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Araloth Elfos Silvanos

Araloth no siempre fue un héroe. En su juventud, era un cobarde que no tenía arrestos suficientes para cazar ninguna presa que pudiera dar la vuelta a la situación y cazarle a él. Mientras otros iban a la guerra en su nombre, él se dedicaba a divertirse y cazar animales pequeños en compañía de amigos poco recomendables, intentando olvidar su vergüenza.

Precisamente en una de estas cacerías, Araloth resultó derribado de su montura, y quedó separado de todos sus compañeros salvo Skaryn, su leal halcón. Tras vagar perdido durante muchas horas, Araloth llegó a un extraño claro. Aunque el amanecer había llegado pocas horas antes, ahora Araloth tenía ante sí una luna creciente que colgaba del oscuro cielo a baja altura. Era una visión escalofriante, pero Araloth apenas reparó en ella. El solo tenía ojos para la solitaria doncella Elfa que había en el corazón del claro, y para el monstruoso Demonio de cuatro brazos que la amenazaba.

En ese instante, por fin, Araloth encontró su coraje, pues ni siquiera alguien tan poco comprometido como él podía abandonar a la doncella para que fuera víctima de los crueles placeres del Demonio. Así, antes de darse cuenta de lo que hacía, Araloth corrió hacia alli y clavó su lanza de caza en el flanco del Demonio. La bestia se movió con rapidez para contraatacar, y Araloth habría perecido de no ser porque justo entonces Skaryn apareció descendiendo en picado y arrancó los ojos al Demonio. Cegada, la bestia intentó golpear aquí y allá, pero Araloth se agachó fácilmente bajo sus garras y volvió a clavarle la lanza, esta vez atravesando su negro corazón. Mientras el Demonio caía muerto, Araloth cerró los ojos, sorprendido tanto por su victoria como por el coraje que había demostrado. Cuando volvió a abrirlos, el cuerpo del Demonio se había desvanecido. Araloth volvió a mirar a la doncella, vio que había algo más allá de su aspecto mortal, y supo al instante que se encontraba en presencia de una diosa.

Ambos caminaron largo rato bajo las estrellas, hablando de muchas cosas, la diosa le contó cómo había vigilado y aconsejado a los Elfos desde el alba del mundo, de manera llana y directa cuando el Creador se lo permitía, y mediante sueños cuando no lo hacía. Sin embargo, también le dijo en un tono triste que incluso el poder de los dioses acaba por desvanecerse. El suyo, sin ir más lejos, estaba casi agotado, pero aún le quedaban tres grandes regalos que otorgar. Araloth, que ya estaba libre de sus miedos, era el primero de esos regalos: un héroe para defender a los Elfos de la oscuridad que se avecinaba. El segundo regalo sería la hija primogénita de Araloth, una salvadora que traería esperanza cuando más se necesitara. Del tercer regalo no quiso hablar, pues había algunos secretos que ni siquiera ella podía revelar. Poco después de aquello, Araloth cayó en un profundo sueño, y cuando volvió a despertar estaba en su casa, rodeado de amigos junto a su cama. Le dijeron que se había caído del caballo y que había quedado aturdido. Cuando Araloth les contó su historia, todos rieron pensando que había sido un sueño. Araloth rió también, pues no quería ser tomado por loco. Pero en su interior sabía cuál era la verdad.

En los años posteriores, Araloth se convirtió en el héroe sin miedo que la diosa había predicho, y sus triunfos fueron una inspiración para muchas canciones. Tras la Batalla de Arden, en la que Araloth mató a Morghur el Corruptor, la Reina Hechicera decretó que desde ese momento sería su campeón real, un honor que nadie recordaba que se hubiese otorgado jamás. Pero pese a todo su reconocimiento, Araloth nunca ha olvidado a aquella que le convirtió en lo que es. Por eso, en las noches en que brilla la luna creciente sobre Athel Loren, Araloth el Valeroso sale de caza con Skaryn como su único acompañante, esperando encontrarse de nuevo con su querida diosa.

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FuenteEditar

  • Ejércitos Warhammer: Elfos Silvanos (8ª Edición).
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