertas de las antiguas tumbas se abrieron de golpe. Altas figuras tomaron su lugar a la cabeza de los ejércitos. Eran reconocibles, incluso a esa distancia, ya que sus huesos antiguos todavía estaban vestidos con armadura funeral, y sus mortajas reales bailaban en el viento. Los altos elfos entre el ejército de Malekith se quedaron sin aliento con horror. Una cosa era que Tyrion resucitara a los muertos de los mares, pero era una blasfemia más profunda y más terrible despertar los huesos de los Reyes Fénix. Incluso Finubar - muerto hacía no más de tres años - no era más que huesos blancos, con el paso de las estaciones sobre la Isla de los Muertos habiendo jugado sus acostumbrados trucos. Alarielle vio el cadáver de su marido liberarse de su tumba, y sintió una fría ira asentarse en su corazón.

Había cinco de estos espectros en total. Los cuerpos de Aenarion y Tethlis nunca se habían recuperado, y Caledor I se había perdido en el mar. Caradryel y Bel-Hathor murieron en paz, por lo que Khaine no tenía poder sobre sus huesos, mientras que Morvael no tenía restos a los que llamar, después de haber ardido a cenizas en las llamas de Asuryan. Por otra parte, ninguna de las predecesoras de Alarielle resurgió: de todas las Reinas Eternas, solamente Astarielle había muerto con una arma en la mano, y había sido consumida, en cuerpo y alma, por un demonio de Slaanesh.

Si Tyrion hubiera esperado a que sus refuerzos fantasmales llegaran, tal vez podría haber barrido las líneas de Malekith a un lado bajo el peso del número. Sin embargo, la paciencia del Dragón de Cothique nunca había sido su atributo más fuerte, y tener a muchos de sus odiados enemigos a su alcance le incitó a precipitarse. Dando un gran grito, espoleó a Malhandir hacia donde las filas de la Guardia Negra y de la Guardia del Fénix se agrupaban alrededor de Malekith. El grito de batalla de Tyrion fue continuado por los guerreros de detrás, y el centro al completo del ejército del príncipe se lanzó por la pendiente.

Así corrió libre la primera sangre mientras las alabardas de la guardia competían con las hachas de los cazadores, y con las lanzas de Cothique. Las flechas silbaban cuando salían de sus arcos, y los elfos gritaban por última vez mientras los disparos encontraban sus objetivos. Los ballesteros avanzaron hacia adelante en cada extremo de la línea de Malekith, con el traqueteo de los gatillos contra los cepos siendo una charla constante detrás de los gritos y el repiquetear del acero. Araloth de Talsyn luchó en el centro de la línea de Malekith, con su guardia eterna superviviente cerca de él, y el pico de Skaryn siempre hambriento de ojos enemigos.

A medida que las líneas se enfrentaban, Morathi y sus doncellas supervivientes bebieron de la magia que se arremolinaba en el viento sobre ellas, utilizando antiguos ritos para transmutarla en llamas oscuras que se arqueaban con avidez a través del campo de batalla. El aire olía a azufre y carne quemada mientras el fuego barría las líneas en formación, pero los elfos continuaron luchando, ajenos a la piel carbonizada ondulando sobre ellos. Los elfos de Tyrion lucharon por la sed de sangre, o el miedo a desagradar a su príncipe; Malekith luchaba porque no tenía otra opción. Ya no había ninguna escapatoria - los que no lucharan, morirían.

En el flanco occidental de Malekith, Imrik instó a volar al leal Minaithnir. La línea de batalla de Fellheart era como una inmensa serpiente escamosa muy por debajo, subiendo, bajando y ondulando a medida que avanzaba a través de los yermos polvorientos. Con los príncipes de Caledor a su espalda, Imrik cayó del cielo como un rayo, con el viento gritando en sus oídos mientras las garras de Minaithnir atravesaban a los corsarios de Fellheart. Ninguna capa de dragón marino podía resistir las garras de un verdadero dragón Caledoriano, y la estela de Minaithnir era un sangriento surco a través de las líneas corsarias. Rugientes kharibdysses surgieron fuera de las hirvientes filas, con las bocas intentando morder las alas de Minaithnir, pero el viejo dragón era demasiado astuto para ser capturado. Inclinándose con fuerza suficiente para tirar a Imrik hacia atrás en su silla de montar, Minaithnir se alejó de las garras de los kharibdysses, vomitando fuego a los horrores escamosos mientras lo hacía. Otros dragones unieron sus fuegos a los de Minaithnir, y los kharibdysses perecieron. Uno se volvió loco de dolor antes de morir, pisoteando a sus cuidadores y a decenas de corsarios en su intento de escapar.

El ataque de Imrik había llevado la línea de batalla de Fellheart a la confusión, y el flanco occidental de Malekith se lanzó hacia delante para aprovechar el caos. Príncipes dragón de altos yelmos clavaron los talones en los flancos de sus caballos mientras los espadas marchitadoras de Naggarond cargaban a la refriega. Bailarines guerreros saltaron hacia delante junto a los Maestros de la Espada, con sus exuberantes movimientos en marcado contraste con las acciones concisas de los guerreros de faldones escamados. Delante de todos ellos cayó una lluvia de flechas, disparadas desde arcos de Caledor, Talsyn y Torgovann. Donde los corsarios habían mantenido el orden, los disparos se dispersaron contra las capas levantadas de escamas de dragón marino. No obstante, donde las garras de dragón o kharibdysses en estampida habían roto la disciplina, las flechas trajeron la muerte. Una segunda descarga, luego una tercera, silbaron a través del aire. Entonces las lanzas de Caledor perforaron profundamente en las filas de los corsarios, y comenzó la masacre.

Al este, los Cothiqui del Príncipe Dalroth presionaban con fuerza contra los guerreros de Alarielle. La Reina Eterna lideraba a su superviviente guardia de doncellas desde lo alto de la tumba de Rialla, su antepasada de unas cinco generaciones. Estaba segura de que la reina muerta hacía mucho tiempo de alguna manera le prestaba su fuerza, ya que la magia de la vida nunca había florecido tan plena en las manos de Alarielle como lo hizo ese día. El flujo del tiempo era siempre incierto en la Isla de los Muertos, y quizás Rialla, efectivamente extendía la mano a través de la historia para ayudar a su descendiente.

Más allá del anillo de la guardia de doncellas, las bandas de guerra de los elfos silvanos se encontraron con el salvajismo del ejército de Dalroth con un salvajismo propio. Morlanna de Modrynn y Skarloc el vagabundo les lideraban, la primera con un ágil mandoble en sus manos, el último disparando flechas a una velocidad imposible. La mayor parte de los asrai habían partido de la isla de madrugada a bordo de los barcos de la flota de Aislinn. Durante el viaje desde Saphery, Alarielle había llegado a temer por el destino de Ulthuan, incluso si el ritual de Teclis tenía éxito, y había enviado a los Señores de Athel Loren y a los cantores de los árboles lejos a lo largo de los Diez Reinos, listos para llevar a cabo un plan desesperado si lo peor llegara a pasar.

Sin embargo, todavía había un montón de elfos silvanos en la Isla de los Muertos, y todos se habían comprometido a luchar independientemente del final que les esperase. Para algunos, el final llegó en el acercamiento sembrado de polvo a la tumba de Rialla, atravesados por una lanza Cothiqui o un virote de Ghrond. Un buen número de ellos se levantaron de nuevo mientras la magia de Alarielle los cubría, sellando heridas como si nunca hubieran existido y reuniendo huesos rotos. Sin embargo, tan feroz era la lucha contra aquel promontorio que ni siquiera el toque de la Reina Eterna podía mantener la muerte a raya para siempre. Uno por uno, los elfos silvanos sucumbieron, pero muchos enemigos perecieron en primer lugar, ya que eran tan gruesas las filas entre la tumba de Rialla que un tiro o un tajo apenas podían fallar.

Aún así Dalroth condujo a sus guerreros hacia delante, sin prestar atención a las muertes a su alrededor. En verdad, el príncipe tenía poca idea de lo que estaba en juego en esta batalla. Sólo sabía que Tyrion había ordenado que el enemigo fuera destruido, y era probable que obtuviera una gran recompensa por traer a la fugitiva Reina Eterna ante su señor. Así que cada paso y golpe de Dalroth lo llevaba más cerca de la cumbre de la tumba, y hacia el premio que buscaba reclamar.

Uno de los que se oponían al Príncipe Dalroth era su propia hermana. Adranna había optado luchar como parte de la guardia de Alarielle. La princesa utilizó los mismos hechizos que Morathi le había enseñado, con mucho gusto utilizando las lecciones que había aprendido de mala gana contra los servidores de su odiaba señora. Fragmentos de magia salían disparados de sus manos, atravesando profundamente las filas Cothiqui y dejando solamente huesos y armaduras ensangrentadas tras de sí. Con cada muerte, Adranna sintió zarcillos helados infiltrándose profundamente en su alma. Una parte de ella reconoció la corrupción que se extendía, y la temió aunque la abrazaba por necesidad. Una gran parte de ella sólo sintió euforia y alegría mientras obtenía venganza por la muerte de Korhil.

Zarcillos brillantes estallaron de los dedos de Adranna, con sus formas retorcidas tan oscuras como la noche. Golpearon las primeras filas de la falange de Dalroth, estrangulando y constriñendo, arrastrándose por gargantas y enterrándose en ojos. La espada rúnica del príncipe tajaba a través de un grupo de zarcillos, con los cortados extremos dando espasmos mientras caían al suelo. Adranna, por fin localizando a su hermano, lanzó un agudo grito de reconocimiento y lanzó los zarcillos hacia él. Dalroth saltó apartándose a medida que se acercaban, con la espada rúnica barriendo para rechazarlos, pero había demasiados. Con sus brazos y piernas maniatadas, el príncipe no podía hacer otra cosa que rezar por escasa piedad de su hermana.

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Yelmo Plateado en batalla

Dalroth habría perecido allí si Morathi no se hubiera dado cuenta de su difícil situación. La Hechicera Bruja reconoció el encantamiento de Adranna, y conocía perfectamente las palabras que lo podrían bajo su mando. Por lo tanto, mientras otros zarcillos se lanzaban hacia delante para poner fin a la vida de Dalroth, de repente se giraron sobre sí mismos y golpearon al invocador en su lugar. Con sus instintos nublados por la venganza y cegados por la hechicería, Adranna no se dio cuenta de su peligro hasta que fue demasiado tarde. A medida que sus gritos se desvanecían, lo mismo ocurrió con los zarcillos que sostenían a Dalroth. Jadeante, el príncipe cayó de rodillas, con los ojos puestos sobre el cadáver de su hermana. Por un momento, se quedó mirando, con una expresión indescifrable. Luego, poniéndose de pie, escupió al cuerpo de Adranna y se lanzó hacia la Reina Eterna una vez más.

Había muerte en los cielos sobre Alarielle. Una gran nube de arpías había seguido a la flota de Tyrion a lo largo del mar, y aunque la tormenta de Aislinn había arrebatado a muchas de los cielos, cientos más pululaban en busca de presas. Estas desgraciadas rebosaban al completo con la furia de Khaine, con su cobardía habitual en suspenso mientras hacían picados y arañaban a los que combatían debajo. Los jinetes de mantícora llegaron detrás, confiando en los instintos de los carroñeros para encontrar el punto débil en las líneas de la Reina Eterna.

Pero había otros guerreros sobre los vientos, jinetes de halcón de Athel Loren y los escoltas celestes de la flota de Aislinn. Sus lanzas esparcían a las arpías dondequiera que se reunieran y sus flechas acertaban a las mantícoras en la garganta y los ojos. El poderoso dragón Ceithin-Har volaba al frente de ellos, con cada barrido de sus garras aplastando a media docena de arpías desde el cielo. Naestra y Arahan corrían de un lado a otro a lo largo de la serpentina espalda del dragón, con las cuerdas de sus arcos siempre en movimiento mientras enviaban un tiro tras otro a las chirriantes bestias.

Una mantícora se precipitó bajo las alas de Ceithin-Har, con sus garras extendidas para destrozar una falange de lanzas Avelorni. A su paso, Arahan dio un gran grito de alegría y saltó de la espalda de Ceithin-Har. Con el aire silbando a su alrededor, se estrelló contra la espalda del jinete de la mantícora, que se deslizó hacia un lado y cayó en la batalla de debajo. La mantícora se giró en el aire con las garras tratando de alcanzar a Arahan, pero ella ya estaba en movimiento. Corriendo con destreza hacia arriba a lo largo del vientre de la bestia, saltó alto en el aire. Un segundo más tarde, las garras traseras de Ceithin- Har golpearon a la mantícora en el costado, con sus poderosas mandíbulas cerrándose alrededor de su cuello. Esa embestida quitó el aterrizaje de Arahan, y uno de sus pies se salió de la espalda de Ceithin-Har. Se habría caído en ese momento, si Naestra no le hubiera ofrecido una mano firme, así como una mirada de desaprobación. Mientras el dragón arrojaba el cadáver de la mantícora hacia las filas de Dalroth, Arahan sonrió sin arrepentimiento, en busca de nuevas presas.

Nota: Leer antes de continuar - Diferencias Espirituales

Mientras sus aliados luchaban y morían, Teclis luchaba con el Gran Vórtice. Estaba arrodillado en un afloramiento en la base del vórtice, con sus ojos cerrados en concentración y las palmas de las manos contra la columna de los vientos. Sin el robo de la magia de los muertos del vórtice por Nagash, la empresa habría sido imposible. Tal como estaban las cosas, casi lo era. Con el más mínimo error, Ulthuan podría ser desgarrada, o los vientos de la magia dispersarse.

Incluso después de casi dos años de preparación, y con la ayuda de los señores del conocimiento más destacados de la Torre de Hoeth en lo alto de los pináculos, Teclis apenas podía mantener el control sobre las energías ante él. Se retorcían y giraban como una cosa viva, siempre buscando liberarse del ritual utilizado para comandarlas. Las energías se hubieran escapado hacía tiempo de su control, si no fuera por la ayuda desde dentro del propio vórtice. Allí, al otro lado del aire ondulante, Caledor Domadragones y sus magos largo tiempo perdidos llevaban a cabo una fantasmal copia del ritual de Teclis. Para ellos, había sido a la vez un instante y una eternidad desde que se formara el Gran Vórtice por primera vez, pero sabían lo que era necesario.

Sólo una vez vaciló la concentración de Teclis: cuando sonaron los fríos cuernos para anunciar la llegada de los muertos a la batalla. Su agarre del vórtice se aflojó sólo por un momento, pero eso fue suficiente para darse cuenta de las consecuencias del fracaso. Una ráfaga del Viento del Metal corrió libre a través de las filas de Malekith, transformando a dos veintenas de la Guardia del Fénix en reluciente oro sin vida. Briznas de Azyr volaron hacia las nubes, y los relámpagos golpearon la tierra, convirtiendo una cohorte de arqueros Cothiqui a ardiente polvo. Con el ceño fruncido por su lapso, Teclis respiró profundo y apretó con más fuerza.

Las espadas de los muertos cayeron sobre el flanco de Imrik en primer lugar, con las oxidadas lanzas atacando un muro de escudos Caledorianos a toda prisa formado. Las espadas de Ithilmar golpearon a cambio, y los cráneos sonrientes se deslizaron a través del polvo mientras sus cuellos se rompían. Sin embargo no era la habilidad marcial de los muertos lo que importaba - era su número. Continuaron adelante, ajenos a sus bajas, una masa de huesos y acero que conducía a la línea Caledoriana hacia atrás, mientras los corsarios de Fellheart redoblaban su asalto al frente.

Sin ordenárselo, Minaithnir voló en círculos por encima de los asediados Caledorianos, con su fuego quemando hasta carbonizarse tanto huesos viejos y como carne viva por igual. Otros se unieron a Imrik, pero los muertos eran muchos y los dragones pocos. Un príncipe dragón aterrizó en medio de la horda, tratando de dispersar a los esqueletos con colmillos y garras, pero los muertos se abalanzaron sobre la poderosa bestia como hormigas en un festín. El príncipe dragón fue descuartizado poco después. Su draconiana montura se resistía y agitaba, pero también murió mientras las espadas oxidadas encontraban los puntos débiles entre sus escamas.

Lejos, al oeste de la batalla de Imrik, Alith Anar observaba en silencio como las líneas Caledorianas comenzaban a retirarse de nuevo. No había necesitado ningún barco que lo llevara, ya que las sombras siempre habían estado a su servicio, pero no estaba del todo seguro de por qué había venido. Le había dicho a Teclis que no iba a ofrecer ninguna ayuda a Malekith, y estaba decidido a ser fiel a su palabra. Sin embargo, el rey sombrío había visto y oído mucho de los recientes actos de Tyrion, lo suficiente como para darse cuenta de que - por el momento al menos - Malekith era el menor de dos grandes males. Sin embargo, la idea de permitir al Rey Fénix cualquier triunfo quemaba el alma de Alith Anar. Cerrando su corazón a los gritos de los moribundos muy por debajo, el rey sombrío se quedó en reflexivo silencio, y rezó a Lileath en busca de guía.

Malekith no luchaba desde el cielo como lo hacía Imrik, pero ordenó a Seraphon permanecer en medio de la batalla. Mientras Asuryath abría una sangrienta ruina a través de los leones blancos de la guardia de Tyrion, Malekith reflexionaba con amargura que si bien el Rey Brujo habría inspirado a su ejército como una sombra amenazadora desde detrás, el Rey Fénix tenía que dar el ejemplo. Aunque tenía ganas de lanzar a Seraphon hacia el cielo, para cazar y matar a su traidora madre, y al advenedizo Dragón de Cothique, no se atrevía a dejar su batalla en manos de Araloth. Malekith podría haber ganado un respeto a regañadientes por Imrik y Alarielle, pero no lo tenía por ningún otro.

Seraphon escupió espeso humo negro en el centro de los leones blancos. Los elfos caían, agarrándose inútilmente sus gargantas mientras se esforzaban por respirar el aire que no llegaría. Malekith podía ver a Tyrion rabioso mientras conducía a más elfos caídos de Khaine para ocupar su lugar. Sin embargo, no fueron los elfos los siguientes que llegaron para desafiar al Rey Fénix, sino los muertos. Tan furiosamente habían luchado Malekith y su guardia, que una gran brecha se había abierto en las líneas de Tyrion, y los muertos surgidos del mar se abalanzaron para llenarlo. A la cabeza de la horda marchaban los cinco altos espectros de los Reyes Fénix, con sus movimientos más fuertes y más precisos que los de los esqueletos que les seguían, con los adornos de oro de sus ropas fúnebres brillando oscuramente. Malekith los reconoció a la primera, y sintió miedo por primera vez en muchas edades.

Estos eran los Reyes Fénix de la antigüedad, alzados de la muerte por orden de Tyrion, y con permiso para vengarse de su antiguo enemigo. No había rastro de bondad o nobleza en estas criaturas. Tyrion había resucitado sus cuerpos, se había apoderado de su odio hacia Malekith y lo había reforzado con el suyo. Ahora los reyes del pasado se abalanzaban sobre su sucesor, congelado delante de ellos.

Nadie, salvo Malekith supo exactamente lo que ocurrió después. Otros simplemente vieron al Rey Fénix alzar el vuelo a gran altura en la silla de Seraphon, como si huyera de sus enemigos.

Nota: Leer antes de continuar - El Poder del Rey Fénix

La voz de Malekith retumbó por todo el campo de batalla, y sus predecesores se hicieron añicos, los fragmentos de sus huesos y armaduras se dispersaron a través de la pendiente por una explosión invisible. Asuryath entró en juego, señalando al corazón de la horda de esqueletos. Una proyectil de llamas brotó de su hoja y rugió hacia las filas desgastadas por el tiempo. El fuego onduló y se transformó a medida que se movía, tomando la forma de una túnica y una figura acorazada, con un cayado de guerra y una espada rúnica agarrada firmemente en sus manos extendidas. Muchos de los que vieron la figura se quedaron sin aliento, ya que llevaba el aspecto de Finubar el Navegante.
Reyes fenix batalla final

Los antiguos Reyes Fénix

La figura ardiente no se detuvo cuando se acercaba a la horda esquelética. Golpeó los no muertos como un cometa. Decenas de esqueletos se derrumbaron mientras sus huesos se agrietaban bajo el impacto. Decenas más reventaron mientras una nova de llamas soplaba hacia el exterior desde el punto de impacto, dejando solamente los huesos calcinados y sin vida. Los fuegos ardieron en un instante, pero la figura de Finubar permaneció, con una rodilla doblada entre la devastación. Ya no ardía con la magia del hechizo de Malekith, pero brillaba con luz. Por un instante, la figura de Finubar quedó inmóvil. ¡Asuryan! gritó con voz dolorosamente familiar para muchos, y cargó más profundamente contra la masa de esqueletos con su espada reluciendo.

Tyrion, acobardado sólo por un momento por la manifestación de su viejo amigo, ahora bramaba órdenes, lanzando sus fuerzas - vivas y muertas - a la refriega con furia renovada. Pero Malekith aún no había terminado. Nueve veces más el fuego brotó de su espada, fusionándose cada vez en la figura de un Rey Fénix de tiempos pasados. Tyrion había comandado viejos huesos - o al menos aquellos que habían sido enterrados en la Isla de los Muertos. Sin embargo, los espíritus de los reyes, vinculados a dicha isla por los monolitos fronterizos reales y dados una forma terrible por los últimos vestigios del poder de Asuryan, ahora luchaban por Malekith. Sólo Aenarion se mantuvo en reposo, ya que no debía a su gente nada.

Los Reyes Fénix vinieron voluntariamente a partir de sus restos. Lucharon tanto para salvar a su pueblo de la locura de Tyrion como para enmendar el plan de Asuryan. Tethlis, oscuro y melancólico, donde sus compañeros estaban bañados de luz, atravesaba los muertos que se apretaban contra las filas de Imrik. A unos cientos de pasos hacia el oeste, Caledor I se abría camino a través de los corsarios de Fellheart, con su espada dejando fuego con cada golpe. Cerca de allí, otra figura de yelmo de dragón luchaba con abandono, el hijo cada vez más imprudente que el padre incluso en la muerte. Incluso Aethis, cuya vida era rara vez recordada como gloriosa incluso por sus propios descendientes, atacaba al enemigo tan ferozmente como sus semejantes.

No todos los Reyes Fénix combatían con espadas. Tras el flanco oriental, Bel Shanaar, Bel-Hathor y Morvael hacían llover fuego y relámpagos sobre la hueste Cothiqui. Caradryel, siempre un protector, tomó posición al lado de Alarielle, añadiendo su magia de protección y renovación a la de ella. Bel-Korhadris, el primero y más grande de los señores del conocimiento, caminaba entre los magos del ejército de Malekith, reforzando sus abjuraciones con las suyas. El aluvión de fuego oscuro de Morathi, que había cosechado un gran número de vidas hasta ese punto, se disipó en nada mientras las conjuraciones de la Hechicera Bruja se colapsaban en un momento bajo los contraconjuros del Rey Académico.

Decía mucho de la locura sobre el ejército de Tyrion que incluso la manifestación divina de los reyes del pasado no podía apagar su ardor. Impulsados por su príncipe, los elfos caídos de Khaine se lanzaron hacia delante, un río de cuerpos que fluían sobre los brillantes reyes. Sin embargo, el poder de los Reyes Fénix no yacía sólo en la capacidad marcial - su mera presencia despertó valor renovado en los elfos de Malekith. A lo largo de la pendiente, corazones que habían comenzado a vacilar encontraron un nuevo propósito, y los brazos cansados conocieron nuevas fuerzas.

En ninguna parte fue esto más evidente que en el flanco occidental, donde los estandartes de Caledor se mantenían firmes contra los corsarios de Lokhir Fellheart. Los príncipes dragón siempre habían estado más orgullosos de sus reyes que cualquier otro de los pueblos de Ulthuan, y su retorno habían despertado un fuego que no podía ser apagado fácilmente. No todos entre los guerreros de Imrik habían creído plenamente que la causa de Malekith era justa, no hasta ese momento. El auge de sonidos de cuerno hicieron eco entre los imponentes monolitos, con las canciones de guerra de Caledor creciendo detrás, y los estandartes dragón avanzaron entre las filas de los corsarios.

Lokhir Fellheart no se dio cuenta de las líneas Caledorianas sobrepasando a las suyas propias hasta que fue demasiado tarde. La canción de Khaine sonaba fuerte en sus oídos, y las espadas de color rojo en sus manos brillaban con la sangre de los altos elfos. Mientras la canción Caledoriana crecía en volumen sobre él, Fellheart se lanzó hacia delante para perforar el corazón de un príncipe dragón, a continuación, se alejó con gracia, con la capa de dragón marino rezagándose mientras su golpe trasero destripaba a otro. Sólo entonces el capitán se dio cuenta de que los verdes marinos de sus propios guerreros habían dado paso a los colores del Reino de los Dragones, y que él y unos pocos grupos de corsarios no eran más que una isla en un mar de batalla que había avanzado hacia abajo de la ladera. Al Señor Kraken no le importaba. Khaine estaba con él ese día, y la victoria sería suya.

Desde su posición en la parte trasera de las líneas de Tyrion, Morathi se permitió un ápice de respeto a regañadientes por el ingenio de su hijo. Por primera vez, un destello de duda atravesó la confianza de la Hechicera Bruja en sí misma. ¿Había elegido el bando equivocado todo el tiempo? No, decidió, con su mirada cayendo una vez más en los severos rasgos de Tyrion. Que el propio Aenarion no hubiera acudido a la orden de Malekith era prueba suficiente para la Hechicera Bruja de que había juzgado acertadamente que Tyrion era su viejo amor renacido.

Incluso con el flanco de Fellheart colapsándose bajo el ataque Caledoriano, Morathi confíaba en que la batalla fuera suya: los no muertos eran muchos, y los Reyes Fénix pocos. Aunque el flanco de Imrik avanzaba, Alarielle se tambaleaba bajo el peso del número, y los guerreros Naggarondi reunidos en torno a Malekith apenas les estaba yendo mejor. Sin embargo, pensó, mirando a las mareas arremolinadas del Gran Vórtice, no había nada malo en mejorar las probabilidades. Con su voz grave y gutural, Morathi estiró sus manos y creó un espectro de su invención. Poco a poco fue tomando forma, tejiendo una figura no muy diferente a las que Malekith había conjurado. Ningún alma yacía dentro de esta forma. Era puramente una construcción de magia oscura, a pesar de que tomó la forma de Aenarion - o más bien el aspecto melancólico y sombrío que Morathi recordaba demasiado bien. Por lo tanto el padre se convertiría en un arma contra el hijo.

Malekith no se dio cuenta que su odiada madre recurría a los siete vientos que aullaban a través de los monolitos fronterizos. El Rey Fénix ya no luchaba en el medio de la batalla, porque él también estaba tejiendo un gran hechizo propio. Era una obra inspirada en la manifestación de sus antepasados, una que no podría haber sido llevada a la vida en ninguna parte, sino era en esa isla desierta, donde la magia florecía con tanta libertad que incluso el tiempo se plegaba sobre sí mismo. Por lo tanto, no estaba preparado cuando el constructo sombrío de Aenarion se abalanzó sobre él, humo y cenizas a la zaga.

No había sutileza en la creación de Morathi, solo una deforme e inestable energía moldeada para deshacer incluso la forma inmortal de Malekith. Aquellos elfos sobre los que pasaba cayeron retorciéndose al suelo, con las manos aferradas a sus caras mientras la piel se les convertía en polvo y la carne se les licuaba a través de su armadura de repente oscurecida. Seraphon vio el peligro antes que Malekith, y ya estaba subiendo hacia el cielo, pero la forma de Aenarion cambió su camino para seguirles.

La salvación de Malekith vino de la fuente más inesperada - quizás la más improbable de todas. Bel Shanaar no había ido muy lejos de Malekith, y ahora por fin devolvía una deuda largo tiempo contraída. En el instante antes de que la forma de Aenarion alcanzara su objetivo, el rey de la antiguedad estampó la base de su cayado en el polvo y se levantó en alto sobre una columna de luz crepitante. Así, el hechizo que pretendía acabar con la existencia de Malekith en su lugar impactó contra su usurpador. Hubo un destello de ardiente oscuridad. Cuando se despejó la forma de Aenarion había desaparecido y también la de Bel Shanaar, con su espíritu destrozado y echado a los vientos de la magia por el hechizo de Morathi.

Malekith tuvo poca simpatía por el fallecimiento final de Bel Shanaar, y menos aún agradecimiento. Sin embargo, el sacrificio del otro había conseguido al Rey Fénix el tiempo que necesitaba para completar su propio encantamiento. El aire alrededor de Malekith onduló como las aguas de un estanque perturbado por una piedra, fluyendo hacia el exterior en todas direcciones a través de la Isla de los Muertos. Donde pasaban las ondas, las figuras fantasmales tomaban forma. Eran ralas y translúcidas al principio, pero cada vez más sólidas mientras el hechizo del Rey Fénix se completaba. En el lapso de unos latidos de corazón, eran tan corpóreas como cualquiera que luchara ese día, y sus espadas igual de afiladas.

En el corazón del Gran Vórtice, todos los tiempos eran uno, ningún momento separaba a uno de otro, y a través de los vientos de la magia llegaba a cualquier sitio y cualquier época. A lo largo de milenios desde su creación, nadie - ni mago o guerrero, ni rey o sirviente - habían vivido y muerto sin haber sido tocados por el último gran encantamiento de Caledor Domadragones. El tapiz tejido por el vórtice se extendía a través del tiempo, y el hechizo de Malekith había reunido sus hilos y les había dado una nueva forma. Anteriormente, Malekith había dado vida a los reyes de Ulthuan; Ahora, invocaba a los más grandes campeones de la larga historia de los elfos.

Estos héroes largo tiempo perdidos vinieron de todas las épocas y de todos los reinos, con las piedras preciosas de sus estandartes brillando radiantes mientras caían sobre el enemigo. Conocían su propósito y, por fin, las lanzas de los muertos se vieron superadas por las de los vivos. Eltharion estaba allí, así como una veintena de grandes héroes de la línea de Moranion. Mentheus de Caledor y Temakador de Nagarythe se situaron al lado del Morvael una vez más, y Ystranna, Morelion y Yvraine en el de Alarielle. Allisara, la que una vez fue esposa de Malekith vestía ahora la armadura de oro de la reina que tan cerca había estado de ser, combatía con cuchillo y lanza junto Araloth. A menudo miraba hacia su marido, tal vez tratando de llamar su atención, pero Malekith estaba perdido en el mantenimiento de su hechizo, y Allisara se dio cuenta de que estaba muy por debajo de su vista, como lo había estado tan a menudo. Ella lucharía por él de todos modos.

Una gran hueste de carros de Tiranoc , con el Príncipe Eldyr y su hijo Morvai a la cabeza, se estrelló contra los no muertos que atacaban a los elfos silvanos de Alarielle. Príncipes dragón que habían luchado al lado de Caledor II durante la Guerra de la Barba cargaban hacia adelante para luchar junto a él una vez más. Más hacia el este, una gran nube de polvo se agitaba mientras otros caballeros llegaban a la carga. Valedor de Ellyrion, en otro momento la involuntaria zarpa de Morathi, lideraba la carga, y detrás de él llegaban muchos de los que habían perecido en la Marca del Segador. Dispersaron a los arqueros Cothiqui en el extremo este de la línea de Dalroth, y espolearon hacia adelante para llevar sus lanzas contra los flancos de las falanges del príncipe. Las lanzas golpearon profundamente, y los guerreros caídos de Khaine de Cothique cayeron muertos entre el polvo.

Dalroth, con el pánico al fin sobrepasando su locura, gritó desesperadamente a sus guerreros y los exhortó a resistir. Las palabras cayeron vanas de los labios y su cara palideció mientras una figura con capa de león se abría paso a través del cuerpo a cuerpo. La espada de Dalroth surgió en una parada mientras el filo de un hacha avanzaba hacia su cuello, pero la espada se rompió en pedazos con un crujido sordo. Un segundo más tarde, la cabeza cortada del príncipe golpeó el suelo. Korhil no hizo ninguna señal de reconocimiento, y se abrió camino profundamente en las filas Cothiqui. El cuerpo de Dalroth hizo un último esfuerzo y cayó de lado, descansando junto a los ojos ciegos de Adranna.

A medida que los Cothiqui se esforzaban por mitigar el ataque de Korhil, un nuevo peligro cayó sobre ellos desde el cielo. Ceithin-Har se sumergió profundamente en medio de ellos, con sus garras desgarrando un surco sangriento a través de los elfos caídos de Khaine. Detrás de él llegó Eltharion en el poderoso Ala de Tormenta y los caballeros grifos que llevaban los colores distintivos de la Reina Eterna Ystrielle. Los Cothiqui gritaron cuando las garras los cortaron en pedazos o los lanzaron contra las rocas, y los grifos chillaron su victoria, pero malvada risa de Arahan sonaba por encima de todos ellos.

Desde su aventajado punto de vista hacia el oeste, Alith Anar también vio las caras de su pasado. Mucho más abajo, su padre Eothlir luchaba junto a una veintena de héroes aesanar, con sus andanadas dirigidas por Eothlan, su abuelo. Los guerreros sombríos se deslizaban a través de los monolitos fronterizos, con sus flechas dando en el blanco para perforar la armadura de un corsario o cegar el ojo de una hidra. La cara del rey sombrío estaba tensa por la emoción al ver a sus largo tiempo llorados parientes tomar las armas por la causa de Malekith, aunque nadie podía saber si el odio o la alegría bailaban detrás de sus ojos. Tomando una decisión, Alith Anar bajó por el flanco del monolito. Había elegido por fin un bando.

En la base de los arremolinados vientos, Teclis maldijo a Malekith por tonto. Mediante la manipulación del Gran Vórtice, el Rey Fénix había interrumpido el flujo de la magia, y Teclis podía sentir escapar sus ataduras sobre los vientos. Era vagamente consciente de Caledor Domadragones moviéndose frenéticamente delante de él, tratando de corregir las inestabilidades en su encantamiento. El mago no era lo suficientemente rápido. Teclis sintió cambiar el vórtice mientras el Ghur, el Viento de las Bestias, se desprendía de su prisión. Por un momento, apareció contra el cielo oscuro como una gran quimera. Entonces voló hacia el este a la velocidad del pensamiento, con sus rugidos sacudiendo la Isla de los Muertos hasta sus cimientos. Por debajo de los pies Teclis, la roca se agrietó y comenzó a cambiar.

Muy al norte, Tyrion rugió de impotente rabia mientras la batalla se volvía contra él. Los héroes que Malekith había convocado no eran impermeables al daño - de hecho, sangraban y morían tan fácilmente como otros elfos. Sin embargo, eran más que un reto para los esqueletos del príncipe, y mucho mejores que lo contado por sus elfos de los héroes antiguos, fácilmente a la altura de una docena de enemigos. Sin embargo, mientras el Ghur se alejaba a toda velocidad hacia la libertad, Tyrion al fin reconoció que la batalla de lanza contra lanza no era más que una distracción de la verdadera amenaza. Espoleando a Malhandir hacia delante, Tyrion se sumergió en la refriega, con su camino recto como una flecha hacia donde Teclis todavía luchaba con el Gran Vórtice. Morathi, al ver la partida del príncipe, instó a Sulephet a seguirlo.

Poco rastro del Tyrion que muchos habían conocido y amado se podía ver en la bestia enloquecida que cabalgaba para poner fin a la vida Teclis. Era más Khaine que mortal, con la maldición en su sangre hirviendo hasta desbordarse. Todos los que se mantuvieron ante el príncipe murieron por el filo de la Hacedora de Viudas - incluso los de su propio ejército, si eran demasiado lentos para hacerse a un lado. Más habrían perecido, si Tyrion no hubiera dejado de luchar, pero su única necesidad primordial era alcanzar el vórtice, para evitar que Teclis cumpliera con su objetivo. Así que muchos elfos sintieron pasar una sombra malévola sobre ellos y dejarlos indemnes, a pesar de que se cobraba la vida de sus vecinos.

Tyrion por Paul Dainton

Tyrion sobre Malhandir

Los cascos de Malhandir eran un borrón mientras llevaba a su amo a través del corazón de los Naggarondi, y una falange que se había mantenido tanto tiempo contra la guardia león de Tyrion ahora se rompía en pedazos mientras la muerte personificada atravesaba de sus filas. Morvael se movió para cerrarle el paso, pero estalló en fragmentos de la luz mientras la Hacedora de Viudas se le clavaba profundamente en el pecho. En lo alto, la reacción de la muerte del Rey Fénix rompió la concentración de Malekith, y al mismo tiempo la magia que sostenía a sus héroes convocados comenzó a desvanecerse. De uno en uno y de dos en dos, se desvanecieron, arrastrados de vuelta a sus lugares legítimos mientras las madejas del destino se situaban en el patrón adecuado. Algunos desaparecieron de inmediato, dispersándose como humo en una brisa; los demás siguieron luchando, cortando y golpeando hasta que perdieron todo su ser.

Malekith supo de inmediato que no podría rehacer su hechizo, pero vio que no era necesario. Lo que había sido una batalla en la cúspide de la derrota estaba ahora a un palmo de la victoria. Demasiado tarde, vio el borrón de oro que era Tyrion mientras se acercaba a un desprevenido Teclis. Demasiado tarde, ordenó a Seraphon aterrizar para interceptarlo. La dragona era rápida, pero Malhandir era más rápido todavía. Maldiciendo con toda la elocuencia otorgada por seis mil años de amargura y odio, Malekith sabía que no podría llegar hasta Tyrion a tiempo. El fuego onduló de la mano del Rey Fénix, pero Malhandir corrió más deprisa que él. Relámpagos arquearon de la espada de Malekith, pero la presencia maligna de la Hacedora de Viudas absorbió la magia de la invocación antes de que el rayo diera en el blanco.

Tyrion no hizo mucho más que mirar hacia atrás. La Hacedora de Viudas estaba oscura en la mano del príncipe, preparada en un golpe que cortaría la cabeza de Teclis de los hombros. Desde dentro del vórtice, Caledor vio desplegada la muerte de Teclis y gritó una advertencia, pero sus palabras no podían perforar los arremolinados vientos.

Se hubiera terminado ahí, de no ser por una última traición. Malhandir había llevado a Tyrion durante muchos años, había sido inquebrantable a su amo aun cuando el príncipe había caído en la oscuridad, pero ya no. Malhandir no era una simple bestia de carga, como eran los corceles de los hombres, sino un noble descendiente de Korhandir el Grande, y por fin se dio cuenta de la deshonrosa lealtad equivocada que había traído sobre su línea de sangre. Así, mientras la Hacedora de Viudas trazaba un arco circular, Malhandir se detuvo y se levantó de cascos, lo repentino del movimiento lanzó a Tyrion hacia atrás de la silla al polvo del afloramiento.

Tyrion se puso de pie un momento más tarde, la Hacedora de Viudas ahora golpeando hacia Malhandir, pero el caballo trotó lejos ágilmente. Al darse cuenta que nunca podría coger a su errante montura, Tyrion abandonó cualquier intento de venganza y redujo distancia con Teclis. La roca bajo sus pies estaba agrietándose y temblando, con gotas de magia brotando como el vapor. Tyrion no les prestó atención y continuó adelante tambaleándose.

El príncipe habría muerto allí, de no ser por el grito de advertencia de Morathi. Tyrion se lanzó hacia adelante, y las garras de Seraphon pasaron limpiamente sobre su cabeza en lugar de alojarse en su cráneo. Mientras Tyrion recuperaba pie, Seraphon se ladeó más cerca, con vapor espeso y negro silbando desde su boca para cegar al príncipe mientras Malekith preparaba su propio golpe.

Una vez más Morathi fue la salvación de Tyrion. Un rayo violeta chisporroteó de sus manos e hirió a la dragona, fundiendo sus escamas y chamuscando la carne de debajo. Seraphon se retorció de dolor y cayó de costado en el aire, chocando como un montón arrugado entre las rocas. Malekith se liberó en el último momento, con un puño blindado golpeando en el polvo para mantener el equilibrio mientras aterrizaba a la longitud de la espada de Tyrion.

Así, al fin, el Rey Fénix y el Avatar de Khaine se enfrentaron en batalla por última vez. Aquellos que fueron testigos afirmaron a partir de entonces que vieron dos siluetas de dioses reflejadas en las nubes en lo alto: una enmascarada y iluminada con llamas, la otra gruñendo como una bestia, con las manos corriendo con sangre. Cada uno luchaba con toda la furia y destreza a su disposición; con cada golpe y cada parada, el suelo bajo sus pies temblaba y se sacudía. Ninguna descripción podría hacer justicia al duelo, ya que las meras palabras apenas podían describir la velocidad y ferocidad de los golpes intercambiados, ni la increíble fuerza de voluntad que impulsaba a los combatientes a través de las más horrendas de las heridas.

El brazo izquierdo de Malekith fue hecho añicos al comienzo de la pelea, fue su armadura forjada por Hotek lo único que evitó que la Hacedora de Viudas cortara por completo el brazo y se clavara profundamente en sus costillas. La mandíbula de Tyrion se fracturó poco después, cuando un giro destinado a romper la cabeza en su lugar envió la punta de Asuryath barriendo a través de su rostro. Más a menudo, las dos espadas chocaban en una lluvia de chispas oscuras, con la Hacedora de Viudas arrancando finas esquirlas de acero encantado del filo de Asuryath. En los primeros tres de estos choques, los combatientes eran incapaces de superar la fuerza del otro, y saltaban a un lado para buscar nuevas ventajas. En el cuarto, Tyrion liberó la Hacedora de Viudas, y el golpe de retorno dividió el yelmo de Malekith casi en dos.
Batalla final fin de los tiempos malekith tyrion

La batalla arrecia mientras Malekith y Tyrion se enfrentan en un promontorio

Largo tiempo lucharon, adelante y atrás, mientras el Gran Vórtice comenzaba a desmoronarse. En las laderas de debajo, el último de la hueste largo tiempo perdida de Malekith se desvaneció, pero su papel en la batalla ya estaba hecho. La horda esquelética de Tyrion ya no existía, y sus guerreros mortales pronto se unirían a ellos. Ystranna de Avelorn fue la última en desvanecerse, pues había fijado su mente en un acto final. Así, cuando Lokhir Fellheart saltó para arrancar a Imrik de la silla de Minaithnir, una flecha de penacho rojo se le clavó en la base de la columna vertebral. El corsario gritó de repentino dolor, su golpe falló de largo y cayó torpemente en el polvo. Mientras la tripulación del Fellheart arrastraba a su amo herido hacia la seguridad, Imrik captó una mirada de su salvadora antes de que se desvaneciera, y su remordimiento lo inundó de nuevo, más fuerte que nunca.

Aún así, la batalla entre Tyrion y Malekith seguía retumbando, aunque ambos estaban maltratados y sangrando por decenas de heridas. Morathi observaba su desarrollo desde la silla de Sulephet, desesperada por ayudar a su amado, pero sabiendo que sus hechizos golpearían igualmente a Tyrion como a Malekith. En cualquier caso, la Hechicera Bruja esperaba que su intervención no fuera necesaria, ya que el cansancio del Rey Fénix era evidente.

Malekith se agotaba rápidamente, desgastado por la magia que había empleado. La última chispa de Asuryan se desvanecía, su energía gastada para dar al Rey Fénix la oportunidad de luchar contra el Avatar de Khaine. Malekith lo sabía, pero luchó de todas formas, reuniendo reservas de fuerza de las profundidades de su alma inmortal. Había conocido la derrota muchas veces antes, y se negaba a reunirse con ella ese día. Asuryath golpeó alrededor, rápida más allá de lo creíble, pero Tyrion era de alguna manera aún más veloz, y la Hacedora de Viudas se levantó para encontrarse con el golpe. Esta vez, no hubo ningún sonido metálico, sino un audible crujido, y Asuryath fue destrozada. La espada se dividió en dos, con la amputada empuñadura cayendo de la mano del Rey Fénix. Malekith se apartó, pero el golpe de retorno de Tyrion fue tan veloz como su parada, y el Rey Fénix se derrumbó, con sangre oscura goteando de un agujero en su armadura.

Desarmado y solo, Malekith escupió sangre y se arrastró hasta levantarse mientras su verdugo se acercaba. Los labios destrozados del príncipe formaron una mueca de triunfo, y la Hacedora de Viudas estuvo lista en su mano. Muy por encima de los combatientes, Morathi sintió sus anteriores temores derretirse. Mientras Tyrion izaba su espada en lo alto, los aullidos de risa de la Hechicera Bruja se escucharon por todo el campo de batalla.

El golpe mortal nunca cayó. Sin oírse sobre la cruel alegría de Morathi, sonó una cuerda de arco, clara y certera. Tyrion se tambaleó hacia atrás mientras la flecha atravesaba el golpe de lanza que Imrik había abierto en el peto, con el bendecido disparo perforando el corrupto corazón del príncipe. Tyrion cayó de rodillas, mientras la Hacedora de Viudas se le escapaba de las manos. Abrió la boca para hablar, pero no le salieron las palabras, solamente vertió sangre. Por fin, la locura de Khaine se desvaneció de los ojos del príncipe, y vio con claridad por primera vez en muchos largos meses. Entonces, sin decir nada, Tyrion, heredero de Aenarion y Avatar de Khaine, cayó de lado y murió.
Batalla Final
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Fuente Editar

  • The End Times III - Khaine
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